En esta segunda entrega de la serie “De polos turísticos a un territorio turístico”, dirigimos la mirada hacia el Este y a una transformación que permite entender el potencial de esta visión.
Cuando observamos hoy Punta Cana, resulta fácil olvidar que la dimensión actual de ese territorio no existió siempre. Su transformación demuestra lo que puede ocurrir cuando coinciden durante décadas visión empresarial, infraestructura, conectividad aérea, inversión privada, oferta hotelera, desarrollo inmobiliario y posicionamiento internacional.
Por eso considero que Punta Cana no representa un problema de concentración turística. Representa, ante todo, una demostración de lo que República Dominicana es capaz de construir. El crecimiento hotelero generó visitantes y empleos, pero alrededor de esa actividad comenzó a desarrollarse una economía territorial mucho mayor.
Aparecieron viviendas, apartamentos turísticos, villas, plazas comerciales, restaurantes, centros educativos, servicios médicos, oficinas, logística y múltiples actividades vinculadas directa o indirectamente al crecimiento de la región. El turismo terminó creando ciudad.
Y posiblemente esa sea una de las principales enseñanzas que el Este puede ofrecer al resto del país. El valor inmobiliario no surgió solamente porque existieran buenas playas. Se fortaleció porque alrededor del atractivo natural se construyó un ecosistema capaz de sostener inversión.
Aeropuerto, carreteras, seguridad, servicios, marcas internacionales, oferta complementaria y confianza fueron reduciendo progresivamente la percepción de riesgo del territorio. Cuando disminuye el riesgo y aumenta la demanda, cambia también la valoración inmobiliaria.
Cap Cana representa otra expresión de ese proceso. La Romana y Bayahíbe consolidaron productos diferentes. Y el crecimiento reciente de Miches demuestra que incluso el propio Este está buscando nuevas fronteras y diversificando su oferta.
Esto es importante. Diversificar no significa debilitar los destinos consolidados. Puede significar precisamente lo contrario: fortalecer el país como destino y ampliar las oportunidades de inversión.
Entonces, el tema no es cuánto más puede crecer Punta Cana, sino, qué hemos aprendido de Punta Cana, que pueda ayudarnos a transformar otras regiones dominicanas. Y no se trata de copiarla.
Cada territorio posee identidad, economía, paisaje y vocación diferentes. Lo que sí puede replicarse es la lógica que hizo posible su transformación: infraestructura primero acompañando la inversión, conectividad, planificación, seguridad jurídica y participación del capital privado.
El resultado podría ser extraordinariamente importante para el sector inmobiliario. Porque cuando aparecen nuevos territorios competitivos también aparecen nuevos mercados de suelo, vivienda, segunda residencia, comercio, hotelería y servicios.
República Dominicana podría entonces pasar de tener algunos mercados inmobiliarios altamente concentrados a disponer de múltiples centros de inversión y desarrollo. Y uno de esos territorios está comenzando nuevamente a llamar la atención. No necesita descubrirse porque ya tuvo un papel protagónico en nuestra historia turística. Necesita reinventarse.
El Norte dominicano, con Puerto Plata como eje y el Cibao como respaldo económico, puede convertirse nuevamente en uno de los grandes escenarios de inversión inmobiliaria del país.
Sobre esa oportunidad tratará nuestro próximo artículo.
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