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Vivir a todo volumen: el ruido que nos cambia sin que lo notemos

El ruido es el contaminante que no se ve, no deja residuos y casi no se denuncia, pero transforma, lentamente, la manera en que dormimos, pensamos, reaccionamos y convivimos

SANTO DOMINGO. – En República Dominicana, un país sonoro, el ruido forma parte del paisaje cotidiano, de tal manera que casi no lo percibimos. Las bocinas, los motores sin silenciador, los colmadones, la guagüita anunciadora, la música a todo volumen desde temprano, la construcción, el vecino de la quinta planta que le habla a alguien que está en la calle…

Los habitantes están tan acostumbrados que “ya ni oyen”. Y esa normalización es precisamente el problema.

Diagnóstico cultural, problema de salud

La psicóloga dominicana Frances Roulet, en un artículo académico publicado por la Universidad UAPA, advierte que el ruido es el contaminante más investigado desde la psicología, precisamente porque sus efectos sobre la conducta y la salud mental son más evidentes que los de otros contaminantes atmosféricos.

Aseguró además que en República Dominicana el ruido incide directamente en los niveles de calidad de vida, provocando efectos nocivos en el comportamiento humano y generando serios problemas psicológicos, médicos y sociales.

El psicólogo clínico Rafael Román, del Centro Calma Alma, explicó a medios locales que la exposición al ruido ocasiona trastornos del estado de ánimo, siendo la ansiedad uno de los primeros efectos que produce.

Pero la Asociación Médica Mundial señala que el ruido afecta a las personas de diversas maneras: sus efectos están relacionados con el sistema nervioso vegetativo, la psiquis, la comunicación oral, el sueño y el rendimiento, y que, al ser un factor estresante, una carga mayor produce mayor consumo de energía y más desgaste.

Y si se hable de síntomas específicos la Organización Mundial de la Salud señala que el ruido nocturno reduce la calidad del descanso y puede provocar fatiga, menor rendimiento y problemas de salud a largo plazo.


Dice la OMS, además, que la exposición continua está asociada a la irritabilidad, la ansiedad, el estrés psicológico y un menor bienestar.

Un estudio en la Ciudad Colonial

Lo más inquietante, sin embargo, no es el ruido que molesta, sino el que ya no molesta. El cerebro aprende a descartar los sonidos habituales, pero el daño continúa: el estado de ánimo se ve afectado, la irritabilidad y el nerviosismo aumentan, aunque la persona no sea consciente de ello. Es decir, que nos adaptamos a algo que nos deteriora sin darnos cuenta.

Ante este panorama, la Universidad Autónoma de Santo Domingo lleva adelante desde principios de 2025 un estudio pionero sobre contaminación acústica en la Zona Colonial, liderado por el arquitecto Héctor Castillo, PhD, de la Facultad de Ingeniería y Arquitectura, que mide los niveles de ruido generados por el tráfico vehicular y señala que en varios puntos ya superan los límites recomendados por la Organización Mundial de la Salud.

La investigación sigue en curso. Sus resultados, cuando se publiquen, pondrán números concretos a lo que muchos dominicanos sienten sin saber bien por qué.

En la urbe y en la casa: soluciones

El problema tiene raíces culturales y normativas que exceden a cualquier edificio, pero el diseño arquitectónico puede ofrecer respuestas concretas.

Los especialistas recomiendan integrar el confort acústico desde la etapa misma de diseño: orientar los espacios estratégicamente, ubicar las áreas de descanso alejadas de las fuentes de ruido, incorporar materiales aislantes en muros y techos, y sumar soluciones complementarias de refuerzo acústico. No como lujo, sino como criterio de habitabilidad.

Las arquitectas Beatriz Garzón e Isabel Juárez, investigadoras del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de Argentina y directoras del Grupo de Hábitat Sustentable y Saludable, llevan años midiendo los efectos del ruido urbano en la vivienda y tienen propuestas concretas.

Garzón sostiene que generar y vivir en un hábitat con confort acústico es un derecho y una obligación colectiva, y que la contaminación sonora deteriora directamente la calidad ambiental, la habitabilidad, la salud y la productividad de los habitantes de cualquier ciudad.

En cuanto a soluciones, su equipo apunta a la vegetación urbana como herramienta principal a escala de ciudad: para mitigar el ruido mediante vegetación se deben usar barreras de al menos 20 metros de ancho y 14 metros de altura, formadas por árboles heterogéneos, tupidos, de hojas anchas, densas y perennes, con troncos gruesos y ubicadas cerca de la fuente de emisión.

A escala normativa, señalan que es fundamental unificar criterios en torno al ruido, manteniendo niveles de intensidad acústica admisibles de entre 40 y 55 decibeles, con horarios de descanso protegidos y sanciones claras para quienes los infrinjan.

Y a escala del edificio, el diagnóstico de su grupo es directo: la vivienda en altura se ha visto carente de espacios acondicionados acústicamente, con repercusiones en la salud física, mental y emocional de los usuarios, y en el desempeño de actividades con impacto económico y social notable.

La tendencia que se aplica en Europa es proyectos de corredores acústicos a lo largo de vías de alto tráfico, que combinan paneles perforados con paisajismo vertical para reducir el ruido y al mismo tiempo definir la identidad del entorno.

En Hamburgo, por ejemplo, una zona residencial junto a una línea ferroviaria resolvió el problema mediante fachadas dobles y terrazas acristaladas, sin sacrificar la estética ni la ventilación.

El silencio, en ese sentido, empieza a cotizarse. Y no solo en términos de bienestar: apostar por soluciones que reduzcan la contaminación sonora no solo mejora la experiencia dentro de los espacios, sino que también incrementa el valor de los proyectos inmobiliarios.

Y para un sector en pleno auge constructivo como el dominicano, ese es un argumento que habla en el idioma del mercado.

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Solangel Valdez
Solangel Valdez
Periodista, fotógrafa y relacionista. Aspirante a escritora, leedora, cocinadora y andariega.
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