Es un conjunto del siglo XVI construido en piedra y ladrillo, reconvertido en espacio y un jardín para buena conversación y café
SANTO DOMINGO.- Hay piedras que no guardan silencio y las de la Quinta Dominica, en la calle Padre Billini número 202 de la Ciudad Colonial de Santo Domingo, llevan más de cinco siglos hablando. Quien sepa escucharlas, encontrará en sus muros de mampostería coralina una historia que va desde los primeros gritos por los derechos humanos en América, hasta el murmullo de una conversación entre amigos bajo la sombra de un tamarindo.
Todo comenzó en 1510, cuando el rey Fernando el Católico autorizó la cesión de esos terrenos a la Orden de Predicadores. Desde ese mismo suelo, en 1511, Fray Antón de Montesinos lanzó al aire colonial una pregunta que retumbaría hasta la corte española: “¿Con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios?”
Pocas décadas después, en 1538, ese mismo conjunto vio nacer la Universidad Santo Tomás de Aquino, la primera del Nuevo Mundo, heredera directa del modelo de Salamanca y semilla de lo que hoy es la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).
La historia no eligió este lugar por azar, fue por vocación, una que sobrevivió a siglos de abandono, pues la ocupación haitiana cerró el convento en 1825 y la universidad había sido disuelta dos años antes. El tiempo hizo lo suyo con el lugar.
Cuando el empresario francés Renaud Anselin adquirió la propiedad en 1994, encontró una estructura severamente deteriorada y la convirtió en una apuesta patrimonial: restaurar sin borrar, intervenir sin traicionar, respetando los ladrillos coloniales, los patios interiores, los arcos sobrios propios de la arquitectura conventual dominica e integrando jardines, árboles centenarios y vegetación tropical que abrazan pasado.
“Siempre ese entorno ha sido dirigido a la enseñanza y a la formación”, diría Anselin en la apertura del espacio cultural, resumiendo en una frase lo que los siglos ya habían demostrado.
Hoy, la Quinta Dominica funciona como centro cultural: exposiciones, conferencias, talleres, paseos históricos y una programación que busca, bajo la dirección de Margarita González Auffant, llevar cultura y educación a públicos de todas las edades.
González Auffant, maestra de Bellas Artes y figura de la gestión cultural dominicana, llega al cargo con la convicción clara de que el arte es motor de la creatividad, y Quinta Dominica debe ser un faro donde cada generación descubra el valor de la identidad dominicana, esa que fusiona raíces taínas, españolas, africanas, chinas y árabes en una cultura viva y en constante ebullición.
Pero la Quinta es también un lugar para conversar en su jardín, bajo la generosa sombra de mangos y tamarindos, donde el tiempo adopta otro ritmo.
Una taza de café es una invitación al diálogo que este espacio ha cultivado desde que era aula de teología y filosofía. Los muros que escucharon los primeros debates universitarios de América ahora escuchan negocios, confesiones, proyectos y risas. La vocación es la misma: reunir, convocar, pensar.
En un país donde la historia a menudo se enseña como algo remoto y ajeno, la Quinta Dominica la devuelve a todos los sentidos. Aquí el pasado no está en una vitrina; está en el suelo que pisas, en el arco que enmarca una foto, en el jardín que te recibe.
Y si la historia de América comenzó a cambiar desde estas piedras, no es mala idea volver a ellas cada vez que haga falta recordar quiénes somos y hacia dónde vamos. Tomando un café, claro.
Contenido publicado originalmente en la edición #15 de El Inmobiliario impreso.
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