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Templo de Las Mercedes: el fascinante campanario y el paso de Tirso de Molina

Hay una campana que llegó desde el mar, procedente de un naufragio ocurrido frente a la ciudad en 1916, y terminó en la torre de una iglesia que ya llevaba casi cuatro siglos contando la historia de la ciudad

SANTO DOMINGO. – Desde la calle, la torre de la Iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes se impone sobre las construcciones de la Ciudad Colonial con su estructura cuadrada, severa, de tres cuerpos y los 27 metros de altura coronados por el campanario que consignó Segundo Antonio Vásquez en un reportaje del diario Hoy.

Allí están las campanas y una, o dos, de ellas lleva consigo una historia que comenzó en el mar, muy lejos de aquella torre de piedra. El 29 de agosto de 1916, el crucero estadounidense USS Memphis se encontraba frente a Santo Domingo cuando una mar de leva, provocada por un huracán que cruzaba lejos, al sur de la isla, lo hizo naufragar y lo lanzó contra los arrecifes frente al antiguo Fuerte San Gil.

Así lo explicó Roberto Álvarez en su conferencia ante la Academia Dominicana de la Historia, publicada en la revista Clío, donde cita al oceanógrafo George Pararas-Carayannis para descartar la idea de un maremoto.

La tragedia dejó 43 marinos muertos, según el registro del Comando de Historia y Patrimonio Naval de la Marina estadounidense, y movilizó a vecinos de la ciudad que, en un gesto de empatía, acudieron en auxilio de los invasores náufragos; entre ellos sobresale Emeterio Sánchez, quien, con una soga atada a la cintura, rescató a varios marinos, según relata Álvarez.

Y de aquel naufragio quedó una campana.

La historia más difundida, que se remonta al libro The Wreck of the Memphis (1966), de Edward L. Beach Jr., hijo del capitán del crucero, cuenta que la campana fue desmontada del palo de trinquete y entregada a la Iglesia de Las Mercedes como muestra de agradecimiento por la ayuda recibida de los dominicanos, mientras documentos conservados en el Archivo General de la Nación, citados por el investigador Gabriel Atiles Bidó, indican que la campana fue adquirida en pública subasta y colocada en el templo en 1917.

Es una pequeña grieta en la historia oficial de la campana, y quizá conviene conservarla, porque las iglesias antiguas están llenas de historias que no llegan hasta la actualidad en línea recta.

La campana que hoy tañe en el templo de Las Mercedes tampoco es exactamente la misma que sonó después del naufragio, que a finales de la década de 1920 se rajó y fue enviada a España para ser refundida y regresó en 1930.

Una inscripción, que Roberto Álvarez transcribió en su investigación, la identifica como una campana refundida en ese año, “siendo superior de la misión franciscana el muy reverendo padre Leopoldo Ubrique”, fraile capuchino que años después sería el primer obispo de La Vega.

Y aquí la historia vuelve a ponerse interesante. El estudio Campanas quisqueyanas, de Montserrat Palacios y Llorenç Barber, publicado en 2012 por el Centro Cultural de España en Santo Domingo, registra que en el campanario existen tres campanas grandes fundidas en Valencia en 1930 por los hermanos Roses y dos de ellas llevan la inscripción “Campana del Memfis”, identificadas como refundidas.

Los investigadores advierten, sin embargo, que no está completamente demostrado que sean las campanas originales del barco, e incluso plantean la posibilidad de que el bronce de otras piezas recuperadas del Memphis haya sido utilizado para fabricar las nuevas campanas.

De modo que, cuando alguien visite Las Mercedes y mire hacia aquella torre, llegará con esa interrogante y, quizá, esa sea la mejor manera de comenzar a conocer esta iglesia.

Porque debajo de aquella torre y sus campanas de dudoso origen, hay un templo que ya era antiguo cuando el Memphis entró en las aguas de Santo Domingo.

Campanario libro Monumentos Coloniales. (Foto/libro Monumentos Coloniales).

