Metaldom cambió de lugar, dejando atrás un espacio que se convirtió en uno de los frentes marítimos más visibles de la capital y, con ella, desapareció una pieza del paisaje urbano dominicano
SANTO DOMINGO. – Hay ausencias que pesan más que las presencias. Aquel lugar no era un monumento, tampoco un edificio del que se hablara por bonito y nunca apareció en las postales de Santo Domingo ni en los catálogos turísticos de la ciudad.
Sin embargo, durante más de medio siglo Metaldom estuvo en la avenida George Washington esquina Núñez de Cáceres, inmenso y silencioso, recortado contra el azul del Caribe como una presencia permanente y como faro que guiaba a los transeúntes.
“Después de Metaldom” “Atrás de Metaldom” “Cerca de Metaldom” “Antes de llegar a Metaldom”… si los GPS portátiles, Waze y el Google Maps estuvieran aplatanados, esas serían parte de las referencias integradas.

Metaldom en 1987, mientras se construía la ampliación de la Núñez de Cáceres. (Fuente externa).
Por primera vez en tanto tiempo, algo falta en ese lugar, pues de modo silencioso, aunque sin pausa, la estructura de hierro y acero fue desmontada durante casi cuatro años y ya no queda allí más que un solar baldío mirando al mar o al elevado de la Núñez. Quedan también los recuerdos de quienes cruzaron y admiraron la impresionante estructura metálica.
No queda nada. Ni las vigas. Ni las cubiertas y, quizás por eso, llama más la atención que cuando estaba de pie.
Durante generaciones, la vieja planta de Metaldom formó parte del paisaje emocional de Santo Domingo, como referencia geográfica antes que empresarial, aunque tuvo sus momentos debido a las denuncias por contaminación.
No importaba si se conocía o no la actividad que se desarrollaba detrás de aquellas paredes industriales, su estructura había terminado por convertirse en un punto cardinal de la ciudad.
Los niños la veían desde las ventanillas de los carros cuando pasaban por el Malecón en cualquiera de los dos sentidos. Los jóvenes la observaban al pasear frente al mar y los adultos dejaron de verla porque la costumbre vuelve invisible las cosas, hasta que desaparecen.
Lo curioso es que Metaldom no ha desaparecido. La empresa continúa operando y produciendo acero desde otras instalaciones. Lo que desapareció fue la vieja planta que se levantó en el Malecón a mediados de los años 60, aquella estructura que durante décadas ocupó uno de los frentes marítimos más visibles de la capital y, con ella, desapareció una pieza del paisaje urbano dominicano.
Cuando las fábricas eran el futuro
Cuando el proyecto comenzó a tomar forma en la década de 1960, Santo Domingo era una ciudad distinta. El país acababa de salir de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo y ensayaba nuevas formas de organización económica.
La idea de crear un complejo metalúrgico nacional surgió en un contexto en que la industrialización era vista como una vía hacia el desarrollo y el Estado asumía un papel activo en la promoción de esos nuevos modos de producción.
Según recoge el libro “Cimientos de acero: Metaldom, 45 años construyendo nación”, de la arquitecta Carmen Ortega, el proyecto tuvo sus raíces en iniciativas impulsadas durante el gobierno de Juan Bosch, en 1963.
La entonces Corporación de Fomento Industrial buscaba desarrollar en el país un modelo inspirado en experiencias industriales españolas y para ello trajo al técnico español Rafael Fernández Montes, acompañado de la firma CAMER Internacional.
La mole metálica de Metaldom nació para producir acero, no para convertirse en paisaje. Sin embargo, terminó siendo ambas cosas.

Así se veían los restos de la estructura hace un año. (Foto: Solangel Valdez).
El plan original era ambicioso: contemplaba una fundición de acero, una planta de laminación, una planta de estructuras metálicas, instalaciones de galvanizado, producción de tuberías y talleres mecánicos y esos fueron los cimientos sobre los que posteriormente se levantaría Metaldom.
La composición accionaria original de la empresa no aparece con claridad en las referencias públicas consultadas. Lo que sí parece evidente es que no se trató de una iniciativa individual, sino de un proyecto que combinó esfuerzos públicos y privados en una época en que la industrialización formaba parte del imaginario nacional.
También se sabe que Rafael Fernández Montes fue el primer presidente de Metaldom y su nombre aparece asociado una y otra vez a los años fundacionales de la empresa, hasta el punto de ser reconocido décadas después por la propia compañía como una de las figuras centrales de su origen.
La ciudad cambió, la mole se quedó
Cuando la planta comenzó a operar, el Malecón no era el corredor turístico, hotelero y residencial que es hoy y la presencia de una gran industria junto al Caribe no resultaba extraña, porque el país apostaba por las fábricas, las zonas industriales, la producción nacional y la sustitución de importaciones.
El acero simbolizaba progreso. Las chimeneas simbolizaban progreso. Las naves industriales simbolizaban progreso, pero con el paso de los años, Santo Domingo cambió y el litoral se llenó de hoteles, torres residenciales, edificios corporativos y espacios recreativos. La ciudad fue transformando su relación con el mar y también con su economía.

Solo queda el vacío donde antes había acero y un punto cardinal de la ciudad. (Foto: Javier Amauris Román Graciano).
Poco a poco, la enorme estructura industrial comenzó a parecer una pieza de otra época, una reliquia del país que soñó con hacerse industrial.
Cuando comenzó el desmontaje de la planta, en 2022, la noticia tuvo menos resonancia de la que quizás merecía. No desaparecía la empresa, porque se había mudado, pero en ese momento se supo desaparecería un referente urbano.
Las máquinas fueron desmontando techos, columnas y estructuras que habían resistido durante más de cinco décadas el salitre, los huracanes y los barrios que crecieron a su alrededor como verdolaga en un jardín y el crecimiento horizontal de la ciudad hacia el oeste de la vía costanera.
Lo que el solar todavía no sabe que será
Ahora el horizonte se abre donde antes había acero. El muro de concreto gris parece de luto. No es que antes transmitiera alegría, pero ahora es visibles pues la mirada no escapa hacia lo alto, hacia la mole de acero.
Es una vista nueva para una ciudad que creía conocer ese tramo del Malecón y, sin embargo, mientras el terreno espera un nuevo destino, resulta inevitable pensar en todo lo que representó aquel lugar.
Las especulaciones comenzaron desde el anuncio del desmonte de la estructura: que si hoteles, torres o desarrollos inmobiliarios de lujo, muchas personas han proyectado en ese lugar un mundo vinculado al alto estanding, debido a quienes ostentan la propiedad: el poderoso Grupo Vicini.
Habrá que esperar, porque de momento solo queda el solar vacío y una ciudad obligada a acostumbrarse a una ausencia que todavía es demasiado reciente.
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