SANTO DOMINGO. – La escena es sencilla y radical: Jesús lava los pies de sus discípulos. Un gesto íntimo, cotidiano, casi doméstico. No hay espectáculo, sino servicio.
“Si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros” (Juan 13:14).
En una época donde el bienestar se vende como experiencia individual, el Jueves Santo introduce una idea incómoda: también se construye en relación.
Sostener a otros no es perderse, es ampliarse.
La Madre Teresa de Calcuta lo expresó de forma directa: “Quien no vive para servir, no sirve para vivir.”
A veces, el equilibrio propio pasa por mirar hacia afuera.
Lecturas recomendadas:
- Lunes Santo: la arquitectura del silencio
- Martes Santo: la incomodidad de lo verdadero
- Miércoles Santo: El peso de las decisiones


