El cuerpo de un corredor muestra con datos qué ocurre cuando el esfuerzo se sostiene con recuperación y qué ocurre cuando se sostiene sin ella. La misma lógica aparece en la ciencia del estrés, en las estadísticas de salud laboral y en la clasificación de enfermedades de la OMS
SANTO DOMINGO. – El pasado domingo 18 de octubre se corrió una maratón en Santo Domingo, y la ocasión sirve para revisar una frase de uso corriente: “vivir la vida como si fuera una maratón”, y para examinar qué le ocurre al cuerpo y a las emociones de quien la toma al pie de la letra, sin meta y sin descanso.
La imagen se popularizó con Angela Duckworth, profesora de la Universidad de Pensilvania, quien en su charla TED definió la tenacidad (grit, en inglés) como perseverancia por metas a muy largo plazo, y la resumió como vivir la vida como un maratón, no como una carrera de velocidad.
El paralelo con la salud resulta pertinente porque la maratón se usa como modelo de esfuerzo prolongado en la vida adulta, y porque la medicina deportiva cuenta con una literatura amplia sobre qué sucede cuando ese esfuerzo se alarga sin la recuperación debida.
Esa literatura la resume el consenso conjunto del Colegio Europeo de Ciencias del Deporte y el Colegio Americano de Medicina del Deporte, publicado en 2013 bajo la dirección de Romain Meeusen.
El documento establece que el entrenamiento exitoso requiere sobrecarga, pero debe evitar la combinación de sobrecarga excesiva y recuperación inadecuada.
Cuando el atleta se recupera, la caída de rendimiento es pasajera y termina en mejora. Cuando no respeta el equilibrio entre entrenamiento y recuperación, aparece el sobreentrenamiento no funcional y, en el extremo, el síndrome de sobreentrenamiento, caracterizado por fatiga persistente, descenso del rendimiento y alteraciones del estado de ánimo, según Meeusen y sus colegas en una revisión posterior del Aspetar Sports Medicine Journal.

Los mismos autores señalan que quienes lo padecen pueden necesitar meses o incluso años para recuperarse por completo.
En el organismo de quien no se detiene, la fisiología del estrés ofrece la explicación. El neurocientífico Bruce McEwen, de la Universidad Rockefeller, acuñó en 1993 el término carga alostática para describir los efectos fisiológicos del estrés crónico.
En un artículo de 2020 en The Journal of Neuroscience, McEwen y Huda Akil definieron esa carga como el precio que paga el cuerpo por verse forzado a adaptarse a situaciones adversas, y señalaron que el uso excesivo y la desregulación de los mediadores de la adaptación aceleran enfermedades como las cardiovasculares, la diabetes y los trastornos afectivos.
Cuando el estrés se prolonga, afirmó McEwen, “los mecanismos de protección se sobrecargan y causan daños”.
Las cifras de salud laboral llevan ese mecanismo a la población. Un estudio de la Organización Mundial de la Salud y la Organización Internacional del Trabajo, publicado en 2021 en Environment International y basado en 37 estudios sobre cardiopatía isquémica y 22 sobre accidentes cerebrovasculares, con más de 768,000 y más de 839,000 participantes respectivamente, concluyó que trabajar 55 horas semanales o más se asocia con un riesgo 35% mayor de accidente cerebrovascular y 17% mayor de morir por cardiopatía isquémica, frente a una jornada de 35 a 40 horas.
Ambas organizaciones estimaron que las jornadas prolongadas causaron 745,000 muertes por esas dos enfermedades en 2016, una cifra 29% superior a la de 2000, y que 9% de la población mundial trabaja largas horas.
En el plano emocional, la OMS incluyó en la CIE-11 el desgaste profesional (burnout), con el código QD85, como síndrome resultante del «estrés crónico en el lugar de trabajo que no se ha manejado con éxito», con tres rasgos: agotamiento, cinismo o distancia mental frente al trabajo y eficacia profesional reducida.

La organización precisó que el término se aplica al contexto laboral y no a otras áreas de la vida.
El filósofo Byung-Chul Han describe un escenario más amplio en La sociedad del cansancio: personas que se explotan a sí mismas dentro de una sociedad del rendimiento, con cansancio, aburrimiento e indiferencia como consecuencias psicológicas, según la sinopsis de la edición en español.
Hartmut Rosa, catedrático de Sociología en la Universidad de Jena, sostiene que la aceleración no vuelve más felices a las personas y contribuye a una creciente alienación, según la descripción editorial de su libro Resonancia, y en el titular de una entrevista con La Tercera, la define como “un problema estructural de la sociedad moderna”.
La perseverancia, además, no equivale por sí sola a bienestar ni a rendimiento. El metaanálisis de Marcus Credé, de la Universidad Estatal de Iowa, junto con Michael Tynan y Peter Harms, que reunió 88 muestras y casi 67,000 personas, halló una asociación moderada entre tenacidad y desempeño, y un solapamiento cercano a 0.84 con la responsabilidad, un rasgo de personalidad ya conocido.
El paralelo, leído desde Bienestar Estructural, deja una diferencia que las fuentes no formulan así: la maratón tiene el límite de 42.2 kilómetros y una recuperación posterior. Mientras, la vida cotidiana tiende a prescindir de ambos.
En ese cuadro, los síntomas de quien corre sin pausa, como fatiga persistente, ánimo alterado y desgaste del organismo, coinciden con los que la medicina deportiva describe en el atleta sobreentrenado.
Hasta donde indica la evidencia reunida, el esfuerzo sostenido rinde cuando se alterna con recuperación y se vuelve nocivo cuando la recuperación desaparece.
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