Entre flores, regalos y el eco de un himno centenario, la República Dominicana celebra a las madres con la misma devoción que guarda para la Navidad, y para sus dos madres espirituales: la Virgen de las Mercedes, Patrona de la Nación, y la Virgen de la Altagracia, su Protectora
SANTO DOMINGO. – Esta mañana de domingo es luminosa, aunque el polvo del Sahara insista en que parezca nublada. Tras dos días y noches de comercio y tránsito caóticos, hoy por fin muchas familias dominicanas se reúnen para honrar a las madres. Lo harán en casa, en restaurantes, en fincas o incluso en el camposanto.
Porque el dominicano sabe, con esa sabiduría que no se aprende en ningún libro, lo que se siente, que el amor a la madre no tiene fecha de vencimiento ni fronteras entre planos o dimensiones. Es, sencillamente, inefable.
En las manos, regalos con moñas multicolores: pijamas, prendas, libros, maquillaje, vestidos, zapatillas, almohadas o una tarjeta hecha a pulso. Muchos habrán escuchado el: “Mejor dame mis cuartos, no me traigas cosas para la casa”, y aun así alguien lleva la licuadora, la vajilla o la estufa que está de jubilar.
Hay quienes apuran compras de última hora y se decantan por plantas o flores, que se ofrecen hasta en los semáforos, y hay quienes tempranito irán al cementerio, donde desde días antes habrán pintado, barrido y adornado panteones y tumbas.
Esta mañana llegarán con flores frescas a sentarse un rato junto a quien ya no está, porque el dominicano honra a su madre donde ella se encuentre, en la mesa del almuerzo familiar o bajo una lápida que cubrirá de claveles, rosas, lirios, crisantemos o flores plásticas de las tiendas chinas para que no se las lleven para revender.
En ningún otro día el dominicano es tan puntual, tan generoso y tan sentimental, todo al mismo tiempo.
El himno antes que la fiesta
Hay una canción que muchos dominicanos aprendieron en filas, en actos, en ceremonias de salón escolar decorado con papel crepé. Es el Himno a las Madres, escrito por la poeta Trina de Moya hacia 1925, y recitado por primera vez en 1926, cuando el Día de las Madres se instauró oficialmente en el país. Hace cien años.
El poema llegó antes que la fecha, como si el arte hubiera abierto el camino para que la institucionalidad lo siguiera.
En esos versos Trina no describe a ninguna madre en particular y las describe a todas. La madre como refugio, como primera maestra, como la voz que acompaña desde la cuna hasta la vejez, el niño que aprende la sonrisa tierna, el joven que recibe la guía, el anciano que recuerda una oración. Toda una vida contenida en cuatro estrofas que, un siglo después, permanecen en la memoria del país.
¡Venid los moradores del campo y la ciudad,
y entonemos un himno de intenso amor filial.
Cantemos de las madres la ternura, el afán
y su noble atributo de abnegación sin par.
Celebremos todos la fiesta más bella,
la que más conmueve nuestro corazón;
fiesta meritoria, que honramos con ella
a todas las madres de la creación.
¡Quien, como una madre, con su dulce canto,
nos disipa el miedo, nos calma el dolor,
con solo brindarnos su regazo santo,
con sólo cantarnos baladas de amor!
De ella aprende el niño la sonrisa tierna,
el joven la noble, benéfica acción;
recuerda el anciano la oración materna
y en su alma florece la resignación.
¡Venid los moradores del campo y la ciudad,
y entonemos un himno de intenso amor filial!
– Trina de Moya, c. 1925
Dos madres que cuidan
El dominicano que profesa la fe católica tiene, además de la madre de carne y sangre, dos madres espirituales que vigilan desde lo alto. La Virgen de las Mercedes, Patrona de la Nación, lleva siglos ligada a la historia más profunda de esta tierra. Su fiesta en septiembre convoca peregrinaciones que duran días, pero su presencia no se ausenta en ningún mes del calendario.
La Virgen de la Altagracia, Protectora del pueblo dominicano, es quizás la más íntima de las dos. Su imagen cuelga en habitaciones, taxis y billeteras. Cuando alguien dice «Que la virgencita de Altagracia te acompañe», está invocando algo más antiguo que cualquier institución del Estado. Higüey es su hogar terrenal, pero su manto cubre la isla entera.
En este país, donde lo sagrado y lo cotidiano conviven en armonía, ambas advocaciones forman parte natural de la celebración de hoy. Madres del espíritu para un pueblo que entiende la maternidad como algo que no se agota en lo humano.
Una fiesta que se vive puertas afuera
Quien haya vivido un Día de las Madres en República Dominicana lo sabe: esta es la única fecha que rivaliza con la Navidad en intensidad emocional. Restaurantes reservados desde semanas atrás. Salones de belleza abiertos desde el amanecer. El olor a comida de domingo extendiéndose por los barrios desde temprano.
Las familias se reúnen hoy en honor a ellas, las que están sentadas a la mesa y a las que ya solo están en el recuerdo.
Porque aquí el Día de las Madres no es una celebración individual sino un acto colectivo, casi litúrgico. Se honra a la madre propia, a la abuela, a la tía consentidora, a la madrina siempre oportuna. A la que crio sin haber parido, a la que se fue demasiado pronto y siempre es demasiado pronto para su partida.
Hoy se celebra a una persona específica y a muchas en conjunto, con una urgencia que no admite excusas. Hoy hay que llamar, hay que llegar y hay que estar. Y si ella ya no puede escucharte, le llevas flores de todos modos. Y limpias su tumba. Y te quedas un rato.
En algún salón de clases, o en la memoria de quien lo vivió, los versos de Trina de Moya resuenan desde hace cien años: «La fiesta más bella, la que más conmueve nuestro corazón».
El himno aún funciona, el país lo sabe de memoria y hoy, una vez más, lo demuestra. Porque la devoción del dominicano por su madre es, sencillamente, inefable.
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