La Fundación León lo incluye entre las figuras más destacadas de la acción inmobiliaria privada de las primeras décadas del siglo XX y una calle que nace en el ensanche La Fe y llega hasta Cristo Rey, lleva su nombre
Santo Domingo. – Muchos años antes de que en Santo Domingo se hablara de urbanizaciones, desarrolladores y financiamiento de viviendas, un venezolano que llegó adolescente a la República Dominicana ya estaba ensayando una fórmula que habría de cambiar el mapa de la ciudad: comprar tierra, dividirla, abrir calles y facilitar que otros pudieran construir.
Se llamaba Juan Alejandro Ibarra, nació en Puerto Cabello, Venezuela, el 21 de octubre de 1871, y murió en La Habana el 11 de febrero de 1943, según el Instituto Dominicano de Genealogía, que lo identifica como desarrollista urbano y atribuye a su actividad parte de la expansión de Santo Domingo hacia el norte de la antigua muralla.
Ibarra se estableció en el Distrito Nacional hacia 1880, de acuerdo con una reseña publicada por el periódico Hoy, sin firma, señala que muy joven se dedicó a los negocios y que entre sus primeras iniciativas estuvieron la participación en uno de los primeros bancos privados del país, las cajas de ahorro y el primer Monte de Piedad.
Si las finanzas le enseñaron a manejar el dinero, los bienes raíces le enseñaron a convertirlo en ciudad y en la hemeroteca aparece que Ibarra tenía un establecimiento de empeños y préstamos, realizaba subastas semanales y se desempeñaba como corredor de bienes raíces.
En Villa Francisca aplicó esa experiencia a un proyecto que contemplaba 500 solares y 15 calles, además de un parque de unos 10,000 metros cuadrados, fuentes públicas y servicio de agua. Para entonces se habían construido 307 casas e Ibarra ofrecía crédito al 1% para construir y también vendía viviendas a plazo para sectores medios bajos, entre ellos obreros especializados, maestros constructores, talabarteros y dueños de colmados que llegaban.
Ibarra realizó trabajos de urbanización y ensanchamiento en San Carlos, La Fe y Villas Agrícolas, además de la construcción de la carretera que originalmente conducía hacia Boca Chica. En Villas Agrícolas, organizó las tierras en parcelas destinadas a pequeños agricultores.
Su relación con el suelo urbano llegó incluso al deporte, ya que en julio de 1917 Ibarra adquirió el terreno donde funcionaba Licey Park, el primer estadio propio del club Atlético Licey, destaca el periodista investigador Félix García Estrella.
El Instituto Dominicano de Genealogía registra que donó terrenos para el parque que en 1928 recibió el nombre de Enriquillo y que durante el trujillismo pasó a llamarse Parque Julia. Hoy le atribuye además donaciones para una iglesia y otras obras, mientras la investigación sobre arquitectura dominicana enumera terrenos cedidos para un sanatorio antituberculoso, un cementerio y otras instituciones.
Era un filántropo activo y quizá por eso su legado sobrevivió a los barrios que ayudó a fundar. Una calle lleva su nombre en La Fe y otra en Los Alcarrizos; su descendencia continuó vinculada a los negocios financieros.

La Superintendencia de Bancos señala que Antonio Ibarra Fort, hijo de Juan Alejandro Ibarra, fue el principal propietario del Banco de Crédito y Ahorros, fundado en 1949.
Ibarra murió en 1943, cuando aquella Santo Domingo que ayudó a expandir todavía estaba lejos de convertirse en la metrópoli actual. Sin embargo, una parte de su método permanece reconocible: tierra, financiamiento, vivienda y nuevas calles.
¿Pionero de la promoción inmobiliaria privada dominicana?
Lo que las fuentes permiten afirmar con mayor seguridad es algo quizá más interesante: Juan Alejandro Ibarra perteneció a la generación de empresarios que comprendió que el crecimiento de Santo Domingo podía organizarse alrededor del suelo urbano y que, para vender una ciudad nueva, no bastaba con tener terrenos. Había que abrir calles, reservar espacios públicos y, sobre todo, encontrar la manera de que una familia pudiera pagar la casa.
Villa Francisca fue su gran demostración, y quizá también su mejor legado: antes de que la palabra desarrollador se hiciera habitual en el vocabulario inmobiliario dominicano, Ibarra ya había entendido que hacer negocio con la ciudad significaba, primero, hacer ciudad.
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