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Nostalgia del cine popular: vivencias en los barrios de Santo Domingo

Hay un libro que recoge la historia del cine en la República Dominicana y en él se revela una modalidad que fue muy popular en los barrios del país: los cines al aire libre en los que las películas de karate, las vaqueradas, El Santo y las rancheras mexicanas reinaban

SANTO DOMINGO. – El estruendo de las patadas, los golpes y aullidos de los luchadores de karate, kung fu y otras modalidades de artes marciales o el tintineo de espadas de samuráis y ninjas; el galope de los caballos, los disparos en el desierto o el ritmo de un mariachi se escuchaban, veían y sentían de otro modo, en una sala de cine con las estrellas como techo, sin abanicos y con bancos de hierro, como los de los parques.

Los cines populares de Santo Domingo exhibían dos películas por tanda, la mejor en la última, según describen Félix Manuel Lora y Martha Checo en el libro “Las salas de cine de la República Dominicana”, una obra que registra además dónde se ubicaban varias de esas salas y cómo, con los años, el público fue abandonándolas.

“A ésos cines le ponían nombres de productos. yo recuerdo dos, el Siboney y el Montecarlo. Es muy parecido a lo que hacen hoy los estadios de fútbol, béisbol, basket que le ponen nombres de Marcas”, recuerda Rafael Ortega, sesentañero que hace el paralelismo con la tendencia actual y recuerda: “Tengo recuerdos gratos de ir a ver con mi familia la película El Chanfle, de Chespirito, en un autocine que existía en la Feria, próximo a la Coca-Cola”.

Antes, hubo carpas

La introducción del libro traza la evolución de las salas desde las primitivas carpas de Fundador Vargas y de Ciriaco Landolfi hasta las salas de barrio y los centros comerciales.

La de Vargas, abierta en 1908 en la antigua calle Universidad, hoy Macorix, era una barraca al estilo de las ferias, de materiales desmontables y expuesta a la intemperie.

La de Landolfi, de 1911, era un quiosco de madera en el patio del Casino de la Juventud, con una pantalla de tela que había que mojar para que no ondeara.

En el Parque Colón se promovieron además cines al aire libre, el de Landolfi en 1910 y el de Juan Bautista Alfonseca en 1917, y desde la azotea del antiguo Hotel Colón se proyectaban películas hacia el parque, donde se ubicaba la pantalla.

Tres peldaños

En el libro los autores citan una serie de artículos publicados en El Nuevo Diario en 2017, firmados por Rolando Robles en los que el autor definió tres categorías de cine en la capital:

  • los cines de estreno, en la Zona Colonial y Gascue, con aire acondicionado o un gran sistema de ventilación;
  • los de segundo turno, en la avenida Duarte, que rara vez tenían climatización;
  • y los populares, repartidos por los barrios y al aire libre.

Al norte de la calle Capotillo, avenida Mella desde 1934, refiere el texto, no había salas de estreno. El diario digital El Dinero llama de tercer turno a los ubicados en las zonas de más bajo nivel social, y cita entre los de proyección al aire libre al Coloso, el Marlboro, el Montecarlo y el Cinzano.

Con el crecimiento horizontal de la capital, añade Robles, las salas se expandieron hacia la periferia incluso antes de la caída de la dictadura.

Del ciclón nació el barrio y en el barrio el cine

Villa Consuelo, Villa Juana y Villa Francisca surgieron tras el paso del ciclón San Zenón por la ciudad, en 1930, con una población de clase media que las convirtió en centros de comercio y vida cultural, según el libro.

En Villa Francisca, el Teatro Julia abrió el 21 de enero de 1942, propiedad de Federico Geraldino, con 1,050 butacas en platea y 300 en palcos, la sala más grande y concurrida del país en ese momento. Por su escenario pasaron Lucho Gatica, en 1956, y las españolas Lola Flores y Paco Escribano, y también se celebraron asambleas políticas.

Enfrente funcionaba el Coliseo Brugal, llamado además Coliseo Ramfis y Jardín Ramfis, escenario de boxeo, lucha libre y cine de tercera.

Dónde quedaban esas salas

El libro ubica el Coloso al norte de Cristo Rey, en el sector Las Flores; el Marlboro, en la calle Manuela Diez, entre la Duarte y Hermanos Pinzón; y el Cinzano, en la Albert Thomas, entre la Central y la avenida Padre Castellanos.

Villa Consuelo tenía los dos cines de La Voz Dominicana, el Alma (luego Cupido), en la calle Teniente Amado García Guerrero, y el Cine Municipal, en el segundo piso del mercado. El Janet, el Cometa y el Satélite, en la frontera con Villa Juana, formaban lo que los autores llaman un cordón de salas y en la esquina de la Teniente Amado García con Juana Saltitopa estaba el Radhamés, un cine de tercera que llevaba el nombre del hijo menor de Trujillo y en la avenida San Martín, estaba el Ramfis.

