SANTO DOMINGO. – En pleno siglo XXI, hablar de piratería refiere a copiar programas informáticos, libros o al gracioso e inefable Jack Sparrow, de la serie cinematográfica Piratas del Caribe, a su archienemigo Salazar y al mítico barco Perla Negra.
Pero cuando los cronistas del siglo XVI hablaban de La Española, no la describían solo como la primera colonia del Nuevo Mundo, sino como una isla asediada cuyas costas largas, abiertas y difíciles de vigilar se convirtieron en escenario de ataques, refugios improvisados y naufragios que aún hoy alimentan leyendas.
La costa norte y el nacimiento del bucanero
El norte de la isla, desde Monte Cristi hasta Puerto Plata, fue durante décadas un territorio al que la Corona española le puso poco caso y tampoco tenía mucho control. Allí surgieron los bucaneros, que eran originalmente cazadores franceses e ingleses que ahumaban carne en parrillas llamadas boucan (de donde deriva el nombre).
Al principio estos hombres no eran piratas, sino que vivían de la caza de reses cimarronas y del comercio ilegal de carne y cueros. Sin embargo, como documenta Alexandre Exquemelin en Historia de los bucaneros de América (1678), muchos terminaron armándose y embarcándose en ataques contra naves españolas cuando el comercio y la persecución los empujaron al mar.
En nota al margen, el nombre de “cueros” asignado a las damas dedicadas a la prostitución, y considerado un término vulgar, surgió porque en esa época estas mujeres formaban parte del intercambio comercial: eran moneda de cambio por las pieles de reses.
La Tortuga: el puerto sin ley
Frente a la costa norte de La Española, del lado de Haití, se encuentra la isla de la Tortuga, quizá el enclave más importante de la piratería caribeña en el siglo XVII. Desde allí operaron las temidas figuras de François l’Olonnais y Michel de Grammont.
El Olonais utilizó la Tortuga y la costa norte de La Española como bases logísticas antes de atacar puertos españoles en Cuba y Centroamérica.
Exquemelin lo describe como brutal incluso para los estándares de su tiempo, y relata que varios de sus barcos encallaron o se perdieron en tormentas entre la Tortuga y la costa dominicana, obligando a sus hombres a sobrevivir semanas tierra adentro, según describió Exquemelin (1678).
Corsarios: piratas con licencia
No todos los hombres armados en el Caribe eran forajidos. Los corsarios operaban con patentes de corso, documentos oficiales emitidos por reyes o gobernadores que les autorizaban atacar naves enemigas en tiempos de guerra.
Un ejemplo clave es Sir Francis Drake, quien en 1586 atacó Santo Domingo y permaneció varias semanas en la ciudad tras tomarla. La crónica de Richard Hakluyt (The Principal Navigations, de finales del siglo XVI) describe cómo Drake usó la bahía y las corrientes cercanas para maniobrar su flota, y cómo varios barcos menores sufrieron daños al intentar entrar al puerto.
Aunque Drake no “vivió” en la isla, su paso dejó una huella duradera: demostró que Santo Domingo era vulnerable y convirtió a La Española en un objetivo recurrente.
En la cultura popular, un restaurante muy exitoso entre las décadas 80, 90 y 2000, fue nombrado en honor del corsario.
Filibusteros: cuando todo se mezcla
El término filibustero (del holandés vrijbuiter) se usó para describir a quienes no encajaban del todo como bucaneros ni corsarios. Eran marinos armados, de múltiples nacionalidades, que operaban desde Tortuga, Jamaica o la costa de La Española, a veces con permiso y a veces sin él. Eran los verdaderos piratas del Caribe.
Henry Morgan, aunque basado en Jamaica, influyó directamente en esta red, según escribió Peter Earle en The Pirate Wars, de 2003, donde contó que los hombres de Morgan utilizaron puertos improvisados en La Española para abastecerse y reparar naves.
En más de una ocasión, tormentas en el Canal de los Vientos provocaron naufragios parciales, cuyos restos nunca se recuperaron por completo.
