Por primera vez, el Estado dominicano apostó por el bloque multifamiliar como modelo de vivienda social, rompiendo con la tipología unifamiliar que había dominado desde los Barrios de Mejoramiento Social de Trujillo. Un giro arquitectónico más pragmático que vanguardista y lo que representó para una ciudad donde la casa rural seguía siendo la norma
SANTO DOMINGO. – El 27 de enero de 1969, el presidente Joaquín Balaguer pronunció un discurso ante la VII Conferencia Interamericana de Ahorros y Préstamos en la sede del Congreso Nacional. El título que eligió para esa intervención, lo dice todo, según recoge la investigadora Natalia Ulloa Cáceres: «Construir es la palabra mágica para cualquier gobierno en América Latina».
Tres años después de haber iniciado su primer mandato, Balaguer ya había establecido con claridad que la construcción no era para él una respuesta a necesidades sociales sino un motor de desarrollo económico y poder político.
Cuando en 1966 la Oficina del Secretariado Técnico de la Presidencia inició la construcción de los primeros conjuntos habitacionales del nuevo gobierno, en terrenos entonces periféricos de Santo Domingo, no lo hizo como parte de un plan para eliminar el déficit de vivienda que se acumulaba desde hacía décadas.
Lo hizo dentro de un modelo de política que usaba la obra pública como dinamizadora de la economía y como instrumento de consolidación política. La vivienda, en ese esquema, era al mismo tiempo producto y mecanismo de clientelismo.
El giro arquitectónico que marcó el inicio de ese período fue notable y el primer cambio visible fue tipológico: en 1966 se construyeron los primeros edificios de mediana altura en el sector Mata Hambre, contiguos al conjunto de la Feria de la Paz que Trujillo había levantado en los años cincuenta.
Era la primera vez que el Estado dominicano apostaba por la vivienda colectiva en bloques de varios pisos como modelo de vivienda social y hasta entonces, los programas habitacionales del régimen anterior habían reproducido la vivienda unifamiliar con variaciones de tipología y dimensión según el nivel de ingreso del beneficiario.
El bloque multifamiliar de mediana altura representaba, en el contexto de una ciudad en la que el modelo de casa predominante seguía siendo una tipología espacial y material más propia de zonas rurales, representaba una imagen de avance y modernización que marcó un quiebre visual en la ciudad.
La arquitectura habitacional característica de esos primeros años fue, en palabras de Ulloa Cáceres, un ensayo en la búsqueda de tipologías de volumetría sencilla y ejecución económica. Los proyectos de ese período constituían para la época una arquitectura de vanguardia, aunque su vanguardismo era más bien pragmático: la novedad estaba en la escala, no en la experimentación formal.
Lo que se buscaba era encontrar la manera más eficiente de construir la mayor cantidad posible de unidades habitables al menor costo posible, en un contexto en el que el hormigón armado se había convertido ya, desde los tiempos de Trujillo, en el material dominante y en símbolo de la modernidad oficial.
El arquitecto Rafael Thomas Hernández fue, en ese período, una figura central en la producción de vivienda pública. Graduado de la Universidad Autónoma de Santo Domingo en 1956, había trabajado desde sus años de estudiante como dibujante en el despacho del arquitecto Eduardo Rodríguez, participando en el trazado del barrio María Auxiliadora.
Años después colaboró con Guillermo González en el proyecto del conjunto de la Feria de la Paz. Ya en el período de Balaguer, Thomas Hernández fue responsable del diseño de Mata Hambre, del barrio Guachupita, de los edificios de la Plaza de la Trinitaria y de varios bloques de vivienda en la renovación de la avenida 27 de Febrero.
Su nombre aparece también en la proyección de conjuntos más tardíos como Hoyo de Chulín y Los Mameyes. Según la documentación recogida por Ulloa Cáceres en su investigación, Thomas Hernández fue uno de los arquitectos con mayor participación en la política habitacional de los gobiernos de Balaguer.
La política de vivienda de este primer período se insertó dentro de un modelo más amplio de inversión en construcción que abarcó obras de infraestructura, edificios para oficinas gubernamentales, equipamientos culturales y deportivos.
Fue en este período cuando se construyó la Plaza de la Cultura Juan Pablo Duarte, inaugurada en 1970, que reunió a los arquitectos más destacados de la generación activa en esos años: Danilo A. Caro diseñó la Biblioteca Nacional, José Antonio Caro Álvarez el Museo del Hombre Dominicano, Teófilo Carbonell el Teatro Nacional y José Miniño la Galería de Arte Moderno.
Roberto Segre, en su libro Un Siglo de Arquitectura Antillana, describe ese conjunto como una obra de prestigio que intenta recuperar una imagen social positiva de la iniciativa gubernamental, subrayando que en la década del setenta, en Santo Domingo, la monumentalidad de la era de Trujillo fue sustituida por una arquitectura de fuertes miembros constructores y amplios espacios aporticados, elaborados cuidadosamente en sus detalles formales y constructivos.
También en esos años se construyeron nuevos parques urbanos: el Parque Zoológico Nacional, el Jardín Botánico Nacional y el Mirador del Sur, una franja verde de diez kilómetros en dirección este-oeste que al día de hoy permanece como uno de los espacios verdes más extensos de la ciudad. Ulloa Cáceres señala que la reserva de esas áreas naturales y fue uno de los aciertos de esa gestión.

Pero el modelo tenía una contradicción de fondo: mientras el sector privado consolidaba su actividad constructora y ampliaba la oferta para las clases medias y altas, el Estado construía viviendas de promoción pública que no necesariamente llegaban a quienes más las necesitaban.
El ritmo de las construcciones documenta Ulloa Cáceres, no logró en ningún momento solucionar el déficit habitacional, principalmente por el gran proceso de migración interna que se produjo en oleadas en los años sesenta y setenta.
Según datos de la Oficina Nacional de Planificación, desde 1959 hasta 1981 más del veinte por ciento de la población dominicana realizó desplazamientos entre provincias, generando un despoblamiento relativo de muchas zonas rurales y una presión sobre Santo Domingo que ningún programa habitacional estaba dimensionado para absorber.
Serie: Historia de la vivienda social en República Dominicana. (Capitulo VII).
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