Su vivienda, nacida de la necesidad agrícola y comunitaria, marcó el inicio de la expansión urbana de Santo Domingo.
SANTO DOMINGO.- En San Carlos la ciudad aprendió a crecer más allá de sus murallas, con casas que configuraron la Villa Blanca, levantada por familias procedentes de las Islas Canarias, que la fundaron de manera espontánea, sin plano oficial ni proyecto estatal, en el año 1685.
Entonces aquello era monte, las afueras de la ciudad intramuros, y las casas que construyeron eran sencillas, de madera, pintadas en tonos claros y levantadas en los amplios solares dedicados al cultivo y la crianza de animales. En un plano de la ciudad, de 1785, cien años después del primer asentamiento, se puede ver que San Carlos todavía era un campito.
Las primeras calles y casas se formaron de manera orgánica, alrededor de la iglesia de La Candelaria, como centro espiritual, y el parque como centro social y comunitario del barrio. Alrededor se organizaban las fiestas patronales, donde ofrecían arepa, gofio y majarete.
Esas primeras viviendas eran de madera, con techos de palma o teja criolla, galerías abiertas y patios interiores que garantizaban frescura en el clima caribeño.
En el siglo XIX, aparecieron casas de mampostería de una planta, techos de zinc o teja y fachadas pintadas en blanco, azul o verde. Estas tipologías, con patio central y ventilación cruzada, reflejaban la influencia arquitectónica de las Islas Canarias, adaptada al Caribe.
La vida cotidiana se sostenía en comercios populares: pulperías, panaderías, carpinterías, talleres de herrería, zapaterías y vendedores informales que ofrecían majarete, arepas y gofio, alimentos que los canarios trajeron consigo.
El genealogista Antonio Guerra recuerda que cerca del 50 % de los apellidos dominicanos proceden de los canarios asentados en San Carlos. Entre ellos cita a los Abad, Larrazábal, Guerra, Perdomo, Hernández, Rodríguez y Pérez, que tenían sus casas alrededor de la iglesia y el parque.

Hasta finales del siglo XVII se construían casas de madera techadas de zinc. (Solangel Valdez/El Inmobiliario).
Los Larrazábal, por ejemplo, aparecen en registros de la Academia Dominicana de la Historia, vinculados a solares en San Carlos, donde se establecieron como comerciantes y agricultores.
Por las mañanas, los pregoneros le daban vida al barrio, que desde entonces selló su marca de diversión y deportividad, pues allí nació el Escogido Baseball Club, uno de los equipos más emblemáticos de la pelota nacional.
Sus patios rurales también sirvieron para acunar el boxeo popular, pues allí primero, y luego en los clubes, se abrieron los primeros gimnasios improvisados, donde los jóvenes entrenaban con disciplina y pasión, convirtiendo al boxeo en una seña de identidad sancarleña.
Así, el barrio se convirtió también en semillero deportivo, dejando una huella que trasciende la historia de la vivienda y se inscribe en la memoria cultural del país.
La evolución de la vivienda en San Carlos muestra la transición de Santo Domingo:
– Siglo XVII al XVIII: casas de madera y palma, solares agrícolas, patios amplios.
– Siglo XIX: viviendas de mampostería de una planta, techos de zinc y teja, galerías y patios.
– Siglo XX: densificación progresiva, con casas más compactas y multifamiliares sencillos, pero siempre con carácter popular.
El historiador Frank Moya Pons dijo en una conferencia en 2017 que San Carlos fue el poblado extramuros más antiguo, habitado por isleños canarios desde el siglo XVII, y sus casas de madera con techos de yagua marcaron el inicio de la vivienda popular, fuera de las murallas.
Publicado originalmente en El Inmobiliario impreso #13.





