SANTO DOMINGO. – Al llegar febrero, las calles de muchos municipios del país comienzan a latir distinto. Desde prima tarde hasta el momento en que el sol se deja vencer, grupos de comparsas atraviesan los caminos sonando tambores, cencerros, cascabeles y fuetes, luciendo lentejuelas, sudor y la promesa de fiesta flota en el aire.
Y aunque, por tradición, la fecha oficial de inicio de los carnavales coincide con el Miércoles de Ceniza, que marca el inicio de la Cuaresma, el dominicano celebra “cuando quiere” y desde el primer domingo del segundo mes, comenzaron los desfiles dominicales en distintas provincias, como preludio del Carnaval Nacional.
En estos días el país se disfraza de sí mismo, sacando a pasear la alegría y los colores, la sátira y la herencia cultural más diversa.
En distintos puntos del territorio dominicano, cada domingo de febrero se repite un ritual: alguien se mira al espejo tras una mañana completa de preparación, se coloca la máscara, sonríe y sale a disfrutar.
Para la antropóloga Soraya Aracena, investigadora de las expresiones culturales populares del Caribe, las expresiones carnavalescas de la región revelan capas profundas de herencia africana, europea e indígena, combinadas en un mismo gesto cultural que más que estudiarse, se baila.
Carnaval reciclado
En San Cristóbal, el diseñador Luis Rivas recogerá temprano a niños, niñas y jóvenes de barrios periféricos, quienes han fabricado sus trajes con materiales recolectados en las playas y en las calles.
“Los diablos Ecológicos” son la creación carnavalesca más reciente y sus caretas están hechas con galones de plástico, adornos de tapas de refresco, trozos de hojalata, ramas y otros elementos que muchos desecharon, pero en las manos adecuadas encontraron una segunda oportunidad.
Además de alegría, este personaje deja un poderoso mensaje, una profunda huella educativa y de cambio en distintas comunidades. Es un producto de la creatividad, de la resiliencia y fuerza de voluntad de un artista que ha encontrado pocos apoyos, aunque avanza imparable.
En Santiago
Un hombre se inclina sobre una mesa de madera donde descansa su careta de “Lechón”. La limpia con un paño húmedo como quien pule un objeto sagrado. Huele a pintura retocada y a historia, pues la heredó de su padre, que la usó durante treinta carnavales. Pasa la mano por los múltiples cachitos que pueblan los largos cuernos y luego ajusta el cinturón azul brillante de su traje multicolor. Se ata las cintas detrás de la cabeza y a seguidas prueba sus vejigas y un fuete azotando el aire: el sonido seco corta el silencio del patio, mientras afuera, un vecino grita que es hora de salir, para dirigirse al área del monumento, pasando por el parque central.
En La Vega
Un “Diablo cojuelo” ajusta los cascabeles cosidos al pecho, cada uno con su propio timbre y su propia memoria. El traje de Lamé pesa, pero más lo que representa: cinco siglos de carnaval vegano, una tradición que comenzó como celebración colonial y terminó convertida en símbolo nacional. Frente al espejo, sonríe sin que nadie pueda verlo. Sale a la calle dando saltitos y asomando su careta, un cruce entre un alien y una mosca, a los niños que alborotados simulan miedo y suenan cientos de cascabeles para dar paso a una docena de diablos cojuelos que se suman al jolgorio corriendo y riendo.
Se dirigen a su cueva y de ahí, al Parque de las Flores, donde ya el “tanibol”, o lugar sagrado, no se respeta y a los más distraídos les dan su vejigazo.
En Bonao
Una joven termina de pegar los últimos cristales a un traje que mezcla figuras mitológicas con colores fluorescentes. Su comparsa nació hace siete años, pero ya compite con las más antiguas. Sabe que el carnaval también es tradición que se renueva. Los “Macaraos” llevan penachos, plumas enormes, espejos, múltiples ojos que miran a todas partes, en un universo de colores vibrantes que se desplaza por las calles de Bonao, hasta llegar a la explanada frontal del Ayuntamiento Municipal.
En la costa atlántica
Un “Taimáscaro” mira su careta de líneas que evocan petroglifos taínos y en su traje, réplica caricaturesca de uno de corte europea del siglo XVI, lleva plumas, caracoles, fibras naturales, espejos. Ese traje no busca brillar sino recordar, rendir homenaje a la herencia de las tres raíces culturales de la República Dominicana. Para ese joven, desfilar por el malecón de Puerto Plata es contar una historia sin palabras, tal como lo ideó su creador, el artista Jacinto Beard, por allá por los años 90, acompañado de un grupo que creó la expresión de su propia identidad.
En la tierra del Guababerry
En San Pedro de Macorís, un grupo de “Guloyas”, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, practica la pelea de gallos, con sus pasitos breves y rápidos, mientras sacuden las largas plumas de su tocado multicolor, una danza que heredaron de los ancestros llegados en barco desde las Antillas Menores.
