En la mayoría de los desarrollos de nuestra región, la primera decisión de diseño se toma antes de dibujar una sola línea: hacia dónde mira el edificio. Con demasiada frecuencia esa decisión se hereda de la forma del terreno o de la cantidad de unidades que hay que meter, y se descubre después, cuando el comprador enciende el aire acondicionado y no lo apaga nunca más.
En latitudes tropicales el sol trabaja distinto. Pega fuerte y alto durante casi todo el año, con poca variación entre estaciones. Las fachadas este y oeste reciben sol bajo en la mañana y en la tarde, que entra horizontal por la ventana y calienta el interior de forma directa. Las orientaciones norte y sur reciben una radiación mucho más manejable. Dos apartamentos idénticos, en la misma torre, pueden tener varios grados de diferencia de temperatura interior según a dónde miran.
Eso se traduce en dinero todos los meses. En clima cálido el aire acondicionado es la mayor carga eléctrica de una vivienda, y buena parte del calor que tiene que combatir entró por vidrio sin protección. Un ventanal expuesto al sol de la tarde deja pasar varias veces más calor que ese mismo ventanal protegido por un alero, un quiebrasol o un balcón profundo. La factura la paga el residente durante toda la vida del edificio.
La sombra es un material de proyecto y hay que dibujarla con esa seriedad. Aleros dimensionados según el ángulo solar de la latitud, parasoles verticales en las fachadas este y oeste, celosías, dobles pieles, balcones que además de área de venta funcionan como protección. La arquitectura tropical histórica de LATAM y el Caribe ya tenía esto resuelto con galerías, persianas, contraventanas y techos altos. Vale la pena volver a mirarla con ojos técnicos.
La ventilación cruzada es la segunda herramienta y sigue siendo gratis. Aberturas en fachadas opuestas, una planta que permita que el aire atraviese en lugar de chocar con un muro, ventilación nocturna para descargar el calor acumulado durante el día. En las costas del Caribe y del Pacífico centroamericano, donde la brisa es constante y confiable, una vivienda bien planteada puede pasar buena parte del año en confort sin encender un equipo.
Y está el agua, que en el trópico llega concentrada y con fuerza. Pendientes de techo generosas, voladizos que protejan la fachada del golpe directo de la lluvia, goterones bien detallados para que el agua se despegue del muro, y drenaje pluvial dimensionado con holgura sobre lo que pide la norma. Sumado a eso, la humedad relativa alta obliga a escoger materiales que la toleren y a ventilar de verdad los espacios cerrados.
En los proyectos que dirigimos con mi equipo de arquitectos e ingenieros, el estudio de asoleamiento y de vientos se hace antes de fijar la volumetría. Con esa información se decide qué tipologías van en cada orientación, cuáles reciben protección adicional y dónde conviene abrir. Eso ordena el mix de venta, reduce la operación del edificio y evita la conversación de tener que justificar después una decisión que ya se tomó.
El clima del trópico tiene una ventaja enorme: es constante y predecible. Es de las poquísimas variables de un desarrollo que se conocen con certeza desde el primer día, mucho antes que el costo del acero o el ritmo de las ventas. Diseñar con esa información a favor es de las decisiones que más valor agregan y menos cuestan tomar.
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