Suceso tras suceso, tras suceso

La iglesia comenzó a construirse alrededor de 1527 y fue terminada en 1555, bajo la dirección del maestro constructor Rodrigo de Liendo, uno de los primeros grandes artífices de la arquitectura de la ciudad colonial, según consta en la tarja que exhibe el propio templo, y durante los años de la colonia fue conocida como la Iglesia de la Madre de Dios, de acuerdo con una reseña del diario Hoy sobre las iglesias coloniales.

Sin embargo, Luis Vásquez, en “Tirso de Molina en América”, consigna que “El dramaturgo fray Gabriel Téllez (Madrid, 1579-Almazán, 1648) vive un par de años en la isla de Santo Domingo, cuyo convento mercedario existía desde 1514.”

Para cuando se levantaron los muros de piedra, ladrillo y mampostería de Las Mercedes, la ciudad estaba construyendo también su paisaje religioso poblado de conventos, capillas, iglesias y espacios destinados a una población que veía en aquellos edificios no solamente lugares de culto, sino también refugio, memoria y poder.

Pero los mercedarios, fundadores del templo, habían llegado a Santo Domingo más de una década antes: el historiador Severo Aparicio Quispe documenta la existencia de un monasterio de la Merced en la ciudad en 1514 y la llegada de fray Francisco de Bobadilla, con el encargo de organizar la comunidad, en marzo de 1527.

Las Mercedes nació con un lenguaje arquitectónico que, según la descripción publicada por la Revista Mercado, se resume en una sola nave abovedada, un ábside ochavado, coro alto y capillas laterales abiertas entre los contrafuertes, reflejando el carácter de las construcciones religiosas españolas del siglo XVI, aunque el edificio de hoy es el resultado de numerosas intervenciones posteriores.

Por eso hay que mirarla como se mira un manuscrito corregido muchas veces: una pared habla del siglo XVI. Una bóveda puede contar otra historia. Una inscripción lleva al siglo XVIII. Y una campana te coloca inesperadamente en 1916.

Y, ubicada en el Caribe colonial, Las Mercedes aprendió muy pronto a convivir con los desastres. En 1586, durante el ataque de Francis Drake a Santo Domingo, el convento “se vio muy afectado”, según la reseña de Hoy, y después vendrían los ciclones y los terremotos.

Entre 1591 y 1599, un ciclón produjo una hendidura en la puerta principal y provocó la caída de parte del cimborrio; el terremoto de 1615 dañó el coro alto y el arco toral, y otro temporal afectó el techo en 1628, de acuerdo con la cronología que publicó la Revista Mercado.

La iglesia fue reparada y volvió a ser golpeada en 1635, siendo el maestro Pedro Portillo el líder las reparaciones, según la Revista Tobogán. Tras los terremotos de 1672 y 1673 el templo tuvo que ser reconstruido de nuevo, como consigna un reportaje del diario Hoy.

Es difícil no pensar en la campana cuando se conocen estos episodios, pues una campana parece hecha para anunciar permanencias: la hora, la misa, una fiesta, un duelo. Pero en Las Mercedes habla sobre resiliencia arquitectónica.

El siglo XVIII trajo otra sacudida, cuando, al día siguiente del terremoto del 18 de octubre de 1751, el presidente de la Real Audiencia informó al rey que el convento de la Merced había quedado con el coro y la bóveda dañados, según la carta conservada en el Archivo General de Indias que cita la historiadora María Eugenia Petit-Breuilh Sepúlveda en la revista Ecos, de la UASD.

Una inscripción escondida dentro del templo parece dejar constancia de la reconstrucción que siguió: “Se acabó el año mil setecientos cincuenta y dos”. La fecha está allí como una pequeña firma.

La bitácora de acontecimientos revela que ese templo no fue solo un lugar para la oración. Durante la ocupación haitiana permaneció cerrado, el terremoto de 1842 le causó graves daños y, durante la Anexión a España, entre 1861 y 1865, sirvió de cuartel, según publicó Carmenchu Brusiloff en el Listín Diario.

Una iglesia que durante siglos había llamado a los fieles pasó, por un tiempo, a formar parte de las estructuras militares de la ciudad, cambiando momentáneamente el significado y finalidad de la misma: Campanas arriba, soldados debajo. Religión y guerra compartiendo el mismo espacio.

Tirso de Molina en Santo Domingo

Hay otro personaje que forma parte de la historiografía de este edificio y solo hay que saber dónde buscar.

