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Luperón, la primera espada de la Restauración, de niño vendía dulces en Puerto Plata

Aunque los historiadores no se ponen de acuerdo todavía, su legado ocupa un lugar central en la historia social y política dominicana del siglo diecinueve, y el debate sobre designarlo como el cuarto padre de la patria continúa abierto

SANTO DOMINGO. – El 16 de agosto de 1863 no fue el final, sino el principio de una de las gestas históricas que hacen de la República Dominicana un país único en latinoamérica: ese día inició la guerra de Restauración, que fue la tercera independencia en 44 años.

Aquel día, un grupo de patriotas encabezado por Santiago Rodríguez cruzó la frontera desde Haití y tomó el cerro de Capotillo, en Dajabón, para izar de nuevo el pabellón dominicano, según documenta la Enciclopedia Ecured y confirman los registros de la época recogidos por el historiador Emilio Rodríguez Demorizi.

El Grito de Capotillo encendió una guerra que se extendería casi dos años, hasta que España, mediante Real Decreto del 3 de marzo de 1865, anulara la anexión, y las últimas tropas españolas evacuaran el país en julio de ese mismo año. Entre esas dos fechas, una figura terminaría por convertirse en la más recordada de la contienda: Gregorio Luperón.

La independencia de 1844, frente a Haití, y la Guerra de Restauración de 1863 a 1865, frente a España, están separadas por apenas diecinueve años y el historiador cubano Sergio Guerra Vilaboy, en un texto publicado por ADHILAC, sostiene que República Dominicana es el único país latinoamericano que declaró tres veces su emancipación, contando también la efímera independencia de 1821 frente a España, antes de la ocupación haitiana. Tres independencias en menos de 50 años.

Estatua de Gregorio Luperón en Santiago de los Caballeros. (Fuente externa).

Luperón nació en Puerto Plata el 8 de septiembre de 1839, hijo de Pedro Castellanos y de Nicolasa Duperón, una inmigrante de origen inglés que sostenía a la familia con un pequeño ventorrillo. El niño Gregorio vendía piñonate por las calles de su ciudad natal, un detalle que recogen tanto Ecured como distintas biografías escolares, y que contrasta con el destino que tendría después.

Su propio apellido guarda una curiosidad: Luperón es la castellanización de Duperón o Dupeiron, el apellido materno, francés de origen, con el que terminó identificándose para la posteridad.

Bajo la tutela del comerciante francés Pedro Dubocq, el joven Gregorio aprendió oficio y disciplina, formación que el biógrafo Hugo Tolentino Dipp, Premio Nacional de Historia en 1976, considera clave para entender el temple con el que después conduciría tropas.

Antes de la Restauración, Luperón ya había sido apresado por conspirar contra la Anexión, y guardó prisión en la fortaleza San Felipe de Puerto Plata, según recoge el sitio Historiología Puerto Plata. Ese antecedente explica por qué, apenas conocida la noticia de Capotillo, se sumó de inmediato al alzamiento y ascendió con rapidez en la jerarquía militar.

Su participación en el campo de batalla fue intensa. El 15 de septiembre de 1863, apenas un mes después de Capotillo, enfrentó en La Vega a las tropas del general Pedro Santana, según narra el politólogo Luis González en un perfil publicado por el periódico Hoy.

A esa acción le siguieron combates en lugares tan distintos y distantes como Sabana del Vigía, Guanuma, Monte Plata, Bayaguana, Bermejo, Yerba Buena, Paso del Muerto y Río Yabacao, un listado que documenta Ecured y que da cuenta de un hombre que apenas tuvo descanso durante los dos años que duró la guerra.

Hay un episodio, sin embargo, que revela mejor que cualquier batalla el carácter del héroe. En algún momento de la contienda estuvo a las puertas de convertirse en el presidente más joven de la historia dominicana, honor al que renunció para no alejarse de las tropas.

Según González, Luperón dejó constancia de esa decisión en una carta al Gobierno Provisional en la que explicaba que su único móvil al lanzarse a la revolución era ver restaurada la República, sus leyes y sus libertades, no ocupar un escritorio.

Terminada la guerra, Luperón no abandonó la escritura de su propia historia, pues según el Diccionario Biográfico de Funglode, fue él mismo quien encargó a Manuel Rodríguez Objío redactar tanto su biografía como un ensayo histórico sobre la Restauración, y con los años se dedicó también a recopilar documentos y a escribir sus propias memorias, publicadas en tres tomos bajo el título Notas Autobiográficas y Apuntes Históricos.

De su pluma y de la de sus biógrafos, entre ellos Juan Bosch, autor de La guerra de la Restauración, y el propio Tolentino Dipp, se ha reconstruido buena parte de lo que hoy se sabe sobre aquellos años.

Tras la guerra, Luperón ejerció la presidencia entre 1879 y 1880, impulsó reformas liberales y luego se desempeñó como enviado extraordinario y ministro plenipotenciario en Europa, gestión durante la cual promovió, entre otras iniciativas, la instalación del primer cable transatlántico que conectó al país, según recoge el portal educativo Educando.

Murió en su Puerto Plata natal el 21 de mayo de 1897 y para historiadores como Roberto Cassá y Frank Moya Pons, su legado ocupa un lugar central en la historia social y política dominicana del siglo diecinueve, al punto de que algunos estudiosos han propuesto llamarlo el cuarto padre de la patria, un debate que aún no cierra pero que ningún historiador serio discute.

Hoy 16 de agosto de 2023, en el museo que lleva su nombre en Puerto Plata, se conservan sus botas, su quepis, su espada y parte de su biblioteca personal, objetos modestos para la magnitud de la historia que sostuvieron: la de un vendedor ambulante de dulces que terminó siendo, para varias generaciones de dominicanos, la primera espada de la Restauración.

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Solangel Valdez
Solangel Valdez
Periodista, fotógrafa y relacionista. Aspirante a escritora, leedora, cocinadora y andariega.
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