4.º de la serie: “De polos turísticos a un territorio turