El río sigue pasando por debajo, los barcos continúan solicitando paso, y el puente flotante, que llegó por un plazo breve, casi treinta años después no ha terminado su jornada
SANTO DOMINGO. – En el río Ozama hay una estructura que lleva casi tres décadas haciendo un trabajo para el que, en principio, solo le habían concedido tres meses. Es la pasarela por la que cada día circulan cientos de vehículos y miles de personas que van de una orilla a otra.
El “¡tún-tún!” al caer en una de las grietas, la visión de las lilas bajando por el río turbio, los pescadores recostados de la baranda, a veces el Ferry recostado contra el puerto y “Moreno” pidiendo 50 pesos a los choferes cuando hay tapón, es parte del paisaje que rodea el paso entre las riberas este y oeste de Santo Domingo, por el puente flotante.
Ese puente que ni siquiera tiene un nombre propio, soporta el tránsito de una ciudad que no deja de crecer y, cuando necesita pasar un barco, abre sus alas, como un pájaro acuático, para dejarlo seguir su camino. Después vuelve a cerrarse y el tráfico continúa.
En casi treinta años varias generaciones de conductores han ido y regresado por esa plataforma, muchos han cruzado a uno y otro lado por primera vez por esa vía y la han incorporado a sus rutas habituales.
Para muchos, cruzarlo es una operación cotidiana, una parte más del trayecto entre Santo Domingo y Villa Duarte y pocos de quienes lo atraviesan conocen la historia de su instalación para saber lo que significa encontrárselo cerrado.
Su presencia, sin embargo, tiene una explicación que se remonta a 1998, durante el primer gobierno de Leonel Fernández según revela la hemeroteca.
Los reportes de prensa dicen que por entonces se construía el puente Juan Bosch, mientras el Duarte necesitaba trabajos que obligarían a interrumpir temporalmente su servicio.
La ciudad no podía quedarse con sus principales cruces sobre el Ozama comprometidos al mismo tiempo y había que encontrar una salida mientras se resolvían los problemas de los otros puentes.

La solución fue instalar dos barcazas metálicas unidas, con una superficie asfaltada para el tránsito vehicular. La estructura, atribuida a Samuel Conde & Asociados, conectó la avenida del Puerto, cerca de la Puerta de Don Diego, con la avenida Mirador del Ozama, en Villa Duarte y su cometido era provisional durante tres meses
La ciudad siguió su curso, los puentes Juan Bosch y el Duarte siguieron en construcción y reparación, mientras el flotante hacía lo suyo.
El Juan Bosch se inauguró en diciembre de 2001; el Duarte continuó prestando servicio y los otros puentes sobre el Ozama siguieron formando parte de la red vial que unía ambos lados de la capital.
Y la estructura “provisional” permaneció en su puesto, año tras año, hasta convertirse en uno de los cruces habituales entre ambas orillas, aún casi treinta años después.
Nunca se anunció su carácter permanente, nunca le bautizaron. Bastó con que siguiera funcionando y con que la ciudad continuara necesitándolo. El tiempo hizo el resto.
Una vida entre dos orillas
El flotante tiene una condición estructural que lo distingue de los otros cruces sobre el río Ozama: no descansa sobre una sucesión de pilas ancladas al lecho del río, como los puentes convencionales, sino que sus barcazas permanecen sobre el agua y se mueven con él.
Esa característica, que permite su funcionamiento, también determina buena parte de su rutina: cuando una embarcación necesita remontar el Ozama, el puente debe abrirse. El tránsito se interrumpe mientras se realiza la maniobra, que puede prolongarse durante horas.
Para los conductores, el paso de un barco se convierte entonces en una pausa que no depende de la cantidad de vehículos ni de la destreza de quien conduce porque el río tiene prioridad.
Las crecidas también alteran su funcionamiento. En octubre de 2025, el Ministerio de Obras Públicas dispuso el cierre temporal para permitir que pasaran las lilas y el material orgánico arrastrados por el río debido a las lluvias y la contaminación.
En otras ocasiones, las interrupciones han respondido al tránsito de embarcaciones o a trabajos de mantenimiento, pero lo cierto es que es una infraestructura que, pese a su carácter excepcional, ha terminado atendiendo una demanda cotidiana.
Las cifras ayudan a entender la dimensión que adquirió ese servicio. Un conteo del Ayuntamiento del Distrito Nacional realizado en 2014 registró 14,793 vehículos hacia el Distrito Nacional y 17,430 en dirección contraria. Estimaciones publicadas en 2025 situaban el flujo en unos 35,000 vehículos diarios.
El puente que había llegado para resolver una contingencia terminó incorporado a una circulación mucho más amplia que la prevista cuando se instaló, ya forma parte de la conexión diaria entre comunidades que necesitan desplazarse por trabajo, estudio, comercio y otras actividades.
Los años también pasan por el hierro
El paso del tiempo, el agua, el uso continuo y la exposición a los elementos han dejado señales en la estructura. En febrero de 2016, una inspección realizada por Ciramar Shipyards, a solicitud de la Armada de República Dominicana, detectó desperfectos en buena parte de las barcazas y recomendó restringir el paso de vehículos pesados hasta que fueran sustituidas.
El entonces ministro de Obras Públicas, Gonzalo Castillo, reconoció la necesidad de un mantenimiento mayor y el año siguiente, la aparición de grietas provocó un leve hundimiento y obligó a cerrar el paso, temporalmente.
La situación reabrió la discusión sobre el futuro de la estructura y en 2017 se anunció la adquisición de una nueva barcaza, por un monto que llegó a situarse en hasta US$10 millones en informaciones de prensa, pero la sustitución no se materializó y el puente siguió cruzando gente noche y día.
Las partidas presupuestarias destinadas a su rehabilitación y las propuestas para reemplazarlo fueron apareciendo en distintos años. En 2020, Obras Públicas planteó sustituirlo por un puente basculante.
En 2023 volvió a anunciarse una solución definitiva, pero los planes cambiaron, los recursos previstos tomaron otros caminos y el flotante continuó resistiendo y recibiendo vehículos. La estructura concebida para durar unos meses sobrevivió a sucesivas propuestas que buscaban poner fin a su servicio.
La despedida, esta vez, tiene expediente
Después de una primera licitación que no prosperó, el Ministerio de Obras Públicas convocó un nuevo procedimiento para construir un puente basculante sobre el Ozama, unos 80 metros al sur de la estructura actual, según se anunció.
La nueva obra tendrá un tramo fijo y otro móvil, cuyos brazos podrán levantarse para permitir el paso de los barcos y, de RD$10 millones que costaría la solución de 2017, ha pasado a una inversión adjudicada de RD$4,571 millones y un plazo de ejecución de 24 meses.
La diferencia con los anuncios anteriores está en el avance del procedimiento, al menos ya existe una adjudicación. Para que llegue al momento del retiro del Puente Flotante, deberán ejecutarse los trabajos, realizarse las pruebas y ponerse en servicio la nueva conexión.
La ciudad suele acostumbrarse a sus obras y después incorporarlas al paisaje, hasta que una intervención nueva cambia lo que parecía permanente, aunque haya nacido para un mientras tanto, como el puente flotante.
“Moreno”, nacido y criado en Villa Duarte, delgadez extrema, piel curtida y en el rostro oscuro unos ojos grandes, fijos en un punto que nadie más alcanza a ver, se pierde dentro de unos jirones que alguna vez fueron camisa.
Abandonado por la razón, entre los “¡tún-tún!” e indiferente a los bocinazos, seguirá extendiendo la mano y pidiendo cincuenta pesos con una voz que parece llegar de lejos y al mismo tiempo suena como si hablara hacia adentro.
Probablemente muchos “alguien” habrán tomado el camino de ese puente en solitario para tirar un cariño al río, como dice el bolero, o para comprar a los pescadores, para recoger a alguien en el aeropuerto o para disfrutar una puesta de sol desde la avenida España.
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