Algunas estructuras apenas sobreviven, algunas esculturas resisten, el reloj se detuvo un día cualquiera a las 6 y cuarto y ya ni manecillas tiene. El Bulevard de la 27 de Febrero sigue ahí, condenado a una cruel forma de olvido
SANTO DOMINGO. – Hubo un momento en que Santo Domingo aspiró a detenerse. No detener el tránsito, que ya entonces comenzaba a volverse urgente, caótico e imposible, sino a detener la mirada y el ritmo del peatón, de la persona. Fue la idea de ciudad como espacio humano, para habitar el lugar público, más que una vía para ir de un punto a otro montao.
Ese momento ocurrió en la segunda mitad de los años noventa, cuando la capital abrió sus entrañas a túneles, los elevados trazaron la segunda planta y los pasos a desnivel prometían facilitar el flujo vehicular.
Entre tanto vértigo de modernidad en forma de concreto armado, de carriles multiplicados, de velocidad, para los carros, este espacio llegó como una especie de gesto de compensación, o quizás de lucidez, pensado para las personas.
Así nació el Bulevar de la 27 de Febrero, diseñado por el arquitecto Danny Andrés de Jesús Pérez Reynoso, quien lo concibió como una intervención urbana ambiciosa: un museo al aire libre, un corredor cultural y comercial en pleno corazón del polígono central, entre las avenidas Abraham Lincoln y Winston Churchill.
Costó 68 millones de pesos de los de entonces y la inauguración fue el 29 de marzo de 1999. La idea fue de Diandino Peña, entonces secretario de Obras Públicas y el presidente era Leonel Fernández.
Mucho más que una obra
Sobre el túnel más largo de la ciudad, en un espacio improbable, se levantó un paseo con 16 kioscos destinados a libros, artesanías, comida y pequeños negocios. Había áreas para sentarse, para caminar, para escuchar música. Un lugar donde el ciudadano, acostumbrado a pasar de largo, pudiera quedarse.
Pero, sobre todo, había arte. Un interesante conjunto escultórico integrado por siete obras, creadas por algunos de los nombres más importantes del arte dominicano contemporáneo: Joaquín Ciprián, Soucy de Pellerano, Said Musa, Bismarck Victoria, Johnny Bonnelly, Luichy Martínez Richiez y José Ramón Rotellini.

De la obra original al Bulevar de hoy, solo quedan recuerdos. (Fuente externa).
No eran solo piezas decorativas, pues fueron pensadas para dialogar con el entorno más hostil posible: el ruido constante del tráfico, el humo de los vehículos, el sol inclemente, y la inexorable prisa citadina.
Las cerámicas de Said Musa, por ejemplo, aportaban una dimensión narrativa y simbólica. Sus murales, cargados de figuras, colores y referencias, proponían una lectura del imaginario dominicano desde lo mítico y lo humano.
En una de las piezas más comentadas, De la Ciguapa al Centauro, se entrelazaban elementos de la tradición y la fantasía en una composición que invitaba a detenerse, a mirar más allá de la superficie.
Había también volúmenes abstractos, figuras estilizadas, exploraciones en metal y cerámica que convertían el paseo en una galería abierta. Un intento serio, y poco frecuente, de insertar arte contemporáneo en la vida cotidiana de la ciudad, fuera de los museos o las plazas y espacios netamente culturales.
Y en el centro de todo, elevándose como un gesto casi improbable, estaba el reloj. Coronando la torre de hierro de cerca de 30 metros de altura, forjada por José Ignacio Morales, conocido como “El Artístico”.
La torre del bulevar, que también incluía piezas en cobre y otros metales, fue ensamblada con esa mezcla de técnica y sensibilidad que caracterizaba la obra de Morales y su reloj no era un accesorio, era una especie de declaración, que durante un tiempo marcó la hora, incluso con música y en cierta forma era el latido simbólico del lugar.
El bulevar tuvo vida
Tuvo gente caminando en un espacio donde nadie imaginó hacerlo. Tuvo músicos, encuentros, conversaciones. Tuvo kioscos abiertos, luces, actividad. Tuvo la rara cualidad de hacer que la ciudad se mirara a sí misma, aunque fuera por un instante.
Tuvo tanto que hasta tuvo estructura. Se creó un patronato para su gestión, y en un momento estuvo dirigido por el comunicador Yaqui Núñez del Risco, figura clave en la vida cultural dominicana.
Hubo programación, animación y aspiraciones de sostener aquello que no podía sobrevivir solo con su diseño. Pero las ciudades no se sostienen con intenciones y los proyectos públicos, mucho menos, sobre todo cuando hay cambio de gestión gubernamental.
Con el paso del tiempo, y no tanto como podría pensarse, el bulevar empezó a vaciarse. Avanzado el nuevo milenio, los kioscos empezaron a cerrar y la programación cultural se diluyó.
El patronato dejó de operar con la misma fuerza, hasta desaparecer en la práctica y la responsabilidad se dispersó entre instituciones sin que ninguna asumiera el mantenimiento de manera sostenida. Cuando alguien se acuerda, lo limpian.
Entonces entró en el limbo. Un espacio donde las obras no se desmontaron, pero tampoco se cuidaron. Seguía y sigue existiendo, pero dejó de importar.
Las esculturas comenzaron a deteriorarse. No todas estaban pensadas para resistir décadas de intemperie en un entorno tan agresivo. Las cerámicas se fracturaron, los metales se oxidaron y algunas piezas fueron vandalizadas, trozos de metal arrancados para conseguir dos pesos probablemente para evadirse de la realidad.
El reloj, ese gesto monumental que pretendía marcar el tiempo de la ciudad, dejó de funcionar. La máquina de relojería fue robada, dejando lugar por un tiempo para alguien sin techo. Esa presencia, antes imponente, se volvió fantasmagórica, aunque por un tiempo fue refugio de alguien sin techo.
Hoy, el bulevar sigue ahí
Miles de vehículos pasan cada día a su lado, sobre él, alrededor de él. La ciudad sigue fluyendo, más rápido que nunca, con más vehículos que nunca y ese espacio que alguna vez fue pensado para ser vivido permanece en una especie de suspensión.
Sobreviven las trinitarias, estoicas, caprichosas, como si no se hubieran enterado del abandono. Sobrevive la estructura, pero se perdió la idea.
Porque el Bulevar de la 27 de Febrero lejos de un error fue, sin quizás, un exceso de ambición en un contexto que no estaba preparado para sostenerlo. Arte delicado en un entorno hostil, espacio peatonal en medio de seis carriles y vida cultural sin una política pública que la respaldara en el tiempo.
Pero también fue algo más simple y más grave desde el punto de vista de los contribuyentes, fue un proyecto que no tuvo continuidad de Estado. Como muchos otros, como para no perder la costumbre.
En 2009 lo asumió el Ayuntamiento del Distrito, después de una denuncia del Listín Diario, según la misma hemeroteca que revela denuncias reiteradas desde el año 2011, que se reiteraron en 2015, 2016, 2018, 2020, 2025




