Crónica de un siglo de vida en el corazón de Villa Francisca, donde antes del ruido y del comercio desbordado hubo una glorieta, retretas dominicales y un barrio que aprendía a encontrarse.
SANTO DOMINGO. – Muchos años antes de que la avenida Duarte se convirtiera en el río de guaguas, vendedores y pasajeros que hoy atraviesa el centro de Santo Domingo, había un lugar donde el barrio hacía una pausa.
Allí, entre la avenida Duarte y las calles Caracas, José Martí y Ravelo, comenzó a crecer hace más de un siglo el Parque Enriquillo, corazón público de Villa Francisca y uno de los escenarios más persistentes de la vida cotidiana de la ciudad. Era una plaza con árboles jóvenes, palmeras reales y una glorieta octogonal de arcadas abiertas y cúpula ligera: un quiosco musical de inspiración neoclásica y victoriana.
Más de un siglo después de su primera piedra, el parque sigue allí, rodeado por el ruido de guaguas, vendedores y pasajeros que lo atraviesan todos los días. La glorieta ya no es la misma de madera que conocieron los primeros vecinos, los cines desaparecieron, muchas tiendas cambiaron de nombre.
Pero el lugar conserva algo que ninguna remodelación puede borrar: la memoria de quienes pasaron largas horas leyendo periódicos en sus bancos, esperaron a alguien que no llegó bajo sus árboles o tuvieron su primera cita “en el banco del parque”.
Aquí muchos y muchas recibieron su primer beso o estrenaron sus primeros zapatos de tacón
En una ciudad que crece y se transforma sin descanso, el Parque Enriquillo vive una nueva remodelación, auspiciada por el Ayuntamiento del Distrito Nacional, pero en el fondo, su rebelde memoria sabe que seguirá siendo lo que siempre fue: un punto donde las historias del barrio, del comercio y de la vida cotidiana de Santo Domingo se cruzan, se mezclan y, por un momento, parecen quedarse.
El lugar donde la ciudad hacía una pausa
Hay espacios públicos que terminan siendo una especie de memoria pública y el Parque Enriquillo es ese lugar donde, durante más de once décadas, la ciudad de Santo Domingo ha ido dejando capas de vida, ruido y recuerdos.
La primera piedra se colocó el 16 de agosto de 1911, cuando Villa Francisca era un barrio nuevo que empezaba a poblarse más allá del límite de la muralla de la antigua ciudad colonial.
Había casas de madera con galerías abiertas, y una población de artesanos, comerciantes y empleados que sin saberlo levantaban una comunidad que marcaría el crecimiento de la capital hacia el norte.
Se construyó entre lo que hoy son las calles Caracas, José Martí y Juan Nepomuceno Ravelo, frente al eje comercial que con los años sería la avenida Duarte y allí se levantó también una glorieta de madera, ligera y elegante, de diseño ecléctico con influencias neoclásicas y victorianas, como las que existían en la región a comienzos del siglo XX.
Los domingos, desde esa estructura se escuchaban retretas y los vecinos ocupaban los bancos para conversar mientras los muchachos corrían por los senderos.
En 1913, fotografías de la época muestran incluso partidos deportivos organizados por el Club Liceo en el espacio que rodeaba el parque.
Aunque el parque existía desde 1911, su inauguración formal ocurrió en 1930, bautizado con el nombre de Julia Molina, en honor a la madre del dictador que gobernaba entonces. Santo Domingo todavía tenía dimensiones manejables, pero el ciclón San Zenón devastó gran parte de la ciudad y dejó su huella de destrucción también en el barrio, al arrasar muchas estructuras de madera, incluida la glorieta del parque.
Pero la plaza se recompuso y en los años siguientes, se volvió a llenar de gente que ya tenía ese lugar como suyo, el sitio donde la comunidad era feliz.
Décadas de resplandor

Aunque el parque existía desde 1911, su inauguración formal ocurrió en 1930.
En los años cincuenta el sector ya tenía un ritmo urbano propio. En la calle Ravelo, por ejemplo, el Teatro Atenas, con sus bancos de hierro y su sala al aire libre, fue inaugurado en 1953 y llegó a tener capacidad para dos mil espectadores. En la calle José Martí funcionó también el Teatro Héctor, otra sala del circuito cinematográfico de la época.
Las tandas nocturnas llenaban las calles de parejas jóvenes que caminaban hacia los cines. Antes de llegar, la parada obligatoria era el parque y la glorieta, iluminada por faroles, era el punto de encuentro.
Un cambio urbano
La ciudad cambió radicalmente entre los años setenta y noventa. La avenida Duarte se convirtió en el primer centro comercial y uno de los más intensos de Santo Domingo, y el Parque Enriquillo quedó justo en el corazón de ese movimiento, y las calles alrededor comenzaron a llenarse de rutas de transporte, urbano e interurbano.
El parque se convirtió así en una especie de terminal improvisada y punto de referencia para los viajantes que llegaban desde temprano con sus bultos y maletas a esperar que alguien les recogiera. Los vendedores ambulantes aparecieron con paleteras, también los niños vendedores de maní tostado y, como no, los limpiabotas. Porque en esa época calzado reluciente era sinónimo de elegancia.
