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El Plan de Emergencia y los muros de la vergüenza

“Eso, lo hizo Balaguer” decía convencido Don Chencho, un personaje que identificaba al hombre simple, en la campaña electoral del Partido Reformista de 1986, cuando Balaguer quería retornar al poder que había perdido en 1978. Apelaba a la agresiva política constructiva del período de los 12 años

SANTO DOMINGO. – En el cruce del puente Duarte, el 27 de abril de 1965, el bando civil constitucionalista detuvo el avance de las fuerzas militares que contaban con el respaldo de tropas de la Organización de Estados Americanos y de los Estados Unidos.

Ese lugar, en la entrada de Villa Francisca, fue uno de los escenarios más activos de la Guerra de Abril y uno de los primeros proyectos de renovación urbana del gobierno de Balaguer fue precisamente allí: la construcción de la Plaza de la Trinitaria, frente al puente Duarte.

Natalia Ulloa Cáceres, citando investigaciones sobre la memoria histórica del sector, señala que esa construcción de embellecimiento tuvo como fin borrar el recuerdo del lugar, creando una nueva imagen a la entrada de la ciudad, delimitada por edificios residenciales de cuatro a cinco alturas, suficientes para ocultar de la vista a los barrios del sector, estableciendo una suerte de escenario en el cual la pobreza no se elimina sino que se esconde.

La Guerra de Abril había tenido en los barrios populares de la capital, especialmente en Villa Francisca, un protagonismo que las autoridades no olvidaron, y el hecho de que la primera gran operación de renovación urbana de Balaguer tuviera como punto de partida, precisamente ese lugar, señala algo sobre la naturaleza política de lo que se presentaba como política de vivienda y modernización urbana.

Y fue un patrón que a lo largo de los años setenta se convirtió en programa estatal. El gobierno puso en marcha el llamado Plan de Emergencia, con el que se pretendía lograr la transformación urbana de la capital y la metodología fue consistente: demolición de asentamientos marginales, trazado de avenidas sobre el tejido existente de barrios populares y construcción de edificios a los lados de las nuevas vías. Esos edificios, que creaban una barrera visual entre el recorrido por las nuevas avenidas y el resto de los barrios marginados sin intervenir, recibieron el nombre popular de muros de la vergüenza.

Ulloa Cáceres documenta que al trabajar sobre la base de la eliminación de las viviendas existentes surgía la necesidad de realojar a las familias, con lo cual el impacto de esas construcciones en la reducción del déficit cuantitativo se hacía minoritario. Más que eliminar el déficit habitacional, la política tenía objetivos higienistas y el propósito de crear una nueva imagen para convertir la capital en la postal perfecta del desarrollo del país.

La avenida 27 de Febrero fue uno de los ejes de esa transformación. Su trazado atravesó el sector de Villa Francisca, barrio de tradición obrera cuya participación en la guerra civil lo había convertido en símbolo de la resistencia popular.

Edificios en la cabecera occidental del puente Francisco del Rosario Sánchez, en la avenida homónima y que sirven de muro visual al «semillero» del sector Domingo Savio. (Fuente: AGN).

Los bloques de apartamentos construidos a lo largo de esa avenida incluían locales comerciales en planta baja, aprovechando su localización en una zona de gran actividad comercial y la imagen resultante era moderna por fuera y ocultaba por detrás el tejido remanente de un barrio cuyos problemas de habitabilidad, según señala Ulloa Cáceres, décadas después no solo seguían existiendo sino que tendían a empeorar.

El barrio General Antonio Duvergé, conocido popularmente como Honduras, ofrece otro ángulo del período. Fue proyectado en 1968 por el arquitecto Rafael Thomas Hernández como parte de la política desarrollista de Balaguer, y se localizó sobre el eje de la avenida Independencia, al sur del parque Mirador Sur.

Su trazado urbano dispuso manzanas de gran tamaño con diferentes formas y proporciones en torno a espacios centrales reservados para uso dotacional. Combinó tipologías de vivienda colectiva en bloques de tres y cuatro niveles con espacios abiertos que, en su estado original, integraban una suerte de parque de barrio.

La tesis doctoral de Ulloa Cáceres incluye un análisis detallado del estado del barrio cuarenta años después de su construcción, usando el General Antonio Duvergé como caso de estudio sobre las posibilidades y limitaciones de intervenir en el parque construido existente.

La geografía de esa renovación tenía también una lógica de segregación social que era explícita aunque raramente reconocida en los discursos oficiales.

Ulloa Cáceres señala que el desarrollo urbano del período creó una ciudad en la que las clases sociales comenzaron a instalarse en áreas diferenciadas, resultando en una segregación que el régimen no veía como problema sino como consecuencia natural del desarrollo.

Edificios mutifamiliares ubicados en la avendia Jiménez Moya. (Fuente: AGN).

Mientras el sector privado construía para las clases medias y altas en nuevos sectores como NACO, que introdujo en Santo Domingo el modelo de la suburbia norteamericana con su primera gran urbanización en parte de los terrenos del antiguo aeropuerto General Andrews, el Estado levantaba vivienda de promoción pública sobre barrios populares demolidos, reubicando a sus habitantes en condiciones que frecuentemente no mejoraban las que habían tenido antes.

El escritor y activista Mike Davis, en su libro Planet of Slums, comparó las operaciones urbanas de Balaguer con la transformación que el barón Haussmann realizó en el París del siglo XIX: además de monumentalizarse a sí mismo, Balaguer quería “haussmannizar” los enclaves tradicionales de resistencia urbana.

“Su objetivo principal era Sabana Perdida, enorme zona de bajos ingresos al noreste del centro de la ciudad”. La cita está tomada de investigadores que trabajaron directamente en ese sector y que documentaron que el plan era deshacerse de elementos problemáticos en los barrios de clase obrera de la ciudad alta, derivándolos a las afueras, en un contexto en que los recuerdos de la revolución del 1965 (y los disturbios de 1984 más adelante) sugerían que sería conveniente eliminar el centro de la protesta política y la oposición.

La urbanista Amparo Chantada, especialista en geografía urbana con amplio recorrido en el estudio de la realidad capitalina, analizó los efectos colaterales de esa renovación sobre el resto del territorio: el gobierno trasladó la pobreza a las afueras de las ciudades, construyó para sus funcionarios apartamentos de lujo y acondicionó el espacio urbano del capital financiero sobre los terrenos centrales ocupados por sectores humildes.

La capital, concluyó Chantada, citada por Ulloa Cáceres, creció más de noventa kilómetros cuadrados como resultado de esas operaciones.

Serie: Historia de la vivienda social en República Dominicana. (Capitulo VIII).

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Solangel Valdez
Solangel Valdez
Periodista, fotógrafa y relacionista. Aspirante a escritora, leedora, cocinadora y andariega.
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