Esquina icónica del Distrito Nacional, por años centro de comercio y vida social, fue desalojada tras una disputa legal, dejando un vacío en la ciudad
SANTO DOMINGO. – Hay esquinas que no aparecen en los mapas y guías turísticos, pero sostienen la memoria de una ciudad. La de la avenida Máximo Gómez con 27 de Febrero es una de ellas: la que albergó a Teleofertas, un espacio en el que durante décadas no hubo solemnidad, pero sí vida útil.
Tapar neumáticos de madrugada, lavar el carro, tomar cervezas y tragos al atardecer después del trabajo, en un ambiente distendido y sin formalidades; aprovechar para lavar o cortarse el pelo, comer hamburguesas, limpiar los zapatos… una multiplaza al aire libre.
Antes de ser lo que todos conocieron como Teleofertas, aquel solar lleno de malezas, jabillas y flamboyanes, ya era un punto estratégico: cruce de avenidas, flujo constante, corazón en movimiento.
Fue a finales de los años 80 cuando comenzó a transformarse en algo más que un terreno bien ubicado. Cuando un comunicador inquieto, pionero de otra forma de vender y de hablarle al público, encendió la idea.
En 1987 nació Teleofertas, que primero fue un experimento comercial en la televisión, adelantado a su tiempo: vender desde la pantalla, convertir la vitrina en espectáculo, llevar los productos al lenguaje popular.
Su fundador, Jhony Marte, no solo vendía electrodomésticos, sino una manera de consumir, directa, sin filtros, sin pretensiones.
Pero la televisión no fue suficiente y la esquina empezó a llenarse. Lo que inició como negocio fue mutando en ecosistema y poco a poco, el espacio se convirtió en una plaza viva, desordenada y funcional: comida rápida, bebidas, conversación sin agenda, lavado de carros, peluquería improvisada, bancas, talleres, música a volumen discutible y el olor persistente a grasa y cerveza.
Un pequeño caos que funcionaba, en el que no había protocolo y, sin embargo, allí se construyó costumbre.
Ir a Teleofertas era resolver: el carro, el hambre, el corte, el coro después del trabajo. Era un “after work” antes de que la palabra se pusiera de moda y un sitio donde el tiempo no se medía en horas sino en rondas.
Durante casi cuatro décadas, esa esquina fue sostenida por gente que no figuraba en los registros oficiales, pero sí en la rutina de la ciudad. Más de veinte negocios, decenas de familias e historias que no caben en contratos.
Sin embargo, debajo de esa cotidianidad, corría otra historia. Más larga y silenciosa: la jurídica.
La hemeroteca cuenta que el terreno donde creció Teleofertas había sido adquirido formalmente en 1982 por el empresario Rafael Eduardo Selman Hasbún, mediante contrato validado años después por tribunales de tierras.
El relato continúa: a partir de 2004, distintas ocupaciones sin título comenzaron a asentarse en el lugar y con ellas, una cadena de litigios que atravesó tribunales, apelaciones y décadas; durante más de veinte años, las decisiones judiciales fueron consistentes en que la propiedad tenía dueño legal.
Pero la ciudad, como suele ocurrir, siguió funcionando al margen de los expedientes. La gente siguió el ritmo de la costumbre, sus visitas, entradas y salidas, hasta que el sábado 11 de abril de 2026 llegó el desalojo. Nada discreto.
Cientos de agentes, unidades tácticas, cierre de vías, ruido de metal cayendo. En cuestión de horas, lo que había sido una plaza viva quedó reducido a escombros: zinc doblado, estructuras rotas, restos de negocios que el día anterior aún abrían y se preparaban para un fin de semana activo.
Las autoridades lo explicaron en términos legales: ejecución de una sentencia firme, restitución de propiedad, cumplimiento de la ley. Los afectados hablaron en otro idioma: sorpresa, falta de notificación, décadas de trabajo borradas de golpe. Entre una versión y otra, quedó el vacío.

Hoy, quien pasa por esa esquina no encuentra lo que era, pero tampoco encuentra del todo lo que será.
Porque Teleofertas nunca fue solo un negocio ni un terreno en litigio. Fue una forma de ocupar la ciudad: informal, ruidosa, imperfecta… y profundamente dominicana.
Y esas cosas, aunque se desalojen, rara vez desaparecen del todo.
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