InicioAndamio CulturalObeliscos: de monumentos al ego a lienzos de la memoria

Obeliscos: de monumentos al ego a lienzos de la memoria

Nacieron como símbolos de poder absoluto, pero el tiempo y la ciudad los acogieron. Frente al mar, los obeliscos del Malecón ya no imponen: cuentan, resisten y se dejan pintar.

SANTO DOMINGO. – La mañana del domingo se despereza con una lentitud de acero sobre el Malecón y el mar Caribe se abre en un azul limpio, casi irreal, hacia un horizonte que parece una línea recién trazada. La luz rebota sobre la superficie como si miles de peces diminutos jugaran al topao bajo el agua.

El paseo marítimo serpentea hacia el oeste dejando atrás la avenida del Puerto. Las olas llegan mansas, apenas susurran contra los arrecifes y todo parece en pausa. Casi a la altura de la calle Sánchez, una columna jónica, gris y esbelta, de once metros de sobriedad clásica, observa en silencio el tránsito indiferente. Es la Columna de la Aurora, también llamada Columna Conmemorativa del USS Memphis. Muchos pasan sin mirarla, pocos se toman fotos con ella y casi nadie recuerda su triste historia (que contaremos en otro episodio). La ciudad tiene memoria, pero no siempre la proclama.

Vamos por partes


Al tomar la curva de Palo Hincado, frente a los restos del Fuerte San Gil, una figura distinta corta el horizonte. Es el Obelisco Hembra. Más estilizado, más abierto en su diseño, como si elevara los brazos hacia el cielo. El guía habla sin teatralidad.


Fue levantado en 1940 para conmemorar el acuerdo Trujillo-Hull, vinculado al secretario de Estado estadounidense Cordell Hull, mediante el cual se canceló la deuda externa dominicana con Estados Unidos. Se presentó como triunfo nacional, como gesto de soberanía financiera. Formaba parte de la escenografía monumental del régimen de Rafael Leónidas Trujillo.

Doscientos metros más adelante se alza su contraparte: el Obelisco Macho. Terminado en punta piramidal, sólido, vertical, ambos parecen dos signos de exclamación plantados frente al mar, encerrando un párrafo entero en la biografía urbana. Los turistas escuchan con atención. El guía no declama: conversa.


El Macho fue erigido en 1937, cuando la ciudad fue rebautizada como Ciudad Trujillo. Cuarenta metros de concreto blanco, liso, implacable. No era ornamento: era afirmación de dominio, un dedo vertical celebrando el poder de un régimen que quiso eternizarse incluso en el nombre de la capital.


Los visitantes preguntan por qué “macho” y “hembra”. El guía sonríe.
Hasta donde alcanza la documentación histórica disponible, estos dos obeliscos constituyen un caso excepcional, si no único, en el mundo: un par monumental reconocido popularmente por una denominación explícita de género que los distingue y complementa simbólicamente. No aluden a héroes ni a fechas, sino que incorporan esa dualidad como parte arraigada de su identidad urbana. La explicación satisface la curiosidad. Pero el relato apenas comienza.

De la megalomanía al lienzo

El obelisco Macho fue, durante décadas, una pieza severa. Blanco absoluto frente al azul del Caribe. Impasible, hasta que en los años noventa la ciudad decidió intervenirlo.
En 1997 sus cuatro caras se cubrieron con un mural dedicado a las Hermanas Mirabal. Mariposas, rostros femeninos, símbolos de libertad. El monumento que nació como propaganda terminó honrando a quienes enfrentaron la dictadura y murieron por ello. La paradoja quedó pintada en gran formato.
La turista levanta la vista como si intentara distinguir las capas invisibles bajo la pintura actual y el guía continúa.


En 2011 o 2012, el obelisco volvió a transformarse con la intervención titulada Alegoría a la Libertad. Los andamios abrazaron la estructura completa. Brochas y rodillos recorrieron las cuatro caras. Bajo la coordinación del muralista Dustin Muñoz y con la participación de maestros como Cándido Bidó y Elsa Núñez, el concreto volvió a convertirse en lienzo. Las nuevas imágenes exaltaron la libertad, la identidad nacional y la contribución histórica de la mujer dominicana.
Les contó que con el tiempo, incluso escenas de iconografía mariana y representaciones de la vida de Cristo ocuparon sus costados, dentro de proyectos municipales que entendieron el monumento como superficie viva. Y aquí el guía  encontró la oportunidad perfecta para usar una frase poco común que aprendió: “palimpsesto urbano”. Y les explicó que eso significa escribir encima sin borrar del todo lo anterior. Porque eso es hoy el obelisco: una superficie donde cada época ha dejado su capa.

Siempre testigos

Pero el tiempo, escultor silencioso, también domesticó la monumentalidad. Más allá de la intención política, ambos obeliscos se integraron al paisaje cotidiano y han sido testigos de juegos de pelota improvisados, de primeras citas al atardecer, de carnavales, festivales de merengue, protestas ciudadanas y desfiles militares.

Han visto desfilar a Mariasela Álvarez y Amelia Vega, nuestras Miss Mundo y Miss Universo, al regresar al país con su corona y también caravanas triunfalistas del Licey y el Escogido. La propaganda se volvió paisaje; el paisaje, memoria.


El guía condujo a la pareja hacia la Plaza Juan Barón, donde varios niños encampanan una chichigua y pescadores miraban el mar como si escucharan algo antiguo en su rumor, ajenos a todo. De regreso, frente al Hembra, señaló hacia el norte, donde se encuentra la Puerta de la Misericordia, donde resonó el trabucazo de Matías Ramón Mella la noche del 27 de febrero de 1844 y les contó sobre la gesta.


Luego apuntó hacia el mar y recuerdó el Fuerte San Gil, construido en 1543 bajo la dirección de Rodrigo de Liendo, para defender la ciudad de corsarios ingleses, franceses y holandeses. El oleaje lo venció en 1887 y fue reconstruido en los años ochenta, devolviéndole su carácter de guardián simbólico.


Porque este Malecón no es solo siglo XX. Es una línea donde convergen la colonia, la república y la modernidad.
La pareja de turistas guardaba silencio. Como si entendieran que no caminaban solo por una avenida costera, sino por un escenario donde se cruzan memoria y la fiesta, el poder y la resistencia.


El cielo se puso de un azul tan intenso que parecía filtro digital. Los obeliscos seguirán erguidos. El Macho, nacido como propaganda, convertido en mural cambiante. El Hembra, concebido como símbolo diplomático, integrado al paisaje emocional de la ciudad.


En esas columnas conviven imposición y color, silencio y reescritura. Santo Domingo no derribó sus símbolos. Los intervino y quizá ahí resida su lección más íntima: la historia no siempre se destruye para superarse. A veces basta con pintarla de nuevo.

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Solangel Valdez
Solangel Valdez
Periodista, fotógrafa y relacionista. Aspirante a escritora, leedora, cocinadora y andariega.
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