InicioAndamio Cultural“¡Ponle un puntico a esa vaina!”

“¡Ponle un puntico a esa vaina!”

Y la última tarde de julio de 2026 se puso el punto final a la edición impresa del vespertino El Nacional, que durante 60 años defendió la democracia y fue “La voz de todos”

SANTO DOMINGO. – Primero desapareció el pregón, ahogado hace añales en el bullicio de esta ciudad cada vez más feroz. El viernes 31 de julio, en el taller de impresión de El Nacional, una rotativa se detuvo por última vez para una edición que llevaba sesenta años saliendo cada tarde.

No hubo un incendio ni una orden de censura ni una huelga infinita ni una deuda impagable que lo explicara. El periódico simplemente dejó de imprimirse porque el papel ya no cumple la función para la que fue inventado.

Sigue existiendo, en formato de bites, actualizado en tiempo real, con la misma cabecera, pero algo terminó ese día, probablemente para siempre, y vale preguntarse qué era exactamente.

El libro, dice el periodista Julio Martínez Pozo, quien firmó columnas y redactó reportajes en El Nacional durante años, se ha conservado imbatible en su condición de impreso para la inmensa mayoría del público lector. Los periódicos, en cambio, asegura, «se han quedado sin fuelle frente a unas tecnologías de la información que hoy presumen de instantaneidad, y el modelo de negocio que los sostenía se volvió cuesta arriba: muchos han optado por esfumarse de la vida impresa para sumergirse en el ecosistema digital, como acaba de ocurrir con El Nacional».

Un acercamiento a su historia

Un vespertino en 1966 no era una opción, era la única actualización del día que existía entre la edición matutina, los breves avances de la radio y el noticiero de la noche. Llenaba ese vacío con la última hora de lo que había pasado en el país.

Hoy ese vacío lo llena cualquier cronología en X o cualquier cadena de WhatsApp en minutos, no en horas, y la urgencia que justificaba el formato, ser la voz que contaba lo que pasaba mientras pasaba, la cumple ahora cualquier cuenta con un celular, no un aparato editorial completo con redacción, talleres, rotativa y una cadena de distribución que empezaba al mediodía.

El Nacional no murió de censura ni de ruina: murió porque ya esa actualización, que era peligrosamente necesaria, dejó de existir.

1965-1966: el año bisagra

El Nacional no nace de un plan de negocio sino de los escombros de la revista ¡Ahora!, fundada por el periodista y abogado Rafael Molina Morillo, que fue dinamitada la noche del 5 de octubre de 1965 cuando bombas de autores nunca identificados destruyeron redacción, talleres y administración, en plena Guerra de Abril, con la intervención militar estadounidense en marcha y el país bajo el gobierno de facto de la «Reconstrucción Nacional».

Meses antes, durante la llamada Operación Limpieza, un batallón del Ejército adscrito al Centro de Enseñanza de las Fuerzas Armadas, bajo el mando del general Elías Wessin y Wessin, había entrado a las instalaciones de la revista y matado a dos de sus empleados, Juan Papito Arias Taveras y Diógenes Ortiz Cassó, amigos personales de Molina Morillo, a quienes rara vez se les nombra junto a los periodistas asesinados de esa generación, aunque pagaron el mismo precio.

De esas cenizas, como un Fénix, nació El Nacional el 11 de septiembre de 1966, poco más de dos meses después de que Joaquín Balaguer llegara al poder e inaugurara los doce años de represión, exilios y asesinatos políticos que marcarían esos tres períodos de gobierno.

El vespertino nace, en sentido estricto, para narrar los horrores de esa era mientras ocurrían, porque la velocidad entonces era la manera de competir contra el silencio impuesto.

Cinco directores, un mismo país cambiando de piel

Rafael Molina Morillo dirigió el diario que fundó en el tramo 1974-1979, después de que la dirección inicial estuviera a cargo de Freddy Gatón Arce (1966-1974).

Molina era, según quienes lo trataron y publican algunas crónicas, un hombre caballeroso y de sonrisa fácil que no le temía a nada, excepto, según cuentan sus colegas, a las cucarachas. Escribió sus memorias en 2013 pero se negó a llamarlas así: le pareció una palabra demasiado grande para él, y las tituló «Mis recuerdos imborrables». Nunca se retiró del oficio.

Gatón Arce, a quien sus propios compañeros llamaban con cariño «el doctor Gatón» aunque su doctorado fuera en leyes que nunca ejerció, era ante todo poeta, de los fundadores de La Poesía Sorprendida, y llevó esa sensibilidad a la sala de redacción.