En la cara norte de la torre, en el balconcillo que se abre al inicio del segundo cuerpo, hay un altorrelieve de piedra con la efigie de Tirso de Molina, el dramaturgo español y fraile mercedario, acompañado por dos figuras femeninas sentadas que parecen sostener un libro abierto, según la descripción de Segundo Antonio Vásquez.

El autor de “Don Juan” vivió en el convento de la Merced entre 1616 y 1618, como documentó la periodista Ángela Peña a partir de los trabajos de fray Cipriano de Utrera y Pedro Henríquez Ureña, y la tradición recogida por Vásquez sostiene que en ese balcón leía sus obras.

Aquellos dos años dejaron algo más que esa leyenda. Tirso zarpó de Sanlúcar de Barrameda el 10 de abril de 1616 en la nao Nuestra Señora del Rosario, junto a otros seis frailes mercedarios, y en 1617, ya instalado en la ciudad, participó en unas justas poéticas dedicadas a la Inmaculada Concepción, según reconstruye Alejandro Loeza en “Scriptorium”, el espacio de divulgación del Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO) de la Universidad de Navarra.

Los versos que compuso para aquel certamen vieron la luz casi dos décadas después, en “Deleitar aprovechando” (1635), y en las páginas de ese libro sobrevive el único fragmento de su obra nacido, con certeza, en Santo Domingo, según Loeza.

La isla siguió asomándose a su escritura después del regreso y así lo explica la escritora Flérida de Nolasco en el estudio que dedicó, en 1939, a la estancia dominicana del dramaturgo, en el que advirtió que, tras el viaje, el mar pasó a ser fondo de sus cuadros escénicos y que en su léxico afloraron voces de raíz indígena como cacique, jícara, jején, mamey, yuca o cazabe, observación que la periodista Ángela Peña recuperó en las páginas de Hoy.

Más audaz fue la investigadora sevillana Blanca de los Ríos, quien en 1948 publicó el ensayo «El viaje de Tirso a Santo Domingo y la génesis de Don Juan», donde planteó como hipótesis que aquella travesía influyó en el nacimiento del personaje del célebre seductor.

Y cuando, hacia 1639, escribió como cronista de su orden la Historia general de la Orden de Nuestra Señora de las Mercedes, Tirso volvió sobre Santo Domingo, la ciudad que lo había acogido, como señala Ángela Peña.

Tirso de Molina fue el seudónimo literario de Fray Gabriel Téllez, un destacado fraile mercedario y dramaturgo español del Siglo de Oro. ( Fuente externa).

La devoción

La historia de Las Mercedes también está ligada a la devoción a la Virgen que le da nombre y cada 24 de septiembre el templo celebra su fiesta patronal con misas y una procesión por la Ciudad Colonial, y la imagen vuelve a ocupar el centro de una devoción profundamente arraigada en la historia dominicana.

El vínculo oficial de Nuestra Señora de las Mercedes con Santo Domingo se remonta al voto formulado por el Cabildo de la ciudad después del terremoto del 8 de septiembre de 1615, cuyo acuerdo quedó asentado en las actas capitulares de 1616. La celebración se realizaba inicialmente en esta fecha.

Más tarde, una Real Cédula de Felipe V, de 14 de agosto de 1740, que Rodríguez Demorizi reproduce en Clío, trasladó la celebración de la advocación al 24 de septiembre. Ya en la etapa republicana, el Archivo General de la Nación conserva, dentro del Fondo del Poder Legislativo, la serie “Actas de adhesiones” (1876-1907), cuya descripción registra expresamente solicitudes para declarar el 24 de septiembre como día festivo en honor de la Virgen de las Mercedes.

Estos documentos confirman la continuidad de esa reivindicación en la República, aunque por sí solos no permiten atribuir su establecimiento original a un decreto de la Junta Central Gubernativa de 1844, como se ha publicado en distintos periódicos.

Los cambios en el templo

En 1859, el presidente Pedro Santana dispuso que el antiguo convento fuera dividido, y una parte pasó a la Logia Cuna de América n.º 2, fundada ese mismo año, según el relato de Carmenchu Brusiloff.

