Hubo un tiempo en que para leer no hacía falta comprar: bastaba con intercambiar, esperar turno o pagar unas monedas. Los paquitos fueron, sin saberlo, la primera red de lectura compartida del país
SANTO DOMINGO. – Hoy medio país regresa del asueto por la Semana Santa y el sol se siente distinto cuando se acaban las vacaciones. En la carretera el tránsito avanza, ligero en la mañana, más pesado en la tarde, mientras en la ciudad, las puertas se abren con ese gesto automático de quien vuelve sin querer. Las maletas quedarán a medio deshacer, la nevera vacía acusará recibo y el lunes asomará, discreto, pero como una inevitable amenaza.
Entre el descanso y la rutina, aparece un recuerdo sin pedir permiso: los paquitos (Tebeos, Cómics).
Antes de que el algoritmo decidiera qué leer en una pantalla, hubo una generación que aprendió a buscar historias con la mirada, con los dedos manchados de tinta.
Estaban ahí, colgados en cordeles, en colmados, librerías, farmacias, en quincallerías, fantasías y en puestos de barrio. Se agitaban con el viento, como ropa tendida, mostrando portadas donde un hombre volaba, otro acechaba en la sombra, un detective perseguía el crimen con mandíbula apretada.
En la capital dos vías estaban en el radar de la muchachada: la avenida Duarte y la avenida Mella, entre el tránsito y el comercio, donde por años sobrevivieron puestos que vendían y revendían historietas. Lugares abiertos, públicos, sin puertas ni horarios estrictos. Uno de esos, en la avenida México, resistió hasta hace relativamente poco, como una cápsula de otro tiempo.
De superman a fantomas
No hacía falta saber leer del todo, porque bastaba con querer saber qué pasaba.
Aquellas imágenes fijas, con grafismo que evocaba acción y movimiento, proporcionaban las más variopintas emociones en escenas de peleas, carreras y disparos.
Un mundo de fantasía que se descifraba en su totalidad en cuanto aprendimos a entender las onomatopeyas: ¡Pow! ¡Bang-bang! ¡Krak-krak! ¡Bam! ¡Boom! ¡Zas! ¡Grrr! ¡Crash! ¡Klink-klink-klink! ¡Plaf! ¡Pum! ¡Aaaaaaahhhhhh! ¡Oooooh! ¡Wow!
En los paquitos en español, se buscaba imitación fonética: sonidos fuertes y cortos para peleas y disparos, más largos y “efectivos” para movimientos o poderes. Estas palabras se volvieron icónicas y muchos lectores las repetían incluso fuera del cómic.
Superman, el favorito de muchos, era el más complicado de conseguir, sobre todo si era un número de continuidad de la historia. Un héroe caído de las estrellas, invencible, creado en 1938 por Jerry Siegel y Joe Shuster, que enseñaba, sin proponérselo, que la justicia tenía forma humana, aunque volara.
Y estaba Batman, oscuro y enigmático enmascarado nacido de la mente brillante de Bob Kane y Bill Finger; un vigilante urbano que no prometía redención, sino orden. No volaba ni tenía poderes sobrenaturales, pero sí un carro que corría durísimo y mucho dinero para fabricar armas que aún hoy impresionan.
Y Dick Tracy, el policía obstinado de Chester Gould, anticipando tecnología que hace unos diez años no era posible, como hablar por teléfono desde el reloj. Un romántico que se enamoró de una damisela de dudosa reputación y aspirante a delincuente.
La Sombra, ese personaje surgido en los años treinta, donde el crimen no era un juego sino una atmósfera. Leerlo mantenía en vilo a cualquiera y reconocerlo, ver su rostro era todo lo que estaba bien.
Fantomas merece un espacio a parte, es el antihéroe que completaba el paisaje: sofisticado, ambiguo, elegante en su forma de delinquir; rodeado de esculturales mujeres que eran sus ayudantes, de todas las etnias y a las que nombraba como los signos zodiacales. Su debilidad eran las obras de arte y su apodo: El ladrón de las manos de seda.
