InicioAndamio CulturalEl mar se inventó una playa en Sosúa… y se llama Alicia

El mar se inventó una playa en Sosúa… y se llama Alicia

Cambió el mapa de El Batey en menos de una década. Donde antes había roca hoy hay arena, y con ella, una nueva forma de mirar y valorar ese rincón de la costa norte.

SANTO DOMINGO. – En una conversación relajada, se dice que en este país muchas cosas surgen de la nada, como por generación espontánea: un colmado en una esquina, una banca en un solar, un motorista en vía contraria o una playa donde antes había un acantilado.


Y aunque el proceso no fue realmente repentino, entre 2003 y 2010 el caprichoso océano Atlántico y la geología se confabularon para reconfigurar una cala agreste, de piedra y fondo hondo, en una coqueta y hermosa ensenada en El Batey, Sosúa.


Allí sólo había el escarpado y respetable acantilado, y un mar bravo y profundo que algunos, con poco sentido común y mucho valor, desafiaban al saltar desde lo alto como si fuera un trampolín. Las leyendas dicen que hasta allí llegaban tiburones. Era un lugar para ir por adrenalina o por la paz que ofrecía la vista al atardecer.


Pero, alrededor del 2003, el Atlántico tuvo una idea. Fue como si dijera: “espérate, déjame inventarme algo aquí, que esto está muy bonito y de paso le ahorro algún susto a alguien”.


Parece haber hablado con la geología y empezó, calladito, a traer arena y depositarla de a poquito. No fue de golpe. No fue un decreto y tampoco fue una obra inaugurada con corte de cinta y funcionarios sudando en chacabana blanca.



Sin planos pero con estrategia



Primero fueron parchecitos de nada y luego una franja tímida. Cuando los visitantes del farallón y la comunidad se dieron cuenta, allí había una playa en toda regla. (Foto/MITUR).

El mar, a su propio ritmo, fue depositando granito y granito, empujando sedimentos desde corrientes lejanas, quizás con ayuda del río Yásica. Algunos piensan que la meteorología se entusiasmó e hizo sus aportes, pues algunas tormentas se pusieron creativas y también trajeron arena.


Primero fueron parchecitos de nada y luego una franja tímida. Cuando los visitantes del farallón y la comunidad se dieron cuenta, allí había una playa en toda regla.


Nuevecita, recién labrada por el océano. No se podría decir que cayó del cielo, aunque muchos miraron hacia arriba para entender lo que había ocurrido allí, ante sus propios ojos.


El geólogo Osiris de León diría que fue tectónica en acción: la placa de Norteamérica empujando por debajo, el fondo marino ajustándose y las corrientes haciendo su diligencia como obreros invisibles, trabajando horas extra, levantando terreno y moviendo arena con paciencia.
Lo cierto es que esa playa llegó sin historia… y por eso mismo se volvió historia. Gabriel García Márquez dijo sobre Macondo que “era tan reciente que las cosas carecían de nombre”, y eso mismo le pasaba a esa playita.


Al principio nadie sabía ni cómo llamarla y se barajaron opciones: que si “Waterfront Beach”, que si “la playita nueva”, hasta que apareció un nombre con más personalidad: Playa Alicia, en honor, dicen, a Alicia Gutiérrez, una de esas figuras del pueblo que se vuelven personaje sin darse cuenta.


Así, sin mucho ruido, el mar abrió su propio proyecto turístico, con mucho carácter y de personalidad a veces veleidosa. Hay días en que amanece amplia, generosa, fotogénica, lista para Instagram o Pinterest, y otros se estrecha como una media luna.


Pero hay jornadas en las que el Atlántico recoge lo suyo, como diciendo: “yo se las presté, no se emocionen tanto”, y Alicia desaparece.
Un ejemplo dramático ocurrió tras el paso del huracán María, en 2017. La marejada se llevó una buena parte de la arena, como un recordatorio de que esa playa no está fija en escritura pública, sino en negociación constante con el mar y nada en ella está completamente asegurado.


Y probablemente esa dualidad es parte de su encanto. Alicia no es una playa establecida: es apenas una conversación, un acuerdo frágil entre la tierra y el agua, un recordatorio de que, en este país, hasta la geografía improvisa.



La novia en fuga



El Atlántico ha hecho otros ensayos con esa jugada. No muy lejos de ahí, en esa misma costa de Sosúa, el mar intentó repetir la hazaña en 2017 cuando, después de la temporada ciclónica, armó otra playita, coqueta y breve. Llegó, se acomodó y, cuando empezaron a cogerle cariño, desapareció sin despedirse, como una novia en fuga.


Pero esta vez el mar no insistió: la dejó ir como quien prueba algo y decide que no es lo que quiere.


En otras partes del país, como en Playa Grande de Río San Juan o en Playa Rincón, en Samaná, el mar también se mueve, transforma, borra y crea de manera estacional. Pero casi nunca se ve con este nivel de permanencia. En otros, los cambios son lentos, dispersos y menos evidentes.


Y si se amplía la mirada, hay más de estos experimentos del mar. Ahí está Cayo Arena, frente a Punta Rucia, en Puerto Plata, un banco de arena que cambia de tamaño como si respirara.

Más lejos, en las Exuma Cays, en Bahamas, el agua se retira y deja caminos de arena que aparecen y desaparecen como trucos de magia y en el archipiélago de Los Roques, al norte de Venezuela, hay cayos completos que no son más que acumulaciones recientes de arena coralina, formándose, transformándose y, a veces, reescribiéndose.


Pero en Sosúa el tiempo geológico se volvió visible: se puede señalar un antes sin playa y un después con ella. El paisaje tiene memoria reciente y por eso Alicia desconcierta, te obliga a mirar de otra forma, a entender que la costa no es una línea fija, sino un borde inestable. Que lo que hoy parece definitivo, mañana puede no serlo y que el mapa puede cambiar.



¿Hasta cuándo estará?



Al mediodía, la playa es un lugar vivido: mucha gente, paraguas, risas, movimiento, conversaciones cruzadas, pasos que van y vienen, cuerpos que se entregan al agua sin preguntarse demasiado de dónde salió todo esto. La cotidianidad borra el asombro.


Pero basta quedarse un poco más, esperar a que el sol empiece a caer, para que la sensación regrese. Cuando la luz baja y las sombras vuelven a alargar el perfil del farallón, Playa Alicia recupera algo de su misterio.


Vuelve a sentirse reciente, como si todavía estuviera ocurriendo, como si el mar, en cualquier momento, pudiera cambiar de idea y llevarse consigo, con la misma paciencia con la que construyó esta playa improbable. Este lugar donde, por una vez, el mar decidió quedarse.


Y quien cree que lo ha visto todo termina parado ahí, con los pies en una arena que hace veinte años no estaba, mirando al mismo océano que la creó, preguntándose si podría hacer otra.


Y no sería lo más raro que suceda.

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Solangel Valdez
Solangel Valdez
Periodista, fotógrafa y relacionista. Aspirante a escritora, leedora, cocinadora y andariega.
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