En Villas Agrícolas se levantaron El Popular, en la calle Moca, casi esquina Félix Evaristo Mejía, y el Ketty, en la esquina de esa misma calle con Marcos Ruiz; en el ensanche La Fe, el Luna, en la Paraguay, entre la 27 y la 29. El Balani, en el lado sur de la avenida 27 de Febrero, tuvo su apogeo en los años setenta y decayó cuando la avenida recibió un paso a desnivel que afectó su acceso. El anexo del libro registra además un cine Superior, sin dirección ni fecha.

También al aire libre, pero para automóviles, estuvieron los autocinemas. El Iris abrió en 1959 en el Centro de los Héroes; el Naco, en 1962, con capacidad para 300 vehículos, una pantalla de 85 por 35 pies y la película “Alias Jesse James”, y cobraba $1.50 por carro y 50 centavos a los peatones; el Jacqueline, en diciembre de 1976, en el kilómetro 11 de la avenida Independencia.

Quienes eran los dueños

Cines Dominicanos, S.A. (Cinedom), compañía que la familia Turull-Mayol creó en 1971 para explotar salas en el país, tuvo entre sus primeras administraciones el Marlboro, el Cinzano, el Famosa y El Popular, según el libro, que no nombra a los propietarios de las demás salas de barrio.

Del Cometa solo indica que la distribuidora de la familia García Recio lo abastecía de películas, igual que al Max y al Santomé.

El libro registra como propietarios y compañías a Joaquín Ginebra, administraba el Circuito Rialto, que reunía el Rialto, el Élite y el Santomé, y aparece como dueño de los cines Plaza y Leonor. Marco Gómez era propietario del Olimpia, inaugurado en 1941, y del Diana, de 1951, que administraba Elpidio Ortega. La familia García Recio poseía el Max; la empresa Del Río Motors, el San Carlos; la familia Valverde, el Paramount; y la empresa Apolo, el Atenas, a cargo de Dardo Hermann.

En los años setenta llegaron los circuitos: Gometco Dominicana abrió el Cine Triple en 1971 y, con socios venezolanos y dominicanos, entre ellos Ginebra, fundó Inversiones Cinematográficas, que inauguró el Palacio del Cine en noviembre de 1976. Ese mismo mes, Caribbean Cinemas, creada en Puerto Rico en 1969 por Víctor Carrady, abrió Cinema Centro.

Algunas provincias tuvieron el suyo

Fuera de la capital, el libro documenta una sala al aire libre: el Cine Jardín de Santiago, que a principios de los años cuarenta funcionaba en la calle Libertad y luego en la avenida Imbert, esquina Santiago Rodríguez.

Cuentan los autores que era un cine de clase media baja, con un pequeño espacio techado que servía de segundo nivel para las máquinas de proyección y según una nota del libro, en mayo de 2019 la alcaldía de Santiago pintó en lo que queda de sus paredes un mural en homenaje a la actriz María Montez y al crítico José Méndez.

En San Francisco de Macorís, el Cine Carmelita, frente al parque, programaba clásicos de Hollywood, películas asiáticas de artes marciales y comedias mexicanas, recuerda la documentalista Tatiana Fernández Geara. Cerró a finales de los años noventa y fue demolido en 2005.

¿Hubo más en otras provincias? El libro no documenta más. Lo más cercano son las presentaciones itinerantes que hicieron algunos gitanos en La Vega y Santiago, y la estancia de Fundador Vargas en La Vega en octubre de 1908, en la casa de Linda Lora.

No dice si esas funciones eran al aire libre ni habla de carpas fuera de la capital. Eso no prueba que no existieran, solo que el libro no las recoge.

Una noche en el Ketty

El poeta y narrador César Sánchez Beras, que llegó a la capital a comienzos de 1978, evocó el Ketty en una crónica que Acento publicó el 16 de marzo de 2025. Lo sitúa en la calle Marcos Ruiz, conocida como la 20, con su esquina norte en la Moca, y lo recuerda ya en decadencia: un portal sucio que se divisaba de lejos, vendedores de friquitaquis, una fila larga y un portero apodado Goliat.

Según su relato, la cartelera seguía un calendario fijo: películas para adultos los lunes, acción los martes, con títulos como “Los doce del patíbulo” y “Papillón”; artes marciales los miércoles, con Bruce Lee y Chen Kuan Tai; misterio los jueves, comedias los viernes, con Cantinflas, el favorito del autor, y suspenso los sábados.

 Los domingos había matiné infantil por la tarde (que casi no se veía) y, por la noche, dos películas por el precio de una. Entre una tanda y otra, cuenta, un joven en una Vespa iba a buscar al Marlboro los rollos de la tanda que allí acababa de terminar.

Los autores sostienen que la expansión de los cines en los barrios altos sirvió de entretenimiento popular y de contrapeso a la represión de los años de Joaquín Balaguer, sobre todo entre 1966 y 1978.

Por qué se vaciaron

El cineasta Etzel Báez, en un artículo de 2017 que recoge el testimonio de Bienvenido Olivier, vinculado a la industria de la exhibición, explicó que el declive llegó con el VHS y la televisión por cable.

Añade que las películas de karate de Bruce Lee perdieron popularidad y que muchos ya no querían pagar entrada por lo que podían ver en la televisión.

