InicioOpinionesActos de mala fe: cuando invertir se vuelve una pesadilla

Actos de mala fe: cuando invertir se vuelve una pesadilla

Toda decisión de inversión inmobiliaria descansa sobre un supuesto básico: que el vendedor cumplirá lo que firma. Es un supuesto razonable e incluso necesario, porque sin él ningún proyecto se vendería sobre planos ni ninguna familia entregaría sus ahorros a cambio de una promesa futura. El problema surge cuando ese supuesto se rompe no por circunstancias imprevistas sino por decisión deliberada de quien debía honrarlo.

Hay una diferencia importante entre un proyecto que se atrasa y una constructora que actúa de mala fe. Los atrasos existen y cualquiera que conozca el sector sabe que permisos, proveedores o condiciones climáticas pueden alterar un cronograma. Eso es parte del riesgo razonable de invertir sobre planos. Lo que ya no entra dentro de ese riesgo razonable es que llegada la fecha de entrega el terreno ni siquiera esté limpio, que los cimientos sean apenas visibles y que en lugar de una explicación honesta lo que reciba el cliente sea silencio, evasivas o información que no corresponde con la realidad de la obra.

Un caso que conozco de cerca ilustra bien este punto. Se trata de una inversión hecha hace más de dos años con fecha de entrega ya vencida, donde la construcción avanza a un ritmo que no guarda relación con el tiempo transcurrido. El contrato incluía una cláusula de protección al comprador que contemplaba la devolución del dinero en caso de incumplimiento y esa cláusula existe precisamente para estos escenarios.

Sin embargo, en la práctica la constructora ha preferido proponer adendums sucesivos  que terminan ampliando el plazo sin que la obra registre avances proporcionales. Y cuando finalmente se habla de reembolso, lo plantea bajo condiciones propias, como pagos fraccionados en el tiempo, trasladando al cliente una carga que no le corresponde asumir.

Ese es el punto donde el incumplimiento deja de ser un problema técnico y se convierte en una estrategia. Renegociar plazos no es en sí mismo un acto de mala fe pero hacerlo de forma reiterada, sin avances reales y sin transparencia, sí lo es. Ofrecer una devolución en los términos de quien incumplió en lugar de los términos pactados originalmente también lo es. La mala fe no siempre se manifiesta en una mentira evidente. Muchas veces se construye a través de la dilación, del silencio y de la letra pequeña que termina beneficiando a quien ya faltó a su palabra.

Esto tiene consecuencias que van más allá del caso individual. Cada situación de este tipo que se conoce erosiona la confianza en un sector que depende en buena medida de la credibilidad de quienes lo representan. Los compradores comparten experiencias, las referencias circulan y una constructora que actúa de mala fe termina afectando también a las que sí cumplen porque alimenta una desconfianza generalizada hacia el modelo de venta sobre planos.

No se trata de generalizar ni de asumir que todo incumplimiento esconde una intención deshonesta. Se trata de reconocer que existe una línea, muchas veces difusa pero real entre el atraso justificable y la mala fe sostenida en el tiempo. Identificarla, nombrarla y exigir que se corrija es en última instancia, una forma de proteger la salud del propio sector.

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El contenido y las opiniones aquí expuestas corresponden únicamente a su autor. Inmobiliario.do no asume responsabilidad por dichas afirmaciones ni las considera vinculantes a su visión editorial.
Raquel Salas
Raquel Salas
Relacionista pública de los desarrollos Mystiq, CEO y fundadora de Reenfoque Positivo y Equilibrio Inmobiliario, directora Grupo de Medios RP, coach integrativa certificada por John Maxwell Leadership, autora de «Antes de Decir que Sí» y «Tiempo para Mí».
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