Cada diez minutos adicionales en medio de los tapones se asocian con un 0.8% mayor probabilidad de presentar síntomas depresivos, según un estudio del Journal of Transport & Health, que analizó patrones de desplazamiento y depresión en 11 ciudades latinoamericanas
SANTO DOMINGO. – Hay un momento que todo conductor capitalino conoce de memoria: el motor encendido, el aire acondicionado a tope, el carro que no rueda, y adentro de uno, algo que sí avanza, y no para bien. Es la tensión que sube por la nuca, el pie que aprieta el freno con más fuerza de la necesaria, la bocina del de atrás que llega como una agresión personal.
El tapón dominicano no es solo un problema de movilidad. Es un evento fisiológico que se cuela en la psiquis generando picos de ansiedad, más en algunas personas que en otras.
Y los números le dan la razón al cuerpo. Al cierre de 2025, el parque vehicular de la República Dominicana alcanzó 6,640,871 unidades, según el Boletín Parque Vehicular de la Dirección General de Impuestos Internos (DGII), 446,819 más que el año anterior, un crecimiento de 7.2% en un año en que la economía apenas creció 2.1%, el dato más bajo en una década, según el Banco Central.
Las matemáticas del asfalto son brutales: el Distrito Nacional concentra el 28.6% de ese total y la provincia Santo Domingo el 16.5%, lo que significa que el Gran Santo Domingo reúne más de 2.9 millones de vehículos registrados en un territorio que, desde 2012, no ha visto obras viales de envergadura comparable. Las vías no crecieron. La cantidad de carros sí.
El resultado es que, en promedio, los residentes de Santo Domingo, y zonas urbanas de cada vez más provincias, pierden dos horas diarias en tapones, tiempo que pudiera ser mejor aprovechado en actividad productiva, descanso o vida familiar.
Dos horas, todos los días
En la semana en que el mundo marca la Semana Mundial de la Seguridad Vial, este año entre hoy 11 de mayo y el día 17, vale la pena ir más allá de los números de accidentes y hablar de lo que el tráfico le hace al cuerpo y a la mente.
La ciencia lleva tiempo documentándolo, aunque en República Dominicana la investigación académica específica sobre estrés y desplazamiento urbano es aún escasa. El estudio más cercano al contexto regional es el de Wang, Rodríguez, Sarmiento y Guaje, publicado en 2019 en el Journal of Transport & Health, que analizó patrones de desplazamiento y depresión en once ciudades latinoamericanas y encontró que cada diez minutos adicionales de congestión se asocian con un 0.8% mayor probabilidad de presentar síntomas depresivos.
La referencia local más disponible es el Informe de Movilidad y Educación Vial 2016, realizado por la firma Sigma 2, que documentó que el 83.4% de los residentes del Gran Santo Domingo considera el tránsito malo o muy malo, aunque sin medir impacto clínico en salud.
En el plano fisiológico, Gary W. Evans, profesor de Ecología Humana de la Universidad de Cornell, y Richard E. Wener, de la Universidad Politécnica de Brooklyn, demostraron con una muestra de 208 comutadores que, a mayor duración del trayecto, mayor es la elevación de cortisol salival y menor la capacidad cognitiva al llegar al trabajo. Es un estudio publicado en Health Psychology en 2006 que sigue siendo referencia en la materia. Lo que ninguno de estos estudios ha medido aún es Santo Domingo.
Lo que puedes controlar dentro del carro
El tapón no va a desaparecer mañana, aunque el Gobierno ha anunciado intervenciones en al menos 30 vías del Gran Santo Domingo, con horarios escalonados para el sector público y restricciones de giro en 19 intersecciones críticas, según el Instituto Nacional de Tránsito y Transporte Terrestre (Intrant).
Es un avance. Pero mientras las avenidas Winston Churchill, Gregorio Luperón, 27 de febrero o la Máximo Gómez se reorganizan, tú sigues ahí, en el mismo punto de siempre, a las 8:15 de la mañana.
¿Qué hacer con ese tiempo? Redefinir el tapón como tiempo propio. No como tiempo perdido, sino como los únicos minutos del día en que nadie puede pedirte nada, entrar a tu oficina ni ponerte una tarea encima. Algunos lo usan para podcasts o audiolibros; otros, para música que no escuchan en otro contexto. El cerebro agradece el cambio de modo.
Practicar la respiración diafragmática. Suena clínico, pero es simple: inhalar contando cuatro tiempos, retener dos, exhalar seis. Repetirlo tres veces baja la frecuencia cardíaca de forma medible.
No es intuición: un estudio de la Universidad Normal de Pekín, publicado en Frontiers in Psychology, demostró que la respiración diafragmática reduce los niveles de cortisol y mejora la atención sostenida en adultos sanos sometidos a estrés. Se hace con el carro detenido, sin que nadie se entere, y sin soltar el volante.
No competir. La rabia al volante, el llamado road rage, se activa cuando el conductor percibe el tráfico como una amenaza personal o una injusticia. El mismo estudio de Wang, Rodríguez, Sarmiento y Guaje identifica que es la demora por congestión, y no el tiempo de viaje libre, la que se asocia con síntomas depresivos, lo que sugiere que la percepción de bloqueo e impotencia es el mecanismo central del estrés vial.
Reconocer que el de al lado o el de atrás tampoco quieren estar ahí, desactiva buena parte del mecanismo. El tapón no te persigue a ti. Persigue a todos.
Salir antes o después
Datos del índice de tráfico publicados en medios nacionales, construidos a partir de información de Google Maps para el Distrito Nacional, muestran que la congestión comienza a ceder después de las 7:00 de la noche.
El colapso de la mañana ocurre entre las 7:00 y las 9:00. Salir 45 minutos antes, o trabajar en esquemas de entrada escalonada como se ha planteado, puede significar la diferencia entre dos horas atrapado y cuarenta minutos razonables.
El dato que el sector inmobiliario no puede ignorar
Hay una conversación que el mercado inmobiliario dominicano está comenzando a tener en voz alta, aunque todavía le falta volumen: la ubicación de un proyecto no se mide solo en metros cuadrados ni en acabados. Se mide también en minutos de vida.
La investigación académica lo respalda. Un estudio publicado en PLOS ONE por investigadores de la Universidad Sun Yat-sen y la Universidad Normal de Pekín encontró que el entorno construido, la mezcla de usos, la proximidad al trabajo, el acceso al transporte, es uno de los factores determinantes en la distancia de los desplazamientos diarios y, por tanto, en la calidad de vida de los residentes.
El mismo estudio latinoamericano lo confirma desde el ángulo opuesto: los usuarios de transporte formal tienen una probabilidad 4.8% menor de presentar síntomas depresivos que los conductores privados, según Wang, Rodríguez, Sarmiento y Guaje. La conclusión que se desprende para el mercado inmobiliario es directa: la proximidad al transporte no es solo un atributo de conveniencia.
Un apartamento en un corredor con acceso directo al metro, o un desarrollo mixto que permite trabajar, comprar y recrearse sin subir al carro, no es solo un producto más cómodo. Es un producto que le devuelve al comprador una o dos horas diarias de su existencia.
Y eso, en el mercado actual, debería aparecer en el pitch de ventas con la misma fuerza que la piscina o el gimnasio. Porque al final, la pregunta que todo comprador hace, aunque no siempre en esos términos, es la misma: ¿cuánto de mi vida voy a dejar en el tapón para llegar aquí?
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