Antes de que el celular recibiera toda la culpa, la ciudad se comió la cancha
SANTO DOMINGO. – Un niño dobla una esquina, toca una pared y grita: ¡Tani! A salvo. Otros niños lo persiguen, alguien tropieza, alguien se ríe, alguien acusa: «¡Tú hiciste trampa!» No hay policía, no hay maestro, no hay árbitro. Los niños resuelven solos.
Esa escena parece trivial, pero ahí había una institución: la calle. Durante décadas fue una extensión de la infancia dominicana, no perfecta ni segura, pero sí un territorio donde los niños organizaban su tiempo sin que un adulto diseñara cada minuto. Y los juegos tradicionales necesitaban exactamente eso: espacio.
Cuando alguien dice que los niños ya no juegan como antes, el sospechoso de siempre es el celular. Después vienen el PlayStation, TikTok, Netflix, y la frase que resume a una generación: «En mis tiempos sí jugábamos.» Puede ser cierto, pero el teléfono llegó a una calle que ya había cambiado.
El historiador y antropólogo Marcio Veloz Maggiolo estudió esa relación entre juegos y modernidad con una tesis que sigue vigente: los juegos tradicionales necesitan espacio, no solo físico sino social. Una calle donde los niños se encuentren, un solar donde corran, un barrio donde los adultos los conozcan y un niño pueda desaparecer veinte minutos sin que la familia entre en pánico.
Santo Domingo no fue siempre esta continuidad urbana. Su explosión demográfica e inmobiliaria, más marcada en la segunda mitad del siglo XX, trajo avenidas, vehículos, edificios y una densidad nueva.
El problema no es que apareciera una avenida, sino que ocupó el lugar donde antes se corría; no es que llegaran los edificios, sino que el solar donde jugaban veinte niños se volvió uno de ellos.
Antes de preguntar cuándo desaparecieron los juegos, habría que preguntar cuándo desapareció el permiso social para jugarlos.
El problema es territorial
EL topao no necesita juguetes, solo niños. Flores y convento necesita niños. Trúcano necesita una piedra o papel mojado y una acera. El problema, entonces, no es tecnológico, es territorial. ¿Dónde están los niños, quién vigila, quién deja, quién responde si pasa algo? Hay razones legítimas para la supervisión de hoy: tránsito, inseguridad, desconocidos. Pero la calle antigua tampoco era un paraíso perdido, era libertad y podía ser peligro, las dos cosas a la vez.
Estudios dominicanos sobre infancia y entorno urbano, como los que ha publicado la revista Ciencia y Sociedad del INTEC, han documentado cómo el tránsito y la inseguridad en los barrios redujeron la posibilidad de que los niños usaran libremente el espacio público.
Ahí aparece la paradoja: para proteger al niño de la calle, se le encierra, y una vez encerrado, se le busca entretenimiento dentro de casa. Primero fue la televisión, después el videojuego, después el teléfono. La pantalla no inventó el encierro, encontró un mercado perfecto dentro de él.
El cambio no fue calle → celular, sino calle → ciudad más grande → tránsito → inseguridad → supervisión → televisión → videojuegos → internet → teléfono. Cada etapa redujo un poco más la necesidad de que el niño saliera a buscar a otros niños.
Las redes y existían
Hay una ironía en esto. Hoy se habla de «redes sociales» como si la sociabilidad se hubiera inventado en la era digital, pero el barrio antiguo ya era una red: vecinos que se saludaban cara a cara, compartían café y sabían quién tenía pelota, quién jugaba trúcano, quién prestaba la bicicleta. El barrio era un algoritmo de recomendación, solo que la búsqueda era «pregúntale a Fulano».
Cuando desaparece un juego, desaparece también un mecanismo de transmisión cultural. Las reglas no llegaban en un folleto sino de otro niño: «Se hace así», «eso no vale», «ahora tú eres el loco».
Edna Garrido de Boggs y, décadas después, Xiomarita Pérez, documentaron esa transmisión antes de que se perdiera del todo. En 2013, Xiomarita la llevó al cuerpo: habló de folklore y juegos con niños y niñas en el Centro Cultural de España y después salió con ellos al parque Pellerano Castro a jugar, porque un juego no es una descripción, «se juega así» no es lo mismo que jugar.
Ella misma ha señalado que el embique dominicano tiene primos en medio mundo, balero, coca, capirucho, kendama, prueba de que el patrimonio no es una estatua sino una conversación que cambia de nombre según el país.
Y entonces llega el teléfono, con una ventaja que ningún juego callejero puede igualar: siempre está disponible. No hay que esperar a los muchachos, ni caminar hasta la esquina, ni negociar reglas, ni buscar una piedra.
Produce entretenimiento bajo demanda donde la vieja infancia producía entretenimiento por cooperación. Por eso decir «dejen el celular y salgan a jugar» es insuficiente: ¿salir a dónde, con qué niños, quién los deja, quién vigila? El problema no se resuelve confiscando teléfonos, sino reconstruyendo las condiciones sociales que hacían posible el juego.
Flores y convento no tiene instrucciones ni pantalla ni batería, y sin embargo puede desatar una carrera entre diez niños, porque el objeto es secundario, lo que importa es la relación. Un grupo frente a un espacio vacío inventa una regla; un grupo frente a una pantalla recibe una actualización.
El primero discute quién ganó, el segundo recibe una puntuación. La diferencia no es tecnológica, es cultural, y también desaparecieron las condiciones que producían juegos nuevos.
Juego tradicional aun sobrevive
Declarar muerto el juego tradicional, sin embargo, sería falso. Xiomarita lo sigue llevando a escuelas y comunidades, el Ministerio de Educación incorpora Flores y convento en materiales de Educación Física, y en zonas rurales sobreviven prácticas que ya desaparecieron de ciertos barrios urbanos.
La ciudad se comió la cancha, pero no necesariamente el juego, aún aparecen grupos que juegan 21, interrumpidos por el tránsito. Y no es que los dominicanos hayan perdido la capacidad de jugar, es que la ciudad cambió las condiciones en que se jugaba: la calle se volvió circulación, el solar se volvió construcción, la plaza ya no existe, es más edificios.
El problema empezó mucho antes del teléfono, el día en que un niño ya no pudo salir a correr por su barrio. La pantalla no tuvo que conquistar nada, la puerta ya estaba abierta.
Sería lindo que algún día se recuperaran el topao, el trúcano, el pañuelo o Flores y convento. Para ello no bastará con imprimir un manual, hace falta espacio, tiempo y tolerar cierto ruido, aceptar que una pelota caiga donde no debería y que un grupo de muchachos discuta quién ganó sin que un adulto resuelva el conflicto de inmediato.
La República Independiente de la Calle y el patrimonio infantil no se conservan guardando objetos, se conservan dejando que los niños hagan lo que siempre han hecho: inventarse un mundo durante un rato y volver a casa sudados, sucios, contentos, con historias que contar, y con la certeza, o la duda, de que mañana el juego seguirá exactamente donde lo dejaron.
Porque esa es también la naturaleza de la tradición: nadie sabe quién la inventó, pero alguien tiene que volver a jugarla.
Lecturas recomendadas:


