Hay un rincón de la Ciudad Colonial que nunca estuvo en los planos y sin embargo permaneció y trascendió como bastión de cultura popular
SANTO DOMINGO.- Cuando Nicolás de Ovando trazó las calles rectas de Santo Domingo, al noroeste de la muralla quedó un pedazo de tierra sin repartir en solares, un desnivel hacia el Ozama donde se apilaban los canteros que sacaban la piedra caliza para levantar la Catedral, la Casa del Tostado y el resto de edificaciones de la villa que hoy visitan los turistas.
Ese pedazo de tierra se llamó Santa Bárbara, y el documentalista Oscar Grullón, quien formó parte del comité organizador de varias ediciones de la Bienal Marginal, lo ha descrito como el primer barrio marginal de las ciudades americanas fundadas por España y el patio trasero del Alcázar de Colón, donde se guardaba a los esclavos antes de llevarlos a vender a la plaza.
De ese origen humilde, Santa Bárbara guardó durante siglos una vocación de barrio de oficios y de gente de trabajo.
Ahí vivieron los canteros, los pescadores, los estibadores del puerto cercano, y también, en la antigua calle del Comercio, hoy Isabel la Católica, la familia de un comerciante español y una dominicana oriunda de El Seibo cuyo hijo sería bautizado, el 4 de febrero de 1813, en la pila de la iglesia del barrio: Juan Pablo Duarte, el futuro padre de la patria.
La fuente bautismal, según registran los cronistas de la iglesia, todavía se conserva en lo que hoy es la Catedral Castrense Santa Bárbara.

Y sin embargo, cuando llegó el siglo XIX y la ciudad se abrió a nuevas fortunas, algo cambió, según el arquitecto Omar Rancier, decano de la Escuela de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Pedro Henríquez Ureña.
Él ha explicado que el surgimiento de una burguesía en Santa Bárbara a inicios de los siglos XIX y XX transformó por completo la morfología de sus residencias, y sobre esa misma tierra marginal creció un conjunto de casonas, en la calle España y sus alrededores, con balcones de hierro forjado y ornamentación afrancesada, muy distintas a la sobriedad colonial.
El esplendor republicano no duró. El siglo XX trajo el abandono, y de aquellas residencias señoriales quedaron apenas los cascarones, ocupados después por talleres de imprenta, carpinterías, sastrerías, y por familias que la ciudad formal fue empujando hacia sus márgenes.
Santa Bárbara volvió a ser, en cierto modo, lo que había sido al principio: un barrio que Santo Domingo miraba de reojo.
Fue justamente esa marginalidad la que atrajo, a finales de los años ochenta, al pintor Silvano Lora, quien, inconforme con el circuito oficial de la Bienal de Artes Visuales que organizaba el Estado, ideó una respuesta desde las calles: la Bienal Marginal, que celebró su primera edición en 1992, en pleno año del V Centenario, cuando el país entero se preparaba para festejar el descubrimiento de América.
Según ha recordado el propio Grullón, la Bienal surgió como respuesta directa al deterioro y al hacinamiento de los límites de la Ciudad Colonial.
Y mientras el poder oficial montaba sus salones, Silvano Lora invitó a decenas de artistas a exponer sobre las paredes de las viviendas desvencijadas de Santa Bárbara, entre ropa tendida en la calle y perros realengos.
Los propios vecinos del barrio se sumaron con sus obras, trabajado junto a artistas de nombres consagrados del arte dominicano, y durante varias jornadas Santa Bárbara se convirtió en la única galería del mundo hecha de zinc, madera y cemento agrietado.

La Bienal Marginal se repitió durante años, hasta la muerte de Lora en 2003, y su espíritu no se apagó del todo: hoy lo continúa el colectivo MODOFOCA, que ha convertido buena parte de las fachadas del barrio en un extenso mural a cielo abierto.
Santa Bárbara guarda, además, otra huella entrañable. Por sus calles anduvo también Luis «El Terror» Días, el guitarrista de Bonao que la ciudad terminaría llamando el padre del rock dominicano, y que en aquel laberinto de casas coloniales y republicanas encontró el mismo espíritu insumiso que Silvano Lora había sembrado con sus bienales: el de un barrio que nunca aceptó del todo las reglas del centro, ni siquiera cuando el centro terminó envolviéndolo.
Hoy, quien camina por Santa Bárbara un domingo por la mañana encuentra las dos capas de su historia superpuestas: la piedra colonial que construyó la ciudad oficial y los murales que la desafían, la casona republicana en ruinas y el grafiti que la resucita a su manera.
Pocos barrios en América cuentan una historia tan completa de lo que la ciudad decide dejar afuera, y de lo que ese afuera termina, tarde o temprano, devolviéndole a la ciudad, como arte.
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