La isla que tragó barcos
La costa de La Española fue particularmente peligrosa por los bancos de arena mal cartografiados, los huracanes estacionales y las corrientes traicioneras. La isla era una trampa muchas veces mortal.
Los archivos españoles citados por Carlos Esteban Deive en Piratas y corsarios en Santo Domingo, de 1996, mencionan embarcaciones francesas y holandesas perdidas frente a Monte Cristi y Samaná, sin que se pudiera determinar si fueron hundidas por tormentas o por fuego enemigo.
Los hombres pasaron. Algunos murieron, otros naufragaron, muchos desaparecieron sin registro. La Española, en cambio, quedó como testigo silencioso: costa de refugio, de emboscada y de pérdida.
Un eco tardío: Cofresí
Mucho después, en el siglo XIX, Roberto Cofresí operó entre Puerto Rico, La Española y las Islas Vírgenes.
No fue bucanero ni filibustero, sino un pirata independiente de otra era, pero su figura funciona como epílogo natural de esta historia: el último reflejo de un Caribe donde la ley del mar aún competía con la de los imperios, tal como describió López Cantos en Historia de la piratería en Puerto Rico.
Hoy una parte de la costa de Puerto Plata y una playa llevan su nombre, como un eco reminiscente de esa época convulsa.
Palenque en la memoria
En la memoria marítima de Palenque, en la costa de San Cristóbal y sus bahías, aún se habla de antiguos combates navales y se han identificado barcos franceses de guerra hundidos tras enfrentamientos con fuerzas inglesas a inicios del siglo XIX.
Las tradiciones locales han asociado estos hundimientos, con algo de licencia narrativa, a la presencia de corsarios en las aguas de Sabana Palenque, por lo que las leyendas marineras aún hablan de naves enemigas halladas en el fondo del mar.
Restos arqueológicos subacuáticos de buques franceses hundidos tras combates con ingleses a principios del siglo XIX han sido interpretados como huellas de antiguos corsarios que merodearon estas aguas.
Aunque la documentación estricta sobre una ‘batalla pirata’ en Palenque es escasa, la presencia material de estos barcos hundidos sirve de puente entre la historia colonial y la memoria popular.
Si las aguas de Palenque guardan cascos hundidos de viejas naves, y si las crónicas del interior dan cuenta de bucaneros que salían de la Tortuga para atacar Santiago, entonces la línea entre historia y leyenda no es tan fina.
De la leyenda a Hollywood
Esa misma ambigüedad es la que el cine nos arroja en la pantalla, donde los piratas han pasado de ser personajes temidos a simpáticos héroes de aventura.
Hoy, al recorrer las playas, pocos imaginan que en muchas encallaron barcos sin bandera y se decidieron pequeñas guerras que cambiaron el Caribe para siempre.
Con el paso del tiempo, aquella violencia real, hecha de hambre, naufragios y sangre, fue transformándose en relato romántico y el cine terminó de pulir la imagen: el pirata dejó de ser depredador del comercio y se convirtió en aventurero carismático, ingenioso y casi siempre libre.
Hollywood sustituyó el miedo por la épica y el saqueo por la fantasía.
Películas como Captain Blood (Michael Curtiz, 1935), The Sea Hawk (1940) o Treasure Island en sus múltiples versiones, fijaron durante décadas la iconografía del pirata noble y hace más de 20 años la saga Piratas del Caribe terminó de consolidar ese imaginario para el siglo XXI, mezclando elementos históricos con humor, superstición y espectáculo.
No es casual que parte de ese universo fílmico haya regresado a las mismas costas que una vez conocieron a bucaneros y filibusteros.
Varias escenas de Piratas del Caribe fueron rodadas en Samaná, República Dominicana, donde la selva, las playas y las aguas abiertas aún conservan la atmósfera indómita que el cine busca recrear.
Así, La Española vuelve a aparecer, ahora en la pantalla, como escenario de historias que nunca dejarán de contarse.
Una diferenciación necesaria
Bucaneros: cazadores convertidos en piratas, nacidos en La Española.
Corsarios: marinos con autorización legal para atacar al enemigo.
Filibusteros: piratas híbridos, sin lealtad fija, producto del caos caribeño.