En el libro se explica que, en febrero de 1983, empresarios, distribuidores y exhibidores comenzaron a organizar la Asociación Cinematográfica Incorporada para buscar soluciones a la crisis del sector.

Qué hay hoy

Del Teatro Max y del Diana, en la avenida Duarte, el libro dice que pasaron a albergar cultos religiosos. Según Acento, en una nota del 24 de junio de 2025 basada en el estudio de la Dirección General de Cine, el Olimpia fue estudio de televisión y hoy es sede de la Iglesia Comunitaria Cristiana, en la calle Palo Hincado 169; y donde estuvo el Julia opera la tienda Plaza Lama, en la avenida Duarte 78.

En el lugar donde se levantó El Popular hay hoy una gomera. Del Ketty, Sánchez Beras no sabe si todavía está en pie y en Villa Juana, el Centro Cultural Narciso González organizó funciones al aire libre de su programa Cine en el Barrio, como forma de rememorar esos tiempos del cine Ketty y el Cometa.

Cómo las recuerdan

A Marino Jiménez, técnico en refrigeración que vive en Estados Unidos, le llegó el recuerdo de una broma que pudo salirle cara en el cine Cometa, que quedaba en la calle Peña Batlle: “Ahí siempre había pelea con una bandita que había por ahí y un día tiré un Tumba Gobierno con un tirapiedra y me fui corriendo; al otro día supe que agarraron presos a tres que andaban conmigo. Como lo tiré desde la puerta, con el susto no se dieron cuenta que fui yo”, y ríe a carcajadas.

Daniela López, policía, no olvida la noche en que sus tíos la llevaron a ver “La Ley del Monte”, una mexicanada, y en la primera tanda soportó una de “patadas voladoras”. “Me acomodé, me quité los zapatos y crucé mis piernas. Cuando terminó la película, ¡me llevaron un zapato! Pura maldad, porque no se llevaron los dos, ese pique no se me olvidará jamás en la vida, eso fue en el Popular”, recuerda con la mirada encendida como si le hubiera ocurrido anoche.

Ortega también recuerda los cines de la avenida Duarte: “que yo recuerde, había uno frente al parque Enriquillo del lado de la Duarte… había uno, no recuerdo el nombre. Nunca me llevaron, pero fue uno de los primeros en desaparecer y allí luego construyeron Almacenes Rodríguez. En la misma Av. Duarte, en la bajadita, existía otro al que nunca fui, pero sí entré a una casa de dos plantas que estaba en la esquina, tenía un balcón en la parte de atrás y cobraban unos pocos centavos por ver las películas desde allí”.

En las provincias la vivencia fue distinta. Entre pueblos que no tuvieron de estos cines, como Tamayo, según contó la periodista Riammy Méndez y otros que veían películas gracias a proyecciones comunitarias, como relató la periodista Tania Molina, nativa de Monte Cristi.

“Era una pared blanca en el Centro Comunal y allí proyectaban películas”, dice Tania Molina, quien no recuerda ni el título ni la trama.

Otras salas antiguas de Santo Domingo

El anexo de “Las salas de cine de la República Dominicana”, registra además estas salas antiguas de la capital, entre ellas autocinemas, cines institucionales y complejos:

El sector Los Mina fue parte de los sectores que contaron con salas de cine en Santo Domingo. (Foto/Archivo General de la Nación).

Apolo, Ana, Atenas, Arelis, Aurora, Avenida, Bolívar, Broadway, Brugal, Las Caobas, Capitolio, Caribe, Crisagris, Cinemateca Kitcher, Cineclub Casa de Francia, Cine Cultural Universitario (UASD), Colonial, Colón, Copy, Doble, Duarte, El Encanto, Estela, Eva, Elite, Famosa, Fénix, Las Flores, Gigante, Héctor, Ivonne, Independencia, Issfa, Jenny, Joffy, Joseph, Landolfi, Leonor, Letty, Libertad, Lido, Lumière, Lux.

También el Luchy, Manzana Cinemas, Malecón Center Cinemas, Mi Cine, Militar de las Fuerzas Armadas, Millón, Naco, Cineplex Naco, Nacional, Naty, La Nueva Pelota, Oratorio Don Bosco, Ozama, Palacio del Cine 27 de Febrero, Palacio del Cine Bella Vista Mall.

El Triple Nacional, Plaza, Paramount, Los Padres-Colegio San Juan Bosco, Portal, Perla, Petit, Pidoca, Los Prados, Premier, Cine Prueba, Ray, La Republicana, Rialto, San Carlos, San Miguel, Santomé, Siboney, Travieso, Trianón, Triple, Venus, Villa Consuelo.

Qué queda

Además de la nostalgia y los recuerdos de juventud, de aquellas experiencias, al pasar por el Popular se amontonan las gomas y repuestos de carros; del Ketty no se sabe si existe esa edificación o fue reconvertida y del Superior solo queda el nombre en el anexo del libro de Lora y Checo.

Los autores quisieron reflejar, según escriben en su introducción, la identidad que representan las salas de cine como «templos de entretenimiento».

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Solangel Valdez
Solangel Valdez
Periodista, fotógrafa y relacionista. Aspirante a escritora, leedora, cocinadora y andariega.
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