Ingeniería, psicología y sentido común coinciden: revisar a tiempo cuesta menos que reparar tarde, también en el trabajo y en la vida. El último cuatrimestre es el momento de detectar el desgaste antes de que se vuelva urgencia
SANTO DOMINGO. – El mes de septiembre marca, casi sin que nadie lo note, el inicio de una temporada distinta del calendario. Los cierres se acumulan, las agendas se aprietan y, entre entregas y balances, surge una pregunta que rara vez se hace con calma: qué tan cerca o qué tan lejos estamos de lo que nos propusimos en enero.
Esa pregunta, personal y empresarial a la vez, tiene un equivalente exacto en la ingeniería, disciplina que desde hace décadas resolvió un dilema parecido al de cualquier persona que llega a esta etapa del año sin saber por dónde empezar a revisarse.
En el mantenimiento de estructuras, una edificación no se evalúa únicamente cuando algo falla, sino en fechas programadas, antes de que el desgaste se convierta en avería. El ingeniero Luis Alvarado, especialista en estructuras metálicas, explica que la falta de inspecciones periódicas puede comprometer la integridad de una construcción y derivar en reparaciones costosas o incluso en fallas catastróficas.
La lógica detrás de esa práctica es sencilla, revisar a tiempo cuesta menos que reparar tarde, y aplica igual de bien a una persona, un equipo o una empresa que atraviesa el último trimestre del año sin haberse detenido a mirar el estado real de sus columnas de trabajo.
Del lado emocional, la psicóloga Christina Maslach, pionera en el estudio del síndrome de agotamiento laboral, ha documentado que este se acumula como una respuesta prolongada a la tensión sostenida en el trabajo, y no como un evento repentino.
El último trimestre, cargado de cierres, entregas y compromisos de fin de año, suele concentrar buena parte de esa tensión, de modo que reconocer señales de cansancio antes de que se instalen es, en la práctica, el mismo principio que guía una inspección estructural, detectar el desgaste mientras todavía se puede intervenir sin urgencia.
En el plano de las metas, la teoría del establecimiento de objetivos, desarrollada por los psicólogos Edwin Locke y Gary Latham, sostiene que los propósitos específicos y desafiantes sostienen mejor la motivación y el rendimiento que los formulados de manera vaga.
Llevado a la revisión de octubre, esto significa que la pregunta útil no es solamente si se cumplió o no una meta, sino si esa meta estuvo planteada con la claridad suficiente para poder medirse.
Un balance de año que se limita a un sí o un no, rara vez enseña algo, mientras que uno que revisa la precisión original del objetivo deja material concreto para diseñar mejor el ciclo siguiente.
Ese ciclo siguiente, sin embargo, tiene su propia trampa. Los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky describieron la llamada falacia de planificación, la tendencia sistemática a subestimar el tiempo, el costo y los riesgos de un proyecto futuro, al tiempo que se sobrestiman sus beneficios. Kahneman documentó este sesgo tanto en obras de infraestructura que terminan años tarde y con presupuestos desbordados como en tareas cotidianas de cualquier persona u organización.
Diseñar el año próximo desde el entusiasmo puro, sin mirar cuántos pendientes de este año siguen abiertos, corre el riesgo de repetir el mismo optimismo que ya falló antes.
Entrar al último cuatrimestre con esta mirada implica, entonces, varias tareas concretas:
- Evaluar el avance real de las metas del año, no la percepción que se tiene de ellas.
- Prestar atención a las señales tempranas de agotamiento, propias y del equipo, antes de que se conviertan en algo más difícil de revertir.
- Y empezar a bosquejar el año próximo con base en lo que efectivamente ocurrió este, no solo en lo que se desea que ocurra.
Ninguna estructura, sea un edificio, un equipo de trabajo o un proyecto personal, se sostiene por buena voluntad exclusivamente. Se sostiene porque alguien, en el momento oportuno, se detuvo a revisarla.
Lecturas recomendadas:




