El personaje de Kalimán convirtió la escucha en un acto comunitario: barrios enteros se detenían a las 10 de la mañana para seguir las aventuras del Hombre Increíble, mucho antes de que apareciera en historietas o en la pantalla grande
SANTO DOMINGO. – Hubo una época en la que un programa de radio podía reunir a un barrio entero, sin pantalla y ni siquiera hacía falta que hubiera señal o energía eléctrica. Bastaba con encontrar el lugar donde el transistor, a pilas, se escuchara mejor, y esperar la melodía de encantador de serpientes: eran las 10:00 de la mañana y empezaba “Kaaaaaaaaaaaaliiimán, el Hombre Increíble”.
Ni las guagüitas anunciadoras, ni el pregón del carbonero, ni el borboteo de un sancocho en la estufa, podían acallar esa melodía que salía de cada casa, como un efluvio mágico, audible, e inundaba las calles, doblaba en los callejones, se acomodaba en los patios y dejaba hechizada a casi toda una comunidad.
En los años 60 y 70 la emisora La Voz del Trópico logró que en muchas casas se cocinara a fuego lento, pues a esa hora de la mañana iniciaba la transmisión de la radionovela que contaba las aventuras del mentalista sagaz y misterioso personaje, Kalimán, que nunca se supo si era de la India, del Tibet, de Egipto o marciano.
El periódico El Nacional describió aquel fenómeno años después como un “toque de queda” y recordó las escenas de personas reunidas alrededor de radios de transistores alimentados con baterías y de niños sentados en los callejones siguiendo las historias del personaje y su inseparable amigo, el pequeño Solín, a través del que dejaba lecciones de moral y filosofía.
La hemeroteca, que todo lo guarda, revela también que, en Hondo Valle, Elías Piña, un señor llamado Carlos Manuel Peguero, conocido como “Carlitos el de Marina”, llegaba todos los días a las 9:30 de la mañana con su radio hasta un poste de luz porque aquel era, según el recuerdo, el lugar del pueblo donde la recepción “no era tan mala”.
La historia la contó Carlos M. Liranzo M. en 2010, en un blog personal, en el que describió que el poste estaba en el camino hacia Los Botao, frente a la casa de Don Nano y cerca de la regola y la casa de Don Jobino. Dijo que allí se reunían los muchachos para escuchar a Kalimán y Solín y que, para quienes iban a la escuela en la mañana, la función se repetía a las 5:30 de la tarde.
Es una escena anodina, localizada en un pueblo fronterizo, pero dice mucho de lo que significaba una radionovela cuando la radio todavía tenía el poder de congregar. No había imagen que mirar. Había que escuchar y, con lo que se escuchaba, construir el resto. La escena se reproducía en otros puntos de la geografía nacional y en barrios de la capital.
¿Y cómo era eso?
El personaje de Kalimán había comenzado en México el 16 de septiembre de 1963, con Luis Manuel Pelayo en la voz del personaje, Luis de Alba como Solín, Isidro Olace como narrador y Marcos Ortiz en la dirección. La investigación académica sobre la radionovela destaca precisamente el papel de la voz, la música, los efectos sonoros y los silencios en la creación de los espacios y atmósferas que el público debía completar con su imaginación.
Y ahí estaba uno de los grandes encantos de Kalimán: nadie tenía que mostrarle al oyente cómo era el misterio, la magia de la radio se encargaba de hacerlo sonar, vibrar y sentir.
Unos pasos podían anunciar que alguien se acercaba. Una puerta que se abría podía convertirse en una amenaza. Una música podía llevar al oyente desde una casa en República Dominicana hasta una cripta, una selva, un desierto o un templo perdido. La voz del narrador, con el tono adecuado, ponía orden en aquel mundo y la imaginación del radioescucha hacía el trabajo que habría hecho una cámara.
Por eso cada quien tenía su propio Kalimán, personaje que había sido creado por Rafael Cutberto Navarro Huerta y Modesto Ramón Vázquez González. Había tantos como radioescuchas, pues cada quien le ponía las facciones que quería.
La radio no mostraba tampoco el desierto que atravesaba, el castillo en el que se escondía un enemigo, la tumba que estaba a punto de abrirse ni la criatura que aguardaba en la oscuridad. Todo eso tenía que construirlo el oyente. Una voz, una música, unos pasos, un golpe, un silencio y la imaginación hacían el resto.
El investigador Octavio Serra Bustamante, en su estudio “Desde las poéticas del radiodrama mexicano: Kalimán, la radio increíble”, analiza precisamente esa construcción del personaje a través de la voz, la música, los efectos sonoros y la atmósfera radiofónica.
El estudio señala que la serie construía mediante esos elementos los espacios y ambientes que el oyente debía imaginar y así, cada persona podía tener, y tenía, su propio Kalimán.
Su identidad
El origen de Kalimán nunca quedó del todo claro, y esa ambigüedad también formaba parte de su encanto. La historia lo sitúa en un reino ficticio llamado Kalimantán, en algún lugar de la India, adonde llegó siendo un bebé, encontrado en una cesta que flotaba en un río y adoptado por el príncipe Abul Pasha.
Otras versiones lo relacionan con Agharta, una legendaria civilización subterránea y un estudio académico sobre el personaje señala precisamente que Kalimantán era un lugar ficticio y que su procedencia permanecía envuelta en misterio.

La tercera dimensión del personaje se produjo cuando llegó al cine. (Fuente externa).
Lo que sí estaba definido era su linaje: Kalimán era presentado como el séptimo hombre de la dinastía de la diosa Kali, deidad del hinduismo asociada, entre otras cosas, con la destrucción y la transformación, que fue educado posteriormente por monjes tibetanos, con quienes desarrolló el dominio de la mente, las artes marciales y conocimientos que mezclaban ciencia, metafísica y esoterismo.
Más que un héroe con una patria precisa, Kalimán terminó siendo, como recoge la investigación sobre el personaje, una figura vinculada a la India, el Tíbet y un Oriente imaginado desde América Latina.
De hecho, buena parte del universo de Kalimán estaba construido sobre un Oriente misterioso y casi legendario. Aunque sus aventuras lo llevaron por distintos lugares del mundo, la India, el Tíbet y otros escenarios asociados con ese imaginario oriental aparecían ligados a su historia personal, a su formación y a los enigmas que enfrentaba.
Era un Oriente visto desde la imaginación de la cultura popular latinoamericana, poblado de templos, sabios, antiguas civilizaciones, artes marciales y secretos milenarios.
Y, ¿cómo era él?
En la radio era un hombre de voz serena, dueño de una sabiduría casi inagotable, experto en artes marciales y convencido de que la mente podía más que la fuerza. La tesis de la UNAM, que estudia la radionovela, lo describe como un héroe de impresionante aspecto físico, gran belleza varonil, cultura e inteligencia, que prefería el razonamiento y la astucia antes que las armas.
Alto, atlético, musculoso, vestido de blanco, con su turbante y aquella gran esmeralda verde marcada con una K roja. Una descripción publicada por El Nacional lo sitúa en unos 1.90 metros de estatura y 90 kilos, con pelo negro, tez blanca y ojos azulísimos.
El mismo texto señala que los dibujantes tomaron como referencia, en distintas etapas, los rostros de actores como Rock Hudson y Tony Curtis, y posteriormente incorporaron rasgos de David Hasselhoff.
Kalimán era hermoso y misterioso y un caballero. Un personaje construido alrededor de la inteligencia y el dominio de la mente, más que de la fuerza bruta.
También estaba la fórmula que lo resumía: caballero con los hombres, galante con las mujeres, tierno con los niños e implacable con los malvados.
Para un muchacho que escuchaba aquello en un transistor, Kalimán podía ser prácticamente cualquier cosa. Alto, seguramente. Fuerte, sin duda. Elegante, porque nunca perdía la calma. Misterioso, porque hablaba como quien conocía secretos que los demás ni sospechaban. Y hermoso, porque la imaginación no suele conformarse con héroes corrientes.
Después apareció el rostro. Para 1965 Kalimán saltó de la radio a la historieta ilustrada y, gracias a los paquitos, se conoció su rostro único, el dibujo de un hombre que hasta entonces había sido solo una voz y con el tiempo, distintas etapas gráficas fueron modificando su apariencia, desde un personaje inicialmente más delgado hasta una representación cada vez más musculosa y atlética.
Invariables fueron la blanca casaca de seda, el pantalón ajustado, la capa y el turbante coronado por la esmeralda con la K, que terminaron formando parte de una imagen que los lectores podían reconocer de inmediato. El personaje que habían visto con los ojos de la imaginación tenía entonces una cara, un cuerpo y una vestimenta que podían contemplar en cada portada e historieta.