Era un personaje enmascarado, fascinante, cada número mostraba su astucia y, aunque éticamente era cuestionable, su capacidad de escapar de la justicia convertía el crimen en espectáculo.
Para los lectores jóvenes no importaba su moralidad; importaba la emoción de sus planes, la tensión de cada persecución y la sensación de que, por un momento, podían sumergirse en un mundo donde la inteligencia y el ingenio eran más poderosos que la fuerza bruta.
Fantomas enseñaba que la imaginación podía jugar con la ley y que la aventura no siempre era blanca o negra, sino un delicado gris lleno de estilo y misterio.
Puertas que se abrían
Había muchos más, de vaqueros, de ladrones y policías, de carreras de carros, historias que ponían a volar la imaginación sin efectos especiales, sin luces, sin fuegos artificiales y, sobre todo, sin movimiento. Y no todo era acción, en una próxima entrega hablaremos de Disney y los paquitos de chistes, de personajes entrañables y buena onda, aunque con segundas intenciones.
Los paquitos no solo entretenían, te empujaban a leer. La mezcla de imagen y texto permitía descifrar palabras antes de dominarlas, seguir secuencias, anticipar finales. Leer sin saber leer del todo. Leer porque había urgencia. Porque el número siguiente prometía una continuidad que nadie se quería perder.
Los más afortunados formaron su primera biblioteca con paquitos que atesoraban. Pero para los demás, la propiedad privada estaba lejos de sus posibilidades y esa biblioteca no estaba en una casa ni en una escuela, estaba dispersa entre la librería, la quincallería, el colmado o el puesto en la acera.
El anticipo del “videoclub”
Los paquitos circulaban. Se prestaban, se cambiaban, se alquilaban, se negociaban. Había reglas no escritas: no doblarlos, no mojarlos, no rayarlos, no romperlos y devolverlos a tiempo. Por un chele, cinco, o lo que hubiera, se podía leer uno y devolverlo después. Nadie lo llamaba así, pero era un sistema informal donde el acceso importaba más que la propiedad.
Un solo ejemplar podía pasar por cinco manos en una semana y uno de Superman valía más que cualquiera. Un número difícil de conseguir se convertía en moneda cambio, en una “viga” cotizada, que no aparecía ni en alquiler.
Había también quienes hacían de ese circuito un oficio. Hombres que recorrían barrios en bicicleta, cargando paquetes de historietas, vendiendo, intercambiando, recogiendo para volver a poner en circulación. Eran distribuidores sin empresa, curadores sin título, bibliotecarios sin edificio.
Y estaban los grupos de muchachos que, sin saberlo, habían creado su propio sistema. Se reunían en aceras, en patios, en parques, mostraban lo que tenían, negociaban, recomendaban y el que sabía más guiaba al que llegaba nuevo. El que fallaba una regla quedaba fuera.
Una manera de pertenecer
De alguna manera esos intercambios fueron forjando relaciones y perfilando aptitudes. Hoy, esa práctica ha desaparecido, como desparecieron los videoclubs, a golpe de cliks y control remoto.
La lectura se volvió más silenciosa, más individual, las pantallas sustituyen el papel, los algoritmos sugieren y casi imponen qué es lo siguiente que leerás o verás y el acceso es inmediato, pero solitario. Ya no hay que esperar el próximo número ni negociar con el vecino, tampoco hay que cuidar el objeto, porque anda por la nube.
Los paquitos llegaban desde México y con ellos se perdió algo difícil de nombrar.
Quizás por eso, en domingos como este, cuando el país regresa y la rutina se impone con suavidad, la memoria de los paquitos vuelve con tanta claridad, como un recordatorio: hubo un tiempo en que leer era también un acto colectivo.
Esos tiempos en que las historias no solo se consumían, sino que se compartían; había circulación, comunidad y a corta edad se aprendió a respetar los acuerdos de palabra.
Más que nada, antes del algoritmo, los héroes venían colgados en un cordel.
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