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Las maripositas de San Juan ya no vienen

Nadie firmó una orden de extinción. Nadie decidió en una cumbre que debían irse y hoy, los niños del sur y la capital no saben lo que es correr detrás de una nube amarilla el 24 de junio. No tienen esa memoria en el cuerpo

SANTO DOMINGO. – Había una vez, no hace demasiado tiempo, en que la llegada del verano se vivía en calles y campos por igual, bajo el mismo signo, y no era el calor, que en estas latitudes se siente antes y se queda más, sino cuando aparecían ellas el 24 de junio, día de San Juan Bautista.

Cientos de maripositas amarillas cambiaban la dinámica de juego de la muchachada en campos y ciudades. Era una nube amarilla, temblorosa, leve como un suspiro colectivo, que descendía sobre la ciudad y la convertía en otra cosa. En algo vivo, alegre. Tan propio que se las bautizó como “Las maripositas de San Juan”, con ese diminutivo cariñoso que el español dominicano reserva para lo que se ama.

Llegaban puntualísimas, como si tuvieran calendario propio y supieran que ese día se les esperaba. Los niños y niñas, sonrientes, acalorados, con las manos abiertas como si pudieran atrapar el aire mismo, corrían detrás de ellas por las aceras, entre los patios, a lo largo de los contenes, en las trochas de los cañaverales, en los pajonales y en los callejones.

Eran ágiles, graciosas, caprichosas. Coquetas se dejaban casi alcanzar y luego doblaban o se elevaban en el último momento, con esa insolencia saberse hermosas. Atrapar una sola era un triunfo que valía contarlo. Imagínese el lector lo que debía ser aquello en el campo.

En las carreteras el espectáculo era otro orden de maravilla. Las migraciones eran tan densas que los automóviles tenían que detenerse. No por ley, ni por señal, sino porque el vidrio quedaba cubierto y no había manera de ver.

Los conductores bajaban, echaban agua, limpiaban el vidrio con parsimonia casi ritual, y seguían. Nadie se molestaba. Era parte del verano, parte del trópico, aunque no se tuviera claro ese concepto.

Eso ya no existe

El biólogo Eugenio Marcano, una de las voces más serias que tuvo al país en materia ambiental, lo dejó escrito con la sencillez de quien ha estudiado un fenómeno y entiende su peso: esa visión ya es historia que vive en la memoria.

La razón, dijo, es la desaparición de los bosques con las plantas que estas mariposas necesitan para poner sus huevos y alimentar a sus larvas. Sin esas plantas, no hay ciclo. Sin ciclo, no hay mariposas. Sin mariposas, el 24 de junio es solo otro día caluroso de junio.

Las especies que protagonizaban ese vuelo, la Ascia monuste, la Kricogonia lyside, la Phoebis sennae con su amarillo azufre intenso, no desaparecieron porque sí. Lo hicieron porque desapareció lo que las sostenía: los márgenes de bosque, las plantas silvestres de ribera, los terrenos abiertos sin herbicida.

El Valle de San Juan, que alguna vez fue uno de los territorios más fértiles y biodiversos del Caribe, lleva décadas cediendo ese patrimonio a la presión agrícola, a los agroquímicos, a la deforestación silenciosa que no sale en los titulares porque no tiene el drama fotogénico de un incendio.

No desapareció un árbol monumental ni un bosque que alguien pudiera fotografiar ardiendo. Fueron los arbustos silvestres de los bordes de los caminos, esa vegetación baja y que crecía sin que nadie la sembrara ni la cuidara, a las orillas de los caminos, en las cunetas, en los terrenos que todavía se llamaban baldíos.

Han desaparecido plantas nativas como la cañafístula (Senna y Cassia) y el café de burro o alcaparro (Capparis) o el guatapanal (Caesalpinia coriaria), indispensables para que estas especies completen su ciclo de vida.

Las mariposas de San Juan necesitaban esas plantas para poner sus huevos y alimentar sus larvas. Sin ellas, el ciclo se rompe. Y esas plantas desaparecieron de la misma manera silenciosa en que lo hacen todas las cosas que nadie valora: un herbicida por aquí, un desmonte por allá, un terreno que se limpió porque lo limpio se ve bien.

Nadie las lloró. Nadie las echó de menos. Hasta que un 24 de junio las mariposas dejaron de llegar, porque se les quitó el mundo que necesitaban para existir, y ellas, con la fragilidad honesta de lo pequeño, se fueron.

Nadie firmó una orden de extinción. Nadie decidió en una reunión que las maripositas de San Juan debían irse.

Hoy los niños del sur y la capital no saben lo que es correr detrás de una nube amarilla el día de San Juan. No tienen esa memoria en el cuerpo.

Y eso que parece una pérdida menor, ¿qué son unas mariposas frente a todo lo que nos preocupa?, es en realidad la señal de algo mucho más grave: un ecosistema que envía un mensaje en el único idioma que le queda: el silencio. La ausencia. El parabrisas limpio al final de un viaje el 24 de junio.

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Solangel Valdez
Solangel Valdez
Periodista, fotógrafa y relacionista. Aspirante a escritora, leedora, cocinadora y andariega.
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