InicioAndamio CulturalAvenida Mella 505: donde la capital aprendió a negociar, comer, creer y...

Avenida Mella 505: donde la capital aprendió a negociar, comer, creer y sobrevivir

Huele a ajo y cebolla, a hojas de cilantro aplastadas, a pescado recién llegado, a incienso, a colonia de amor que promete lo que la ciencia no puede. El mercado Modelo huele, sobre todo, a República Dominicana

SANTO DOMINGO. – Desde que abrió sus puertas en 1943, en plena dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, este edificio de la avenida Mella ha sido escenario de la vida cotidiana dominicana en su versión más auténtica: ruidosa, olorosa, negociadora y un poco mágica.

El Mercado Modelo fue una de las obras más funcionales y perdurables de Henry Gazón Bona, arquitecto y astrólogo domínico-francés nacido en 1909. El mismo hombre detrás del Monumento a los Héroes de la Restauración en Santiago y de la Casa Vapor en Santo Domingo, que fue figura central de la arquitectura oficial en La Era, especializado en hormigón armado. El constructor fue Guido D’Alessandro Lombardi y también colaboró el arquitecto Moncito Báez López-Penha.

La estructura, bordeada por las calles Santomé, Hernando de Gorjón, José del Monte y Tejada y la avenida Mella, fue pensada como el primer centro de abasto agropecuario del Distrito Nacional: un mercado moderno para una dictadura que necesitaba mostrar modernidad.

Pero, sobre todo, Santo Domingo necesitaba un centro organizado para el comercio de alimentos, un lugar donde la ciudad pudiera encontrar en un solo sitio lo que llegaba disperso desde todas las regiones del país y para entonces fueron edificados tres similares: uno en San Cristóbal, otro en Santiago y el de Santo Domingo.

Enclave de olores

Varias generaciones guardan un mapa sensorial que ningún plano arquitectónico podría reproducir. Por la calle Hernando de Gorjón entraba la luz de la mañana y con ella el perfume denso de los puestos de flores, mientras las marchantas acomodaban sus ramos junto a los puestos de medicina tradicional o botánicas.

Desde temprano, los olores se mezclaban sin orden ni protocolo: tierra mojada de yuca recién llegada de moca o de Yamasá, pescado fresco, agua de Florida, canela en rama, incienso o mangos y guayabas. Alrededor, los abarrotes, los granos: arroces criollos, desaparecidos hoy, habichuelas negras, rojas, pintas. Café en grano y maíz crudo para tostar.

Las imágenes de cuando se creó el Mercado Modelo y la actualidad. (Foto: AGN/Fidel Pérez).

Las carnicerías, donde enseñaban la diferencia entre el rotí y la bola, y las pescaderías, con los nombres de las especies escritos en cartón, ocupaban el ala oeste y este de la segunda planta, cada una en su territorio. Los almacenes de abarrotes y provisiones se extendían abajo y hacia afuera, desbordando hacia la Hernando de Gorjón.

En el centro de todo, unos pocos gift shops que todavía no sabían que con el tiempo dominarían el paisaje, rodeados de verduleros y uno que otro puesto de venta de anafes y calderos de hierro, jarritos de aluminio y esmaltados, cucharas de palo, medias para colar café, escobas de guano y bacinillas esmaltadas.

Pero el corazón del mercado era su escalinata, en la avenida Mella. Amplia, de tráfico constante, era también el escenario favorito de los billeteros y quinieleros, que ofrecían suerte a cada hora con número distinto y la promesa invariable: este es el premio del domingo. Nadie les creía del todo. Todos los escuchaban y muchos intentaban alcanzar al azar.

Para muchos capitaleños de varias generaciones, el Mercado Modelo fue una escuelita sin matrícula, pues allí se aprendía que la comida tiene geografía. Se aprendía a regatear sin ofender, a sacar cuentas de memoria antes de que el vendedor terminara de hablar, a reconocer el pescado fresco por el ojo brillante y las agallas rojas.

Se aprendía que no todos los plátanos son iguales: ¿esos son de Mao?, no, que ponen las ollas rojas. Que la yuca buena tiene tierra negra: dame yuca mocana, esa solo ve el agua y se abre. Que la yautía de Yamasá tiene una textura que no engaña, y que los roquetes de Moca aparecían como por milagro entre los puestos.

Y entre las viandas y los cortes de carne, convivían sin contradicción los velones de colores, escapularios, las estampas de todos los santos, los relicarios, los polvos de litargirio, las piedras para chisperos, rolos y redecillas. La santería y el abasto doméstico compartieron espacio siempre, como si nadie hubiera trazado nunca una línea entre lo doméstico y lo espiritual.

El mercado que es

Ocho décadas después, el edificio sigue en pie, esa estructura ideada por Gazón Bona, resiste, aunque el tiempo y la falta de mantenimiento le han cobrado su precio. La luz sigue entrando en vertical por las ventanas, iluminando un interior que ha ido cambiando lentamente.

La transformación más visible es la del contenido. Donde antes había puestos de viandas, hoy predominan más de 150 locales de artesanía: muñecas de trapo, joyas de larimar y ámbar, pinturas, llaveros, souvenirs de toda naturaleza

El mercado que alimentaba a los barrios se ha convertido, en buena medida, en el mercado que muestra a los turistas un pedazo de lo dominicano que llevarse a casa.

Lo que no ha cambiado, y quizás no cambiará, es la santería. Los pasillos que ya en los setenta olían a botánica siguen ofreciendo colonias misteriosas, líquidos de eficacia incierta y curanderos que garantizan amor, dinero y buena suerte. La herencia africana y la devoción popular conviven aquí con una naturalidad que ningún decreto podría regular.

Y esa escalera, con sus escalones amplios, de hormigón firme, que suben con cierta gravedad republicana hacia el interior del edificio. A cualquier niño que pase por la avenida Mella y levante la vista, esa escalinata le parece enorme, el umbral de algo importante.

El Mercado Modelo no vive sus mejores tiempos en términos comerciales, según el plan original, pero sigue siendo una parada obligada para el turista que busca lo auténtico, para el dominicano de la diáspora que quiere llevarse algo de casa, y para quien todavía recuerda lo que era subir esa escalinata un sábado por la mañana, con una lista en la mano y la certeza de que iba a regresar con más de lo que buscaba.

El Mercado Modelo, aunque transformado, no termina de irse. Es el lugar donde la capital aprendió a comer, a comprar, a creer, a sobrevivir.

Lecturas recomendadas:

Sé el primero en enterarte de las noticias más exclusivas

spot_img
Solangel Valdez
Solangel Valdez
Periodista, fotógrafa y relacionista. Aspirante a escritora, leedora, cocinadora y andariega.
Artículos Relacionados
Publicidad Banner Coral Golf Resort SIMA 2025
Publicidad spot_img
Publicidadspot_img