Más plumas danzan en sus pies, como saliendo de botas imaginarias, en colores imposibles, como los de los cientos de cintas que son jirones de una capa poblada de espejos, que danzan también en sus espaldas.
Redoblantes, fotutos y tamboras acompañan los cánticos, en una mezcla de español, inglés, francés y creole, las lenguas maternas, mientras otro grupo ensaya la pelea de machetes de palo, en un duelo alegre, divertido y que canta y baila mientras toman guababerry.
Más en el este
Las “Marimantas” son un personaje único y aterrador de Hato Mayor, cuyo traje está cubierto de hojas secas de plátano, con una máscara hecha con el cráneo de una vaca o chivo.
Los Diablos Seibanos se caracterizan por sus máscaras coloridas y trajes brillantes. En esta provincia el carnaval se mezcla mucho con las fiestas patronales y la cultura de los atabales.
Los Diablos de Higüey usan máscaras de cuernos curvos, látigos y vejigas para abrir paso. Muchas de sus comparsas incluyen elementos que hacen referencia a la Basílica y la protección espiritual de la zona.
En el sur
En Barahona, un joven se unta carbón en el rostro hasta quedar irreconocible, hasta ser un “Tiznao” más que recorre el malecón asustando a las muchachas. Mientras el viernes santo, sobre las tumbas del cementerio, en Cabral, al atardecer resonarán los fuetes que agitarán las “Cachúas” hasta que se agoten las fuerzas o hasta que llegue la noche. Lo que ocurra primero.
En San Juan grupos de adultos y adolescentes se visten con taparrabos, sueltan su pelo lacio y no tienen que hacer mucho esfuerzo para simular tribus tainas. “Los indios” se autodenominan y estas comparsas son homenajes vivos a la raza originaria: desfilan con jigüeros, cestos con yuca y maíz y hacen paradas para guayar yuca y recrear la fabricación de casabe.
En la capital
En Villa Consuelo, un roba la gallina ajusta un sostén exagerado y una falda imposible mientras ensaya su grito agudo frente a una vecina que se ríe desde la galería. Con su sombrilla de colores y maquillaje exagerado, recorre el barrio junto a la pandilla de niños que reclaman “Roba la gallina/palos con ella” en una melodía sin fin.
La sátira es parte del vestuario. En San Carlos, un “Califé” se viste de frac y usa bombín para ser uno más entre muchos y su mujer, que casi siempre es un hombre, usa lentejuelas, maquillaje y peluca. En el barrio dicen que representa la burla al poder y la decadencia, la inversión del orden. A ella la acusan de bruja y él, de calié. Recita versos satíricos sobre la situación política y social actual.
A dos esquinas, retumban tambores y redoblantes mientras una veintena de jóvenes, vestidos de militar, realizan una coreografía que es ejemplo de sincronización. Se hacen llamar los Alí Babá, pues en otros tiempos vestían como Aladino.
En Villa Duarte, un adolescente se coloca la capucha con flores (la mayoría de los de la capital no usan cachos), se coloca la máscara y pide ayuda para atar el cinturón de cencerros a la cintura. Su traje es de dos colores que contrastan y sus vejigas son naturales, de vaca rellenas de aire.
Todos estarán en el Malecón
Son muchos personajes más: los “Toros de Montecristi”, que se enfrentan a “Los civiles” a fuetazo limpio; los “Platanuses” de Cotuí, con sus trajes efímeros hechos con hojas de plátano que también terminan desechos, aunque sus careta de jigüero les queda de recuerdo.
No se conocen, pero se reconocen. Todos están inscritos para participar en el Carnaval Nacional y confluirán en el Malecón la tarde del 15 de marzo y desfilarán, alegres, en un perfecto orden que auspiciará un caos ensordecedor, de colores, bailes y personajes.
El antropólogo Edis Sánchez ha explicado que el carnaval funciona como un “espacio ritual donde la sociedad se observa a sí misma, se parodia y se reinventa” y eso es exactamente lo que ocurre aquí: una representación espontánea del país, sin discursos ni banderas, pero cargada de símbolos.
En el carnaval todo es juego y fantasía, pero nada es casual. La música se vuelve un collage de “Baila en calle”, “La Guacherna” y otros merengues, pero también palos, atabales, tambores y cornetas; un espacio donde, por unas horas, el desorden no solo está permitido, sino celebrado.
Son unas seis horas durante las cuales el país baila, desaparecen los rostros, los apellidos, el género, las provincias, los barrios, las diferencias. Solo quedan cuerpos disfrazados contando la misma historia desde ángulos distintos.
Cuando la música se detiene, se miran, se reconocen sin decir sus nombres. Luego cada quien seguirá su ruta, de regreso al autobús, al barrio, al campo, al cansancio feliz.
Pero, durante esa tarde, en ese tramo del Malecón de la capital, el carnaval habrá logrado lo que mejor sabe hacer: convertir una nación entera en comparsa.