El editorial que escribió en 1972 por la muerte de Sagrario Díaz Santiago, estudiante de la UASD herida de bala por tropas policiales que invadieron el campus, se recuerda todavía como una de las piezas de opinión más importantes del periodismo dominicano de esos años: los doce años balagueristas en su forma más cruda, narrados por un poeta convertido en cronista de la violencia de Estado.

En 1979, a un año de la llegada al poder del PRD y la apertura democrática, asume Mario Álvarez Dugan, «Cuchito», cronista deportivo que dirigió el diario hasta 1988. Bajo su gestión, ya en democracia, el periódico migró de un periodismo de resistencia a uno de fiscalización del poder civil.

Nueve años después dejaría El Nacional para dirigir Hoy, fundado por Pepín Corripio tras adquirir el propio vespertino, y durante dos décadas escribió su columna, «Coctelera», que lo haría más recordado ahí que en el diario donde promovió el periodismo de investigación y defendió las libertades públicas.

Radhamés Gómez Pepín dirigió el diario desde el 9 de septiembre de 1988 hasta su muerte el 26 de octubre de 2015, casi tres décadas que atraviesan el regreso de Balaguer al poder, el ascenso del PLD y la crisis bancaria de 2003.

Fue, según escribió José Rafael Sosa en Acento, el alma y el motor del periódico durante esa etapa, pero la memoria más fiel de Gómez Pepín no está en ningún obituario, sino en lo que quienes lo vieron de cerca todavía recuerdan: andaba siempre en sandalias, hablaba con un verbo florido y cargado de palabrotas, tenía una mirada acuciosa y penetrante, y era, a la vez, de los más admirados, íntegro y rosca izquierda.

Trabajar con él, recuerda la periodista Dania Goris, fue una experiencia desafiante. «Su estela de buen periodista impulsaba a todos a sacar lo mejor de sí mismos, a buscar la excelencia; con él siempre había un motivo para llevar la mejor información a los lectores». Fue un privilegio, dice, aprender de sus destrezas y seguir sus huellas en el periodismo dominicano.

Imagen recreada por Medios Digitales.

Rafael Núñez lo recuerda desde otro ángulo, con una imagen que no necesita adorno: de Gómez Pepín aprendió a actuar como un pitbull, que cuando muerde un tema no lo suelta jamás. “Cuando salía de su despacho a señalar un error, lo hacía con la sabiduría de un veterano, y con un tono tan poco pedagógico que solo dejaba un camino posible: aprender”.

Recuerda que Radhamés llegaba de madrugada, caminaba media hora en el parqueo antes de subir a su oficina, leía todos los periódicos del día y a las siete de la mañana ya tenía a sus editores reunidos trazando la estrategia y hubo momentos en que salía él mismo a la calle con un fotógrafo, sobre todo a las ruedas de prensa en el Palacio de la Policía en tiempos de Balaguer.

Y estaba el ritual del cierre: cuando llegaban las diez de la mañana, en tiempos de máquina de escribir, era capaz de arrancarle la hoja de las manos a un periodista y gritarle que le pusiera punto final a lo que fuera que estuviera escribiendo: «¡Ya! teimina, ponle un punto a esa vaina» y se iba hacia composición mientras leía el papel. Un personaje, en el sentido más literal, que nunca abandonó su acento cibaeño ni soltó la i.

Desde 2016 dirige Bolívar Díaz Gómez, quien había entrado al diario en 1968, apenas dos años después de su fundación, como corresponsal en Santiago. Poco después fue trasladado a la redacción central en la capital, para trabajar en la revista Ahora, la misma publicación de cuyas cenizas había nacido El Nacional.


Se mantuvo en la casa cuarenta y siete años, veintisiete de ellos como subdirector, hasta que el 2 de febrero de 2016 el Grupo de Comunicaciones Corripio lo designó director, en sustitución de Radhamés Gómez Pepín, fallecido meses antes; el cargo había quedado vacante tres meses, como homenaje póstumo a su antecesor.


A Bolívar le tocó, medio siglo después de haber entrado por la puerta de Ahora!, firmar la última edición impresa de este gigante del diarismo nacional.

La redacción como organismo vivo

Justo Maracallo, hoy estratega de comunicación, pasó allí veinticinco años como fotoreportero que resume en una sola idea: la denuncia social. Fue, dice, el trabajo que más lo llenó de satisfacciones en toda su vida profesional.

Rafael Núñez comparte esa misma nostalgia, aunque la cuenta con más detalle. «Es una gran pena dar cuenta del cierre definitivo de un medio de comunicación, porque son puertas de trabajo que se cierran para los periodistas, sobre todo si se trata de un diario que jugó un papel estelar en la defensa de la libertad de prensa y de las libertades públicas».