Sus enemigos
Como todo héroe que se respete, Kalimán tenía enemigos a su altura, y cuidado. Entre la larga galería de villanos que desfilaron por sus aventuras hubo uno que terminó convertido en su rival por excelencia: La Araña Negra, cuyo verdadero nombre era Martín Lucker, aunque algunas versiones lo identifican como Martín French.
Era un antiguo acróbata de circo, criminal internacional y experto en el manejo de armas, que ocultaba el rostro detrás de una máscara de cuero negro. No tenía poderes sobrenaturales, pero compensaba esa ausencia con astucia, agilidad y una colección de recursos tan particulares como un anillo envenenado con forma de araña y redes de hilos resistentes con las que atrapaba a sus víctimas.
La confrontación entre ambos llegó a extenderse por varios episodios de la radionovela y convirtió a La Araña Negra en uno de los adversarios más persistentes del Hombre Increíble.
Pero había enemigos que representaban algo más profundo. Karma, por ejemplo, pertenecía a un universo distinto al del simple criminal que Kalimán debía desenmascarar o vencer. Y junto a ellos aparecía toda una galería de personajes que alimentaban aquel mundo de misterio, peligro y aventura: la Bruja Blanca del Kilimanjaro, el Doctor Muerte, el Conde Bartok, Miklos Rogasis, Lon-Mao y otros villanos que llevaban a Kalimán y a Solín de un escenario remoto a otro, de un estrés a otro.
Aquellos antagonistas, como todo el universo Kalimán, eran importantes por una razón que en la radio adquiría una dimensión especial: no se veían. Antes de que los paquitos les pusieran un rostro, los oyentes tenían que construirlos con las voces de los actores, la música, los efectos de sonido y las palabras del narrador.
El peligro llegaba por el oído, por música o silencio, y cada quien completaba la imagen en su cabeza. Era parte de la magia de Kalimán y, quizá, una de las claves de por qué aquel personaje pudo vivir primero en la imaginación de sus oyentes antes de tener un rostro en las historietas y un cuerpo en el cine.
De la radio al papel y al cine
La Librería y Distribuidora Amengual, que importaba la mayoría de paquitos que llegaban al país, trajo junto a Chanoc, Tarzán, Supermán, Fantomas y otros héroes y antihéroes, a Kalimán, cuyos números secuenciales se anunciaban cada semana.
Así, ocurrió algo curioso: primero los dominicanos escucharon a Kalimán en la radio y la descripción mental del personaje pasaba por el ámbito de la experiencia de cada quien. Después comenzaron a verlo y probablemente en los paquitos era distinto a como cada uno lo había imaginado.
Pero faltaba todavía una dimensión y entonces, Kalimán llegó al cine. La primera película, “Kalimán, el hombre increíble”, se realizó en 1972, con el canadiense Jeff Cooper como Kalimán y el español Nino del Arco como Solín.
La segunda, “Kalimán en el siniestro mundo de Humanón”, llegó en 1976, nuevamente con Cooper como protagonista y Manuel Bravo como Solín, ambas dirigidas por Alberto Mariscal. Para entonces, el Hombre Increíble ya llevaba casi una década viviendo en la cabeza de sus seguidores.
Una información del periódico mexicano Excélsior, publicada en septiembre de 1976 por el diario mexicano El Bravo, daba cuenta de la reinauguración del cine Independencia, en Santo Domingo, con un ciclo de cine mexicano, con “Kalimán en el siniestro mundo de Humanón” en su cartelera de apertura.
La noticia tiene algo de perfecto cierre para esta historia, pues el personaje que había entrado primero por la radio y después había pasado al papel llegaba finalmente a una pantalla grande dominicana, pero quienes entraron a aquella sala ya tenían un Kalimán en la cabeza.
No llegaban a conocerlo, sino que llegaban a comprobar cómo se parecía aquel hombre de carne y hueso al que durante años habían construido con una voz, unos efectos de sonido, unas frases y unas ilustraciones.
¿Qué cambió?
Jeff Cooper era entonces el rostro del Hombre Increíble, pero la voz que muchos habían conocido pertenecía a otro hombre. En la producción original mexicana, Luis Manuel Pelayo había sido Kalimán, Luis de Alba había interpretado a Solín e Isidro Olace había narrado las aventuras.