Durante décadas trabajaban bajo la sombra de los árboles, con sus cajones de madera se alineaban cerca de la glorieta o en las aceras que miraban hacia la avenida. Allí atendían a comerciantes, choferes, policías y clientes ocasionales.
René Villanueva, periodista y abogado nativo de Villa Francisca, recuerda a algunos de sus personajes famosos. “Concéntrese profesor… ¿de qué color es la camisa del caballero?” decía el Profesor Magandi al Telépata, ataviado con llamativo traje circense.
Hacían espectáculos de adivinación y magia callejera a cambio de unas monedas en su sombrero de bombín. Y mientras todos se embelesaban con los trucos, la serpiente en su cuello y la iguana “Rosario” que le ayudaba a “adivinar”, los carteristas y descuidistas se hacían con cadenas y monederos.
El Profesor Magandi, El Niño Prodigio y el Profesor Galvez leían el destino en la palma de la mano, mientras el Profesor Suárez hacía magia con manchas de yodo en un pañuelo, para vender jabones. En estos días predica el evangelio.
Y estaba el más listo de todos, pero Villanueva no recuerda su nombre: probaba prendas de oro con azogue (cambian a color plata) y le decía a la gente que no servían para pagarlas baratas. Luego las limpiaba y vendía a precio real.
Ese tipo de personajes, magos, predicadores, prestidigitadores, adivinos, limpiabotas y vendedores, conviertieron al parque en lo que los urbanistas llaman “escenario social espontáneo”, un lugar donde la ciudad no solo transita, sino que se representa a sí misma.
La evolución
Frente al parque, en la calle José Martí, funcionaban instituciones que también formaban parte del paisaje cotidiano: el destacamento policial de Villa Francisca y, a pocos metros, la Logia Cuna de América No. 2, uno de esos edificios discretos que parecen observar la vida del barrio desde la distancia.
En los años ochenta y noventa el entorno tenía otro ritmo, y la noche adquirió su propia identidad. Desde finales de los 70 se habían instalado tarantines alrededor, sobre todo en la Duarte, para la venta de ropa, juguetes y frutas. La zona comercial empezó a abrir hasta más tarde y cuando cerraba el expendio de abarrotes, abría el mercado de los intercambios entre clientes de paso y trabajadoras sexuales, que descansaban en el parque entre un servicio y otro.
En los 90, en la calle Caracas y frente al parque, se hizo muy popular la discoteca Areíto, frecuentada por periodistas, artistas e intelectuales.
Poco a poco en la plaza empezaron a pernoctar los sin techo, los que se perdieron al llegar desde el campo a la ciudad y no encontraron quien les recibiera, los enajenados mentales, los carteristas, los borrachitos de la vida y la arrabalización conquistó el lugar.
Aún así, el parque continuaba cumpliendo la función más antigua: ser el lugar donde la gente se encontraba, haciendo de la vista gorda.
Durante generaciones, para capitaleños y no capitaleños la frase era sencilla y suficiente: “Nos vemos en el Enriquillo”. Y allí se veían.
El parque que intenta reinventarse
A finales del siglo XX el Parque Enriquillo acusó un deterioro de tal magnitud, que de repente todos miraron hacia él. El crecimiento del comercio informal y la congestión del transporte fueron ocupando los espacios públicos del sector y para muchos el lugar dejó de ser un sitio de paseo y se convirtió en una zona de tránsito apresurado, sin diversión.
Esa situación motivó una gran intervención urbana en 2008, cuando el Ayuntamiento del Distrito Nacional lo remodeló, como parte de un proyecto más amplio de recuperación del eje comercial de la Duarte. Se restauró la glorieta, se instalaron nuevas luminarias y se reorganizaron senderos y áreas verdes.
Ese mismo año surgió también, en la calle Caracas, el Paseo de la Lectura, un corredor peatonal con decenas de módulos destinados a libreros que durante años habían vendido, sobre todo libros usados, en las aceras de la Duarte.
Durante un tiempo el parque recuperó algo del ambiente que había tenido décadas atrás: niños jugando en los senderos, parejas conversando en los bancos, vecinos usando el espacio para descansar.
Hoy el lugar vuelve a prepararse para otra transformación. El Ayuntamiento ha iniciado un nuevo proyecto de revitalización que contempla extensión del parque, renovación del Paseo de los Lectores, construcción de un módulo para la Policía Municipal, edificio de servicios con salón multiusos y dispensario médico, además de renovación de áreas infantiles y mobiliario urbano. Es otra capa más en la larga historia del lugar.
Porque el Parque Enriquillo nunca ha sido solo un jardín urbano. Ha sido terminal de guaguas, antesala de cines, refugio de limpiabotas, punto de encuentro para generaciones de enamorados y testigo silencioso del crecimiento de la ciudad.
Un parque donde, durante más de un siglo, Santo Domingo aprendió a detenerse un momento en medio de su propio movimiento.
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