La redacción de El Nacional fue en su época, recuerda, una agradable coincidencia de veteranos con periodistas todavía no tan duchos, y fue una redacción única porque entre anécdotas se hacía uno de los periódicos líderes del país: destacaban periodistas como Joaquín Suero, Leonel Concha, Junio Lora, Félix Méndez, Félix Gómez, Domingo del Pilar, Jesús Galán, Alberto Caminero, Manuel Torres, Luis Pérez Casanova, Bolívar Díaz Gómez, Cristian Jiménez, Geomar García, Bonaparte Gautreaux Piñeyro, Leo Reyes, Víctor Grimaldi, Miguel Hernández, Juan T.H., José Francisco Arias, Rafael Ovalle, Jorge Jiménez, entre otros.

Una redacción muy masculina, aunque hay que citar a mujeres como Sara Pérez, Dania Goris, Pilar Moreno, Marileysi Hernández, Cándida Ortega, Matilde Howley, Miguelina Terrero, Zonia Tejada, Renania Renia, Matty Vásquez, Bienvenida Vásquez, Susana Guzmán, entre otras.

Si el contenido era excepcional, también fueron pintorescas las escenas alrededor y Rafael Núñez cita: se vendían pastelitos, un usurero entraba a la redacción a prestar dinero a rédito y cuando llegaba el día de cobro encontraba la redacción vacía; se vendían cartones de huevos, se hacían serruchos para bajar a la fritura, tenían su propio limpiabotas (Mon), que hacía su trabajo en los escritorios, pero siempre tuvieron, recuerda Núñez, la virtud de sacar un buen periódico.

Era un espacio tan acogedor que en las afueras del edificio se apostó por mucho tiempo Joseph Rosario, un ciudadano holandés que perdió su nacionalidad en un incidente nunca aclarado y perdió hasta el juicio. De tan presente se volvió parte del paisaje y resultó primo de todos, siendo querido por todos y mantenido por todos, aunque él nunca pedía. Sólo saludaba educadito y vociferaba “Ladrón” con el nombre de cualquiera de los políticos de turno.

Una tarde de 1975

Una niña de diez años, quien esto escribe, bajaba cada tarde a comprar El Nacional por cinco centavos. Una tarde de primavera, su alma inocente lloró en una esquina por un periodista asesinado en una calle universitaria. Era Orlando Martínez, y eso marcó su devoción por el periodismo.

Era el 17 de marzo de 1975. El país seguía bajo el régimen de Balaguer, el mismo que tres de los directores de este diario describirían después con la misma palabra: represión. Esa tarde, la niña que compraba el periódico no sabía todavía que la noticia y el oficio que la contaba podían costar una vida. Lloró en una esquina y decidió, sin saberlo del todo, qué iba a ser de grande.

El final invertido

El Nacional muere en 2026, en democracia, con la libertad de prensa formalmente garantizada. No lo mata la represión que lo vio nacer entre bombas y desaparecidos: lo mata la irrelevancia de su propio formato, la misma inmediatez que antes solo un vespertino podía ofrecer y que ahora ofrece cualquiera con una cuenta y un celular.

Es una muerte al revés de como empezó: nació porque el país necesitaba desesperadamente que alguien contara lo que pasaba mientras pasaba. Muere porque ya no hace falta que sea un periódico quien lo haga.

Apagar la rotativa del vespertino, dice Justo Maracallo, es una gran estocada al periodismo responsable y a los periodistas. Aun así, entiende que los tiempos han cambiado, que la digitalidad avanza a una velocidad que sorprende y que, a su paso, va sepultando formas de ejercer los oficios, ya sustituidas por la era digital. Su confianza está puesta en que la edición digital de El Nacional conserve los valores de ética, compromiso y responsabilidad sobre los que se erigió y se sostuvo el diario a través de los años.

Julio Martínez Pozo lo dice de otra manera, más cercana al duelo. Si debe transmitir lo que siente una persona que guarda en las memorias de su vida profesional referencias imborrables de los años que hizo parte de ese medio, como columnista, editorialista y reportajista, la sensación es la que se experimenta con una gran pérdida.

Su exhortación, para que el periodismo escrito no muera, que es espiritualmente la sustancia de este oficio, es que conserve actualidad sin pretenderse en competencia con la inmediatez, sino, sobre todo, con la certeza de los datos y la profundidad en sus enfoques.

Sé el primero en enterarte de las noticias más exclusivas

spot_img
Solangel Valdez
Solangel Valdez
Periodista, fotógrafa y relacionista. Aspirante a escritora, leedora, cocinadora y andariega.
Artículos Relacionados
Publicidad Banner Coral Golf Resort SIMA 2025
Publicidad spot_img
Publicidadspot_img