Ese contraste fue inevitable. La voz seguía siendo familiar: Luis Manuel Pelayo, el Kalimán en la radionovela, aparece acreditado como la voz del personaje en el prólogo de la película de 1972. Pero el hombre que ahora ocupaba la pantalla era Jeff Cooper, un actor canadiense.
Para quien llevaba años escuchándolo por la radio, la voz era la misma, pero ahora tenía cuerpo, rostro, altura, movimientos. El Kalimán que cada oyente había construido en su imaginación encontraba, de pronto, una versión de carne y hueso.
De pronto y a la distancia, se nota que hay un Kalimán de la radio, otro del paquito y otro del cine. No son exactamente el mismo, aunque todos llevan el mismo turbante y la misma K.
Héroe antiarmas
Kalimán nunca usó una pistola. Sus armas eran la inteligencia, la disciplina, la hipnosis, la telepatía y las artes marciales.
Aunque poseía una fuerza física extraordinaria, su característica fundamental era el dominio de la mente y así lo recoge El Nacional: “Serenidad y paciencia, Solín, mucha paciencia… el que domina la mente, lo domina todo”.
Y aquí entra el niño egipcio, presentado como descendiente de faraones, que acompañaba al Hombre Increíble en sus aventuras y hacía preguntas que muchas veces eran también las del oyente.
Cuando Solín preguntaba, el niño que estaba al otro lado del radio encontraba una manera de entrar en la historia y por eso este personaje resultaba tan importante.
Las tres dimensiones del misterio

Las historietas dieron un rostro único a un personaje que cada uno había imaginado de manera distinta. (Fuente externa).
El Kalimán de la radio era el más poderoso porque no tenía un rostro definitivo, cada oyente podía inventárselo. Podía ser más alto, más elegante, más misterioso, más buenmozo o más imponente de lo que cualquier actor pudiera representar. El paquito comenzó a ponerle límites a esa imaginación, porque de pronto Kalimán tenía cara, y el cine terminó de fijar una versión concreta del personaje.
Pero quizás la primera sigue siendo la más difícil de reemplazar, esa que nació en una sala, en una galería, en un patio, en un callejón o al lado de aquel poste de luz de Hondo Valle donde Carlitos llegaba con su radio porque allí, entre todos los lugares posibles, era donde la señal se dejaba escuchar un poco mejor.
Antes de verlo en papel o en cine, los dominicanos lo imaginaron. Kalimán, el Hombre Increíble, fue primero una voz que atravesaba patios y callejones, congregando comunidades enteras alrededor de una radio a pilas. La radionovela convirtió la escucha en un acto colectivo y la imaginación en escenario compartido.
Kalimán no necesitó aparecer para convertirse en una imagen. Él fue imaginado antes de ser: primero fue una voz. Después fue un dibujo en un paquito y finalmente llegó a la pantalla grande. Pero antes de todo eso, cada oyente lo vio, le puso rostro, contextura y humanidad.
Y quizás por eso todavía basta escuchar “Serenidad y paciencia” para que más de uno vuelva, por un instante, a aquel lugar donde estaba el radio.
En Hondo Valle, el recuerdo quedó asociado a un lugar concreto y en otros pueblos seguramente fue el patio de una casa, el colmado, una galería, una acera o la sala familiar. La geografía cambiaba, pero la escena podía ser parecida: una radio y varias personas pendientes de una historia que ocurría muy lejos.
Kalimán en RD
Hubo además dominicanos que participaron en aquella historia radial y el locutor Buenaventura “Bueno” Torres contó que había sido actor de la radionovela Kalimán en los años 60 y que interpretaba al “Hombre Increíble”.
Una semblanza publicada por el periódico Primicias recoge ese testimonio y señala que esa experiencia le sirvió después para dramatizar personajes y situaciones en el noticiario Radio Mil Informando.
Antes de verlo en papel o en cine, los dominicanos imaginaron a Kalimán, el Hombre Increíble, quien fue primero una voz que atravesaba patios y callejones, congregando comunidades enteras alrededor de una radio a pilas.
Quizás por eso, basta con escuchar la frase Serenidad y paciencia, Solín… para que más de uno regrese, aunque sea por un instante, a aquel patio, aquella galería o aquel fogón. Kalimán no fue solo un héroe de aventuras, fue la voz que convirtió la imaginación en escenario compartido y la radio en un acto de encuentro colectivo.
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