Cuando Román Ramos Uría bajó del barco en 1959, con apenas diecisiete años y un contrato de trabajo bajo el brazo, cargaba una maleta de cartón y poco más, según recoge la cronología oficial publicada por Grupo Ramos
SANTO DOMINGO. – Venía de Pola de Allande, un municipio pequeño de Asturias, segundo de seis hermanos criados por Jesús Ramos Zardaín y Rogelia Uría en la España de la posguerra, aquella que la crisis dejó vaciada de oportunidades y llena de maletas rumbo a América.
No podía saberlo entonces, pero esa maleta de cartón terminaría convertida, seis décadas después, en el símbolo fundacional de una de las historias empresariales más contadas de la República Dominicana.
Su fallecimiento, el pasado 5 de agosto, a los 84 años, cerró un ciclo que empezó, como tantas historias de inmigrantes españoles en Santo Domingo, con trabajo humilde y paciencia. Y como un símbolo del emprendimiento que se labra a puro trabajo, disciplina, perseverancia, enfoque y propósitos claros.
Primero fueron tareas operativas de inventario y distribución en M. González y Compañía. Después, el 15 de abril de 1963, un empleo en Almacenes La Sirena con un salario de 150 pesos mensuales, el más alto que llegaría a devengar como asalariado, pues jamás volvería a serlo, destaca la crónica de la propia empresa en el recuento de su historia.
Ese detalle, casi anecdótico, contiene ya el giro que vendría: Ramos no estaba ni destinado ni dispuesto a cobrar sueldos, sino a crearlos.
Dos años más tarde, en diciembre de 1965, con el país todavía convulsionado por la Guerra de Abril, el joven emprendedor tomó una decisión que la familia recordaría siempre como la más arriesgada de su vida: compró La Sirena, un local de apenas 300 metros cuadrados en la avenida Mella, con menos de diez empleados.
La inversión fue de 50,000 pesos: la mitad la puso un socio, la otra mitad se la prestó su suegro. Ese mismo año también se casó, de modo que noviembre y diciembre lo encontraron atado, casi a la vez, a dos proyectos de vida que terminarían siendo uno solo.
La Sirena era entonces un negocio de telas como tantos otros regentados por comerciantes españoles en la Calle del Conde. Ramos decidió que ese no era su camino y cambió el rubro de telas a jabón y champú, según contó él mismo a los periodistas José Monegro, Ányelo Mercedes y Miguel Febles en una entrevista.
Para tomar la decisión calculó que con lo que costaba un rollo de tela se llenaba un estante entero de productos de consumo diario y fue este ejercicio comercial sencillo, casi doméstico, el que sembró lo que después se conocería como la revolución del autoservicio dominicano y además, acabó con la costumbre del regateo, que luego afinó con ajustes por compras a partir de media docena de artículos.

La maleta de cartón del entonces joven Román Ramos Uría terminaría convertida, seis décadas después, en el símbolo fundacional de una de las historias empresariales más contadas de la República Dominicana. (Foto/Grupo Ramos).
Porque eso fue, en esencia, lo que La Sirena vendió durante décadas, además de mercancía, la promesa del horario corrido, el autoservicio y los precios bajos y fijos, prácticas operativas novedosas para el comercio nacional de los años sesenta y setenta, que eran también el argumento publicitario que la tienda repitió en radio y televisión hasta convertirlo en una certeza compartida por generaciones de dominicanos.
Muchos de esos anuncios viven hoy solo en la memoria fragmentada de quienes los escucharon en jingles de la radio cuya letra exacta se ha diluido con los años, pero cuya melodía de fondo, la de una tienda que prometía que ahí estaba todo y a buen precio, sigue asociada al nombre Sirena con la fuerza que pocas marcas logran en este país.
En la memoria colectiva de la avenida Mella circula todavía otra anécdota, de esas que se cuentan de generación en generación entre quienes trabajaron o compraron ahí.
Se recuerda que, en los años 80, en una de las tantas ampliaciones del local, la producción mandó a buscar una grúa para conseguir una toma panorámica completa del edificio desde arriba, y que ni así el objetivo logró capturarlo entero.
