InicioAndamio Cultural530 años después, Santo Domingo sigue teniendo tres capas urbanas

530 años después, Santo Domingo sigue teniendo tres capas urbanas

En 1990 la Unesco la declaró Patrimonio Mundial, por ser el conjunto de edificaciones europeas permanentes más antiguo de América

SANTO DOMINGO. – La primera vez se llamó Nueva Isabela y ocupó la margen oriental del Ozama, levantada hacia 1496 por Bartolomé Colón. Duró poco: un huracán en 1502 arrasó buena parte del asentamiento y de la flota que esperaba zarpar hacia España y de aquel primer intento sobrevivió la Ermita del Rosario, en lo que hoy es Villa Duarte.

Y lo más perdurable no fue el lugar, sino la idea de construir una ciudad: Nicolás de Ovando, según cuentan los historiadores José Guerrero y Roberto Cassá, quienes tampoco logran ponerse de acuerdo sobre si la fundación fue en 1496 o 1497, no reconstruyó donde había caído; cruzó el río y empezó de nuevo en la otra orilla.

Este martes se cumplen 530 años de aquella refundación, aunque nadie puede jurar el día exacto. Los historiadores se reparten entre 1496 y 1497 sin ponerse de acuerdo, y probablemente nunca lo hagan.

Lo que no admite discusión es que aquí empezó, no solo la primera ciudad europea permanente de América, sino una ciudad pensada, dibujada antes de ser habitada. Ovando trazó calles en ángulo recto, solares medidos, una plaza mayor como corazón político y religioso. Nada al azar.

Cinco siglos después, el arquitecto Eugenio Pérez Montás leería en ese trazado algo más que urbanismo: una manera de entender cómo debía vivirse en el Caribe.

En ese plan de hace cinco siglos las pendientes conducían el agua, las manzanas ayudaban a circular, los patios interiores y los gruesos muros de piedra coralina resolvían lo que ningún manual europeo había previsto: el sol, la humedad, el trópico.

La Casa del Cordón, de 1507, y la Catedral Primada son testigos de piedra de aquel primer ensayo de ciudad duradera, que no era solo arquitectura, era desde entonces, una forma de construir ciudad. Pero ningún plano contiene del todo la vida.

Tres capas urbanísticas

La ciudad ordenada y la ciudad espontánea llegaron juntas al mundo. (Foto/Pexels).

A pocos metros de la cuadrícula perfecta de Ovando empezó a crecer otra ciudad, la que nadie dibujó: Santa Bárbara, ligada al puerto y a los oficios del río, nacida sin regla ni compás casi al mismo tiempo que la villa amurallada.

La ciudad ordenada y la ciudad espontánea llegaron juntas al mundo, y esa convivencia, que a comienzos del siglo XVI pudo parecer un accidente, terminó siendo la marca de fábrica de Santo Domingo.

El urbanista Erwin Cott lo resume en tres capas que no se sustituyen sino que conviven: la ciudad fundacional de la cuadrícula colonial, la ciudad moderna del Malecón, Gazcue, Naco y Piantini, y la ciudad de las migraciones, la que trepó cañadas y márgenes de ríos en barrios como La Ciénaga y Los Guandules.

Frank Moya Pons lo cuenta como una capital que creció más rápido de lo que el Estado pudo planificar. El resultado es una ciudad que, vista desde el aire, parece una sola mancha, pero que desde la calle cambia de piel cada pocas cuadras: casas centenarias junto a viviendas hechas a mano, bloque a bloque; calles para caminar junto a calles donde el peatón es casi un intruso.

Y en medio de ese desorden fértil, la Ciudad Colonial se mantuvo durante siglos como una isla de equilibrio. No por casualidad, insistía Pérez Montás en que su valor nunca estuvo solo en la Catedral, el Alcázar o la Fortaleza Ozama tomados uno por uno, sino en la relación entre todos esos elementos con habitantes y visitantes, en la ciudad como organismo completo.

Ese equilibrio sobrevivió a terremotos, incendios, ocupaciones militares y al crecimiento desbocado que la fue rodeando.

En el siglo XXI algo desaparece

No se trata de negar la necesidad de intervenir un centro con más de quinientos años, sino de no olvidar cuál fue la verdadera lección de Santo Domingo. (Foto/Pexels).

El verdadero valor de la Ciudad Colonial nunca estuvo en sus monumentos, sino en que siguiera siendo, sencillamente, un barrio: con colmados, talleres, cafeterías, escuelas, gente que vive ahí y no solo turistas que la visitan.

Esa condición hoy se discute. ¿Cómo restaurar sin convertirla en decorado? ¿Cómo atraer visitantes sin expulsar a quienes todavía la habitan? Los comerciantes se quejan de obras de rehabilitación que se alargan más de lo prometido y les cierran el negocio.

Los vecinos y los especialistas se preguntan por qué calles que nunca se inundaban ahora sí lo hacen, y si el viejo sistema de drenaje, tan inteligente como el resto del trazado, se está perdiendo por el camino.

No se trata de negar la necesidad de intervenir un centro con más de quinientos años, sino de no olvidar cuál fue la verdadera lección de Santo Domingo: no construir edificios extraordinarios, sino construir una ciudad capaz de adaptarse y por eso la Ciudad Colonial sigue siendo la mejor llave para entender el resto de la capital.

Ahí están, todavía, el plano y el desorden, la planificación y lo espontáneo, el comercio y el patrimonio, las mismas tensiones, entre quien llega, quien invierte, quien trabaja y quien todavía llama «mi barrio» a ese puñado de calles de piedra, que, multiplicadas al tamaño de una metrópoli de millones de habitantes, siguen definiendo al Gran Santo Domingo.

La capital hace tiempo que no cabe dentro de sus murallas. Pero tampoco se entiende sin ellas.

Quizás el error sea pensar que la Ciudad Colonial es solo pasado. En realidad, ahí sigue ensayándose el futuro: cómo convivir con el río, cómo adaptarse al clima caribeño, cómo crecer sin perder el orden. Cinco siglos después, esas preguntas siguen abiertas, solo que ahora las responde una ciudad de millones de habitantes con tres personalidades distintas y complementarias, y no una villa de unos cientos de colonos.

Da igual, al final, si fue 1496 o 1497, Santo Domingo no cumple 530 años por haber conservado intactas sus piedras, sino que los cumple porque, entre huracanes, terremotos, migraciones y un crecimiento que desbordó sus murallas hace tiempo, sigue buscando ser una ciudad donde el patrimonio no sea un recuerdo, sino una forma de vivir el presente.

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Solangel Valdez
Solangel Valdez
Periodista, fotógrafa y relacionista. Aspirante a escritora, leedora, cocinadora y andariega.
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