Con el siglo XX llegó la modernidad: el alumbrado eléctrico, el piso de mármol y los zócalos de azulejos sevillanos, enumera la Revista Mercado y justamente en el primer cuarto de esos años llegó también la historia del Memphis y su campana, como si la iglesia hubiera recibido otra pieza para su colección de siglos.

Después vendría la restauración del templo, que comenzó en 1968 y continuó en 1972, según la tarja del propio edificio, con el propósito de recuperar su carácter histórico. Durante esos trabajos apareció parte del claustro norte del antiguo convento, con sus cinco arcos de medio punto, como consignó el diario Hoy.

Restaurar, en este caso, significaba también descubrir, quitar una capa para encontrar otra. Mirar debajo del piso, seguir una pared, reconocer una bóveda. Volver a leer una construcción que durante siglos había sido modificada por la necesidad de sobrevivir.

Por qué y cómo visitar Las Mercedes

Esa restauración devolvió al templo algo que las sucesivas reparaciones habían hecho difícil de percibir: su condición de edificio construido en capas y quizás por eso vale visitar Las Mercedes de otra manera.

No entrar únicamente para admirar una iglesia antigua, sino entrar buscando pistas. Mirar primero la torre, buscar esos arcos del campanario y reparar en que no todos son iguales: nueve son de medio punto y uno tiene un arco lobulado de reminiscencia mudéjar, un diseño que, a juicio de Vásquez, no se repite en ninguna otra iglesia colonial de intramuros.

Después, levantar la vista hacia las campanas, recordar el Memphis aquel 29 de agosto de 1916. Pensar en los marinos invasores y el pueblo que salvó a los que pudo, en la ciudad frente al mar embravecido, en la campana desmontada, o adquirida en subasta, según los documentos del Archivo General de la Nación, y en su llegada al templo.

Y si se consigue ver la inscripción, hay que leerla como quien encuentra una nota escrita por alguien que quiso dejar constancia de que aquella pieza había tenido otra vida.

Luego bajar la mirada y ver la iglesia, la de Rodrigo de Liendo, la de los primeros mercedarios. La que sobrevivió a Drake. La que tembló con los terremotos. La que fue reparada una y otra vez. La que sirvió de cuartel. La que compartió sus muros con una logia. La que recuerda a Tirso de Molina. La que ha visto cambiar de rostro a la ciudad, la que todavía celebra a la Virgen cada 24 de septiembre, y la que, después de tantos siglos, sigue allí.

Quizá la mejor historia de Las Mercedes no sea la de una iglesia que permaneció intacta y su riqueza es justamente lo contrario. Es la historia de un edificio que ha sobrevivido cambiando.

Cambió después de los terremotos, de los ciclones, de los ataques de los piratas. Cambió con la electricidad, con el mármol, con los azulejos, con las restauraciones. Y cambió cuando recibió una campana que venía de un barco que el mar había reclamado.

Por eso, cuando se visite la Iglesia de Las Mercedes, conviene hacerlo despacio, entrar, dejar que los ojos se acostumbren a la penumbra, seguir las líneas de la nave, mirar las piedras, buscar las huellas de las reparaciones.

Encontrar, si es posible, el relieve de Tirso y, antes de salir, volver a mirar hacia arriba, porque allí, suspendida sobre una iglesia del siglo XVI, permanece la memoria de un barco del siglo XX. Una campana puede parecer solamente una campana, pero la de Las Mercedes todavía lleva consigo un pedazo de mar, y cada vez que suena, de alguna manera, la historia vuelve a entrar en la ciudad.

Una iglesia puede ser muchas cosas a la vez:

Lugar de oración.

Refugio.

Escenario político.

Espacio de memoria.

Monumento.

Y también, sencillamente, una casa donde una campana toca las horas.

Imagen del Naval History and Heritage Command (NHHC) conserva la fotografía NH 82102. La descripción dice: “Vista de la cubierta de proa del Memphis… después del naufragio; la imagen muestra las cadenas del ancla, la torre del cañón de 10 pulgadas, los ventiladores y la campana del barco«.

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Solangel Valdez
Solangel Valdez
Periodista, fotógrafa y relacionista. Aspirante a escritora, leedora, cocinadora y andariega.
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