Pero la nostalgia que producen los cambios de espacio físico, personales o empresariales, tiene un peso emocional al que no se le presta la debida atención
SANTO DOMINGO. – En un proceso de mudanza, alguien pregunta por las cajas para guardar los documentos, por la fecha de corte del internet, por si el nuevo estacionamiento tiene suficientes puestos, o donde pega el sol más fuerte en el nuevo local.
Pero nadie pregunta qué pasa con el grupito que se formaba cada mañana alrededor de la cafetera, ese ritual de diez minutos que no estaba en ningún cronograma pero que sostenía, sin que nadie lo supiera, buena parte del ánimo de la oficina.
Ese café, ese momento, no se empaca. Se queda en la dirección vieja, y con él algo que ninguna hoja de traslado contempla.
En una familia que se muda pasa lo mismo, solo que ahí sí, alguien llora frente a la casa vacía, alguien hace un último recorrido por los cuartos antes de entregar las llaves, alguien se queda mirando la marca que dejó un cuadro que estuvo en la pared durante quince años.
A eso se le llama duelo. A lo otro, la mudanza de oficina, el cambio de sede, la fusión que reordena hasta el escritorio, casi nunca. Y sin embargo el cuerpo no distingue tan bien entre las dos cosas como se suele creer.
La psicóloga dominicana Leyshy Cabrera lo describe de una manera que podría incomodar a cualquier departamento de recursos humanos: cuando algo con apego construido desaparece, hay una caída real en la energía vital de la persona.
En un niño que cambia de escuela, eso se traduce en bajas notas. En un adulto que cambia de oficina, podría traducirse en la caída de productividad que, después, se explica con cualquier excusa menos la correcta.
El psiquiatra español Joseba Achotegui pasó años documentando algo parecido en gente que migraba de país: no es una sola pérdida la que se atraviesa, son siete a la vez: la familia, la lengua, la cultura, la tierra, el estatus, el grupo de pertenencia, hasta la sensación de seguridad física.
Nadie cruza un océano para cambiar de piso de oficina, pero visto en miniatura, se pierde estatus simbólico cuando la oficina nueva es más pequeña, aunque el negocio vaya mejor. Se pierde grupo de pertenencia cuando el equipo que se sentaba junto se separa por otra distribución. Y nadie factura eso.
Lo que distingue a una mudanza bien llevada de una mal llevada no es la logística, eso lo resuelve cualquier empresa de mudanzas, sino si alguien se dio el permiso de cerrar algo antes de abrir lo nuevo.
El psicólogo Constantine Sedikides encontró, después de años estudiando la nostalgia, que extrañar lo que se deja atrás no paraliza a nadie: al contrario, es lo que le da a la gente más claridad sobre hacia dónde quiere ir después.
Lo que sí paraliza, en cambio, es fingir que no hay nada que extrañar. Pero la nostalgia se queda rondando la oficina nueva como un mueble que nadie recuerda haber comprado.
Muchas personas cambian de dirección postal constantemente, en lo personal y en lo empresarial. Lo raro no es mudarse, sino que sigamos actuando como si eso no costara nada.
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