La advocación se ha convertido en un símbolo cultural más que en una designación estrictamente eclesial, y eso explica por qué generaciones completas de dominicanos, sin importar su religiosidad, sienten un apego profundo a la figura de “Tatica, la de Higüey”.
SANTO DOMINGO. – En el alba fresca del 21 de enero, pasos y promesas se confunden en las vías de acceso a Salvaleón de Higüey, sitio de la Basílica Catedral de Nuestra Señora de la Altagracia, a donde se dirige la mayor peregrinación religiosa que ocurre en el país.
Llegan a saludar, honrar, agradecer o pedir favores a esa Virgen que, por generaciones, ha acompañado la fe y el dogma de muchos católicos del país: la Virgen de la Altagracia.
Entre esas caravanas que invaden la ciudad desde todos los puntos para confluir en el templo, hay familias completas en autobuses abarrotados, camionetas, minibuses; hay quienes llegan de rodillas; ancianos con bastón y rosario que apenas pueden dar un paso tras el otro; hay grupos que han salido a pie semanas antes, cargando estampitas, flores, promesas y esa obstinada esperanza de ser escuchados por “Tatica”, la Virgencita de la Altagracia, la Madre y Protectora del Pueblo Dominicano.
Identidad más allá de la teología
“La Virgen de la Altagracia es considerada por el pueblo dominicano como su madre espiritual, aunque la patrona oficial desde el periodo colonial sea otra”, explicó el antropólogo Dagoberto Tejeda durante la conferencia “Tatica, la de Higüey”, organizada en el Centro Cultural Banreservas.
Tejeda enfatizó que esta devoción ha ocurrido “a pesar de que la Virgen de las Mercedes sigue siendo canónicamente la patrona oficial”, y lo que realmente ha ocurrido es que la advocación altagraciana se ha convertido en un símbolo cultural más que en una designación estrictamente eclesial.
Lo cual explica por qué generaciones completas de dominicanos, independientemente de su religiosidad formal, sienten un apego profundo a la figura que guarda la Basílica de Higüey. No se trata solo de doctrina; se trata de identidad nacional y colectiva.
Recorrer el cuerpo del país
Aunque en menor medida, en cada templo dedicado a la Virgen de la Altagracia, cada 21 de enero están de fiesta y sus bancos llenos como nunca.
En un coloquio organizado por Centro León en 2016, tanto Dagoberto Tejeda como el antropólogo Carlos Andújar compartieron datos claves sobre las romerías. Tejeda señaló algo que pocos viajeros notan al principio: “Cuando iniciaron estas peregrinaciones, dependiendo de qué lugar de República Dominicana fuera el grupo, se salía hacia la Basílica hasta un mes antes”. Andújar complementó: “Estas tradiciones no solo se dan en Higüey, también en otras provincias se hacen peregrinaciones dentro de la misma ciudad hacia la Iglesia La Altagracia”.
Para los creyentes, la peregrinación no es solo un acto de fe personal, sino un rito social, una forma de inscribir el cuerpo colectivo en la geografía nacional.
El peregrino no se limita a rezar: camina literalmente por la memoria de un pueblo, por las historias de milagros familiares, por la tradición oral que atraviesa regiones y estratos sociales.

Para los creyentes, la peregrinación no es solo un acto de fe personal, sino un rito social.(Imagen creada con IA).
Origen de una devoción secular
La Virgen de la Altagracia tiene raíces, según historiadores dominicanos, tan remotas como el siglo XVI, cuando la figura fue introducida en Higüey por hermanos españoles provenientes de Extremadura. Esta historia de origen, documentada por varios estudios históricos, cuenta que la imagen fue colocada en un lugar público después de que misteriosamente apareciera repetidas veces en un árbol de naranjas, lo cual interpretaron como señal de que no era propiedad privada, sino un signo para toda la comunidad. El misterio y el culto fueron creciendo, y para mediados del siglo XVII la romería a Higüey estaba bien establecida en la isla, con relatos de milagros atribuidos a la intercesión de la Virgen y los fieles acudían.
Arquitectura monumental y poder político
La Basílica Catedral de Nuestra Señora de la Altagracia, donde hoy se venera la imagen principal, es tanto un santuario como un símbolo nacional. Su construcción económica y sostenida tardó aproximadamente 17 años hasta ser inaugurada el 21 de enero de 1971, fecha elegida por su significado devocional, bajo la administración del presidente Joaquín Balaguer, un político que supo capitalizar esta devoción a su favor.
Mostraba una constante devoción a la Virgen: llevaba su imagen siempre en la solapa y acudía a besarla cada año, gesto que muchos percibieron como un acto de identificación política y cultural con la población dominicana que sí profesaba esa fe.
Símbolo nacional y fenómeno transnacional
La devoción a la Virgen de la Altagracia no se limita al país. Dominicanos en el extranjero organizan romerías similares y grupos de fieles llevaron réplicas de la imagen incluso hasta el Vaticano, como parte de celebraciones del Jubileo 2025, recorriendo cientos de kilómetros por rutas europeas como la Vía Francígena. Desde la antropología visual hasta los estudios de arte colonial, investigaciones como la publicada en Arts (revista académica) analizan cómo el culto a la Altagracia en el siglo XVIII funcionó también como un espacio de inclusión social, permitiendo la participación de poblaciones afrodescendientes y mestizas en los rituales del santuario, lo cual incorporaba a sectores marginados al proyecto de nación colonial y luego republicano.
La Madre que entiende todos los lenguajes

La devoción a la Virgen de la Altagracia no se limita al país. (Imagen creada con IA).
Más allá del catolicismo formal, la celebración del 21 de enero también ha sido leída por antropólogos como un espacio donde el sincretismo religioso dominicano se expresa con naturalidad. El folklorista y antropólogo Fradique Lizardo sostenía que la devoción a la Virgen de la Altagracia, como muchas manifestaciones marianas en el Caribe, “funciona como un punto de encuentro entre el catolicismo europeo impuesto y las creencias africanas y populares que sobrevivieron a la Colonia”.
En ese cruce, la Virgen no es solo María madre de Jesús, sino figura protectora, mediadora y maternal, atributos que dialogan con deidades femeninas de origen africano asociadas a la fertilidad, la protección y la tierra.
Lizardo documentó cómo, en contextos rurales, la promesa a la Virgen convivía sin conflicto con rezos, velaciones, baños rituales y prácticas no estrictamente canónicas, sin que los fieles percibieran contradicción alguna. Y estas prácticas continúan a día de hoy, dentro y fuera del país, ya que la diáspora en Estados Unidos o España, celebra la ocasión con fiestas de palos.
Esa lectura es compartida por el antropólogo Dagoberto Tejeda, quien ha explicado en distintos foros académicos y culturales que el sincretismo no debe entenderse como una desviación de la fe, sino como una estrategia cultural de apropiación. “El pueblo dominicano no recibe la religión pasivamente; la reinterpreta, la resignifica y la adapta a su realidad histórica”, ha señalado Tejeda.
En el caso de la Altagracia, esa reinterpretación se manifiesta en la peregrinación misma: caminar largas distancias, cumplir promesas físicas, cargar objetos simbólicos o tocar la imagen, no responde únicamente a la liturgia católica, sino a una religiosidad popular heredera de múltiples matrices culturales.
Así, la Virgen de Higüey no solo preside un altar, sino que habita un territorio simbólico donde conviven la fe, la memoria africana y la experiencia cotidiana del pueblo dominicano.