Fue entonces cuando el comunicador Freddy Beras Goico, talento de la escena, habría soltado la frase que resumía mejor que cualquier cifra el tamaño que había alcanzado el negocio: «¡Y ni así se ve entera!».
Aquellos años de crecimiento tuvieron, de hecho, su propio eslogan de calle, repetido casi como una broma cariñosa entre los clientes: «La tienda siempre llena».
Esas mismas obras de ampliación dejaron, además, un hallazgo que pocos clientes de hoy conocen. Durante los trabajos de construcción se toparon con restos de la antigua muralla colonial de la ciudad, vestigios que, según se recuerda en la zona, permanecen conservados dentro de la propia edificación, como una capa más de historia sepultada bajo los pasillos de una tienda que nunca ha dejado de crecer.
Ese instinto de acercarse al bolsillo del cliente no se apagó con los años, se hizo más explícito. Cuando en 2012 la empresa lanzó Aprezio, su formato de descuento, lo hizo bajo un eslogan que resumía sesenta años de filosofía comercial en una sola frase: “Cerca de ti con los precios más bajos”, según consta en la historia oficial de Grupo Ramos.
No hacía falta decir más. Era, en el fondo, la misma idea que Ramos había defendido desde que tuvo la visión de cambiar tejidos por champú en el local de la avenida Mella.
La biografía de Ramos está, además, tejida de gestos que devuelven la historia empresarial a su origen familiar.
En 1979, cuando la familia incursionó en el negocio de alimentos con la compra del Supermercado García, el nuevo establecimiento no se llamó de cualquier manera. Se llamó Súper Pola, en homenaje a Pola de Allende, el pueblo asturiano que había dejado atrás con su maleta de cartón.
Fue una forma de llevar su pasado a cuestas en cada fachada nueva, de no dejar del todo la tierra que lo vio nacer, aunque hubiera construido su vida entera en el Caribe, al otro lado del mundo.
La expansión no se detuvo
En 1985 La Sirena llegó a Santiago de los Caballeros. En 1999 siguió, con la fusión de las empresas familiares bajo el nombre de Grupo Ramos y la inauguración del Multicentro Churchill, el pequeño negocio de 1965 se había convertido ya en una estructura corporativa de escala nacional, marcando un hito en el modelo del comercio en el polígono central del Distrito Nacional y referente de la geografía capitaleña.
En 2005, Ramos cedió la presidencia ejecutiva a su hija Mercedes Ramos y se mantuvo como presidente del Consejo de Directores, empeñado en la profesionalización de la empresa familiar. Aun así, quienes trabajaron con él coinciden en describirlo como un empresario de tienda, no de oficina: visitaba con frecuencia los establecimientos, supervisaba personalmente las operaciones y mantenía trato directo con empleados y clientes, según revela la hemeroteca.
En 2025 recibió la nacionalidad dominicana por naturalización privilegiada, un reconocimiento tardío pero simbólico para un hombre que llevaba más de seis décadas construyendo un país sin haber nacido en él.
Su velatorio, realizado en la Funeraria Blandino, reunió a figuras empresariales y políticas que coincidieron en el vacío que deja su partida. “Yo creo que la muerte de Román Ramos deja un gran vacío en República Dominicana, porque es un hombre que se superó”, dijo Julio Brache, presidente de la Asociación de Industrias de la República Dominicana, en declaraciones recogidas por la prensa.
Hoy Grupo Ramos emplea a más de 8,400 personas de forma directa y genera alrededor de 15,000 empleos indirectos, según cifras difundidas por la propia empresa, en más de 90 locales. Y todo eso nació de una tienda de tejidos que un joven asturiano de diecisiete años, con su maleta de cartón, apenas se atrevía a soñar.
Se fue el fundador, pero la promesa de precios bajos y puertas abiertas todo el día, esa que tantos dominicanos tararean sin poder ya recordar de qué comercial la aprendieron, sigue sonando en algún rincón de la memoria colectiva del país, con suficientes raíces que aseguran que su legado tocará a múltiples generaciones futuras.
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