InicioBienestar EstructuralLa empatía que se mueve cuando tiembla lejos

La empatía que se mueve cuando tiembla lejos

Donar dinero a instituciones verificadas ayuda más que enviar ropa y sostener el ánimo de quien está ayudando importa tanto como ayudar

SANTO DOMINGO. – Son las seis de la mañana y el teléfono ya tiene noticias antes de tomar el primer café del día. Un edificio de Caracas partido a la mitad. Un vecino de La Guaira cavando con las manos. Y esa pregunta que no se dice en voz alta pero que se instala igual: ¿aguantaría mi edificio eso?

No es paranoia. Es geografía compartida, y también algo más simple y humano: la empatía haciendo su trabajo.

Sentir de lejos no es sentir de menos

La psicóloga española Margarita Velascoín, experta en emergencias del Colegio Oficial de Psicología de Castilla-La Mancha, explicó en una entrevista con la cadena COPE que estar lejos de la tragedia y recibir las noticias solo a través de los medios genera una sensación de impotencia particular, distinta, pero real, a la de quien la vive de cerca.

Y añadió algo que explica por qué a algunos dominicanos las consecuencias de los terremotos en Venezuela les toca un nervio más profundo que otros: quien ya vivió algo parecido, tiende a sentir la situación actual con mayor intensidad.

Del lado del sismo, en Venezuela, la psicóloga Isaliv Matheus, profesora de la Universidad Central de Venezuela, ofreció en una entrevista con teleSUR una lectura que vale la pena traer a esta orilla: la salida masiva de gente a las calles a repartir agua, café o comida no es un gesto anecdótico, sino una señal de salud colectiva frente al miedo.

La empatía, entendida así, no es un lujo emocional ni una distracción productiva, sino, la respuesta de un sistema social que funciona.

Pero la empatía también se cansa y así lo explicó la psicóloga Yorelis Acosta, también de la UCV, que lleva casi cuarenta años ejerciendo y días enteros coordinando equipos de apoyo psicológico.

Ella contó a CNN en Español algo que aplica igual de bien a un rescatista en La Guaira que a alguien en Santo Domingo que no ha soltado el teléfono en una semana: hacen falta horarios fijos, límites y descanso para no caer en el agotamiento por empatía. Preocuparse sin pausa no es solidaridad, es desgaste. Y el desgaste no ayuda a nadie.

Un espejo conocido

Aquí hay algo que a este medio le toca de cerca, aunque casi nadie lo recuerde: República Dominicana ya estuvo del otro lado de esta ecuación. Cuando el huracán David devastó el Sur y el Suroeste del país en 1979, fueron Suecia y Estados Unidos quienes pusieron el dinero. Este mismo Grupo de Medios lo documentó recientemente al revisar la Memoria de Labores del INVI de 1981, depositada en el Archivo General de la Nación: esa donación terminó financiando la reconstrucción de 4,134 viviendas en las zonas más golpeadas. Reparaciones, materiales, mano de obra: ayuda que llegó de afuera cuando adentro no alcanzaba.

Cuarenta y siete años después, el gesto se invirte y según reportó la Presidencia de la República, el Gobierno dominicano envió un equipo especializado en búsqueda y rescate en estructuras colapsadas del Cemed como parte de la Operación Quisqueya Solidaria 2026.

Una decisión tomada tras una llamada directa entre el presidente Luis Abinader y la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, y ese contingente dominicano terminó siendo la primera ayuda internacional en llegar al estado La Guaira, el más golpeado por el doble sismo.

Cuando el sector se convierte en puente

Lo interesante, para esta columna, es ver cómo el tejido comercial e inmobiliario dominicano se transformó, en cuestión de días, en infraestructura de solidaridad. En un comunicado oficial, el Ministerio de Defensa reconoció el trabajo del Grupo Rannik, del centro comercial Sambil y de la Corporación Estatal de Radio y Televisión en la organización de las donaciones que terminaron viajando por vía marítima hacia Venezuela.

Y según reportó El Caribe en su cobertura de los puntos de acopio habilitados en el país, la Cámara de Comercio Dominico-Venezolana montó un centro dentro de Sambil Santo Domingo, mientras BlueMall abrió otro en sus oficinas administrativas. Espacios pensados para vender y para consumir se reconvirtieron, sin mucho aviso, en puntos de encuentro para dar.

Es un recordatorio incómodo y útil a la vez: la infraestructura de un país, sus centros comerciales, sus cámaras empresariales, sus medios, no solo se mide en metros cuadrados o en ocupación, también se mide en qué tan rápido puede reorganizarse cuando hace falta.

La solidaridad que dura es la que se organiza

La psicóloga argentina Ailin Di Nasso, que se sumó como voluntaria a un equipo internacional de primeros auxilios psicológicos, se lo dijo al medio argentino MDZ con una frase que debería guiar cualquier impulso solidario, personal o corporativo: las buenas intenciones son indispensables, pero frente a personas en extrema vulnerabilidad hacen falta protocolos claros y equipos capacitados.

Traducido a lo cotidiano: donar dinero a instituciones verificadas ayuda más que enviar ropa. Sostener el ánimo de quien está ayudando importa tanto como ayudar. Y recordar, cuando el miedo empieza a preguntar «¿y si nos toca a nosotros?», que la mejor respuesta a esa pregunta no es la parálisis, sino lo que ya estamos haciendo: organizarnos para dar, del mismo modo en que alguna vez, no hace tanto, alguien se organizó para darnos a nosotros.

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Solangel Valdez
Solangel Valdez
Periodista, fotógrafa y relacionista. Aspirante a escritora, leedora, cocinadora y andariega.
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