InicioOpinionesResponsabilidad integral: La asignatura pendiente de la construcción

Responsabilidad integral: La asignatura pendiente de la construcción

Sin ánimos de generalizar, hoy quiero tratar un tema que me ha removido desde que me involucré en este sector: la responsabilidad integral en las constructoras, y lo que ocurre cuando esa responsabilidad brilla por su ausencia.

El momento de la firma

Hay algo casi ceremonial en el cierre de un contrato de construcción. Se brinda, se firma, se estrechan manos. Los líderes están presentes, atentos, comprometidos. El desarrollador ha depositado su confianza —y su capital— en una constructora que, en ese instante, representa promesa, competencia y seriedad. Todo parece sólido.

El problema no está en ese momento. El problema aparece después, cuando la obra avanza, cuando las imperfecciones emergen y la realidad de la ejecución comienza a distanciarse de lo que se prometió en la mesa de negociación.

Cuando las paredes hablan

Filtraciones que se hacen evidentes antes de la entrega. Paredes que no están a plomo. Acabados que no corresponden con las especificaciones acordadas. Planos mal ejecutados, con omisiones que obligan a retrabajos costosos en tiempo y recursos. Terminaciones mediocres que el desarrollador termina asumiendo, corrigiendo y explicando ante sus propios clientes.

Estas no son situaciones hipotéticas. Son la realidad que viven muchos desarrolladores en la industria, y que tiene consecuencias en cadena: fechas de entrega incumplidas, inversionistas afectados que se programaron para recibir sus inmuebles en un tiempo determinado, y una reputación que se erosiona, silenciosamente, proyecto a proyecto.

El juego de la pelota

Lo que más duele no son los defectos en sí mismos. En construcción, como en cualquier industria compleja, los errores ocurren. Lo que verdaderamente revela el carácter de una organización es cómo responde cuando algo sale mal.

Y aquí es donde aparece una práctica que, lamentablemente, no es infrecuente: el juego de la pelota. Nadie saca la cara. El líder que firmó el contrato delega hacia abajo; el equipo técnico señala hacia el subcontratista; el subcontratista apunta hacia los materiales. En medio de esa cadena de evasiones, el desarrollador espera respuestas que no llegan, o que llegan envueltas en la frase que menos quiere escuchar: «estamos evaluando los procesos».

Hay momentos que no son para evaluar. Son para accionar. La diferencia entre un líder y alguien que simplemente ocupa un cargo de liderazgo está, precisamente, en saber distinguir cuándo toca cada uno.

El costo de desaparecer

Creo profundamente en delegar como una herramienta esencial del liderazgo efectivo. Pero hacerlo no es sinónimo de desaparecer. Esa distinción es fundamental.

Cuando un directivo da la cara para cerrar una negociación, pero se convierte en fantasma cuando hay que corregir los errores de su equipo, no solo está fallando a su cliente: está revelando una debilidad profunda. Está diciendo, con sus acciones, que su presencia era instrumental, no genuina. Que el compromiso duró exactamente lo que duró el brindis.

Las consecuencias son más profundas de lo que parecen. Una constructora puede ser contratada una vez, pero si la respuesta ante los problemas fue el silencio o la evasión, no habrá una segunda oportunidad. 

En un sector donde la confianza se construye despacio, pero la reputación viaja rápido, ese es un precio altísimo.

¿Cómo debería verse la responsabilidad integral?

Imaginemos un escenario diferente. Una constructora recibe observaciones sobre deficiencias: una filtración detectada en pruebas, un acabado fuera de especificación o un detalle arquitectónico pendiente. En lugar de iniciar el circuito de culpas, el líder responsable convoca a las partes, evalúa con rapidez y presenta al desarrollador un plan concreto: qué se va a corregir, cómo y en qué tiempo. 

No promesas generales, sino compromisos específicos y verificables.

Ese gesto —sencillo en apariencia, transformador en la práctica— es lo que distingue a una constructora que construye relaciones de una que solo construye edificios. Porque en este negocio la obra termina, pero la relación, si se cuida, no tendría por qué hacerlo.

La responsabilidad integral no es un concepto abstracto. Es presentarse. Es dar la cara. Es sentarse con las cartas sobre la mesa, aunque el panorama no sea el ideal. Es entender que resarcir un daño en el menor tiempo posible no es una derrota: es la mayor demostración de profesionalismo que existe.

El sector inmobiliario tiene un enorme potencial en nuestro país, pero ese potencial solo se sostiene sobre una base: la confianza. Y la confianza no se gana en la firma del contrato. Se gana, o se pierde, en cómo respondemos cuando algo no sale como se planeó.

Si hay tiempo para licitar, para negociar y para firmar, también debe haberlo para responder.

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El contenido y las opiniones aquí expuestas corresponden únicamente a su autor. Inmobiliario.do no asume responsabilidad por dichas afirmaciones ni las considera vinculantes a su visión editorial.
Raquel Salas
Raquel Salas
Relacionista pública de los desarrollos Mystiq, CEO y fundadora de Reenfoque Positivo y Equilibrio Inmobiliario, directora Grupo de Medios RP, coach integrativa certificada por John Maxwell Leadership, autora de «Antes de Decir que Sí» y «Tiempo para Mí».
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