InicioAndamio CulturalEl símbolo más famoso de la Ciudad Colonial no es colonial

El símbolo más famoso de la Ciudad Colonial no es colonial

La ciudad ya tenía telégrafo, ferrocarriles, servicios públicos, burocracia moderna, comercio más intenso. El reloj público se convirtió en una herramienta de una ciudad que necesitaba sincronizarse

SANTO DOMINGO. –  La torre del Palacio Consistorial de Santo Domingo arranca sobre la esquina curva del edificio, por encima de los arcos de medio punto que recorren la planta baja y sube en cuerpos escalonados: primero un balcón con balaustrada donde ondea la bandera, luego el cuerpo del reloj con su esfera circular flanqueada por pilastras.

Después, un campanario octagonal con ventanas arqueadas y barandilla de hierro, y finalmente una cúpula semiesférica con nervaduras que remata en una linterna cilíndrica. Veintinueve metros en total, blancos contra el cielo, visibles desde muchos puntos de la Zona Colonial.

Ese reloj que casi nunca marca el tiempo, pero pauta el ritmo de la ciudad el visitante, local o no, aunque tiene un celular que marca una hora sincronizada con algún reloj atómico, siempre mira hacia arriba.

No siempre hubo reloj

Palacio Consistorial, 1906. El edificio antes de la intervención de Osvaldo Báez Machado, sin la torre que hoy lo identifica. (Archivo General de la Nación, República Dominicana/ Fototeca AGN).

En pleno siglo XXI, los celulares muestran la hora exacta, sincronizada con relojes atómicos en alguna parte del mundo. Pero durante siglos, la ciudad más antigua de América se orientó con recursos mucho más sencillos, como las sombras del reloj de sol, un instrumento que permitía seguir el recorrido de las horas a partir de la posición del astro, mucho antes de la llegada de la electricidad.

La historia del reloj del Palacio Consistorial comienza en la transición entre dos formas de entender y vivir la ciudad.

El edificio que hoy ocupa una de las esquinas más reconocibles del Parque Colón, la de las calles El Conde y Arzobispo Meriño, tiene raíces que se remontan a los primeros años del siglo XVI. Allí funcionó el Cabildo de Santo Domingo, la institución municipal encargada de administrar una ciudad que apenas comenzaba a consolidarse en la margen occidental del Ozama.

Durante más de cuatro siglos, el edificio fue simplemente la sede del Cabildo. Construido a partir de 1502 desde allí se regulaban mercados, se emitían disposiciones y se discutían los asuntos públicos de la colonia.

La transformación ocurrió entre 1906 y 1913, cuando el ingeniero y arquitecto dominicano Osvaldo Báez Machado dirigió una amplia remodelación que dotó al edificio de su apariencia actual, incorporando elementos neoclásicos y la torre de unos 29 metros de altura destinada a convertirse en uno de los símbolos urbanos más reconocibles de la ciudad.

No, no es colonial

Y aunque muchos puedan pensar que la edificación actual es de la época de la colonia, no lo es. (Foto/Solangel Valdez).

El arquitecto e investigador Omar Rancier documentó que el actual Palacio Consistorial fue diseñado y elaborado durante el gobierno de Ramón Cáceres y ejecutado por el profesional graduado en París y uno de los grandes nombres de la arquitectura neoclásica dominicana, quien sustituyó la antigua apariencia del cabildo por una composición de inspiración ecléctica y neoclásica que perdura hasta hoy.

Las obras se ejecutaron entre 1911 y 1913, y el resultado terminaría convirtiéndose en uno de los referentes urbanos más importantes de la capital.

De aquella intervención surgió uno de los edificios más fotografiados de la ciudad y cuya presencia alteró para siempre el perfil visual de la Plaza de Armas, hoy Parque Colón. El historiador y arquitecto Eugenio Pérez Montás, citado por Rancier, la definió como una pieza que pasó a formar parte integral de la fisonomía de la ciudad y de las perspectivas urbanas de las calles El Conde y Arzobispo Meriño.

Pero la historia de esta torre no se limita a su valor arquitectónico. El Archivo General de la Nación registra que el 9 de octubre de 1915 fue instalado en el Palacio Consistorial el reloj público que desde entonces ha acompañado la vida del centro histórico de Santo Domingo.

¿Por qué un reloj público?

A principios del siglo XX la ciudad comenzaba a experimentar cambios que exigían una relación distinta con el tiempo. El crecimiento de la administración pública, el comercio, los servicios y las comunicaciones hacía cada vez más importante la coordinación de horarios.

Ya no bastaba con saber si era temprano o tarde. La vida urbana demandaba una referencia más precisa y el reloj del Consistorial apareció en medio de esa transformación.

Desde entonces, comerciantes, funcionarios, visitantes y transeúntes pudieron mirar hacia un mismo punto para conocer la hora exacta, en una ciudad que durante siglos había seguido el curso del sol o el sonido de las campanas.

La hora comenzaba a importar de otra manera, ya no bastaba con saber si era mañana o tarde. Había que llegar a tiempo a una oficina, coordinar actividades comerciales, cumplir horarios cada vez más precisos. El reloj público pasó a formar parte de esa nueva disciplina urbana.

No era el primer instrumento para medir el tiempo en Santo Domingo. Tampoco fue el único, pero se convirtió en uno de los más visibles y quizás por eso resulta tan difícil separar hoy la imagen del Palacio Consistorial de la del reloj que corona su torre.

La paradoja es que uno de los elementos más reconocibles del paisaje histórico de Santo Domingo pertenece, en realidad, a una etapa relativamente reciente de su historia. Cuando Cristóbal Colón ya llevaba siglos observando la plaza desde su pedestal, y la Catedral Primada había sobrevivido terremotos, huracanes y ocupaciones.

La torre y el reloj llegaron cuando la ciudad comenzaba a entrar en la modernidad y más de un siglo después, continúan allí.

Miles de personas atraviesan cada día el Parque Colón sin detenerse a pensar en el mecanismo que tantas veces han fotografiado. Tal vez porque ya no lo necesitan, pues la hora aparece en las pantallas de los teléfonos, en los vehículos, en las computadoras y en los relojes inteligentes.

Sin embargo, el viejo reloj del Palacio Consistorial conserva una función simbólica que va más allá de indicar minutos y segundos, aunque su funcionamiento ha sido intermitente por causas diversas. La más socorrida: el daño por la caca de las palomas en el mecanismo.

El tiempo, inexorable, sigue su curso y este reloj detenido en las 5:30, no se sabe si de la tarde o de la madrugada, sigue recordando el momento en que Santo Domingo dejó de mirar únicamente la trayectoria del sol para comenzar a compartir una misma hora.

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Solangel Valdez
Solangel Valdez
Periodista, fotógrafa y relacionista. Aspirante a escritora, leedora, cocinadora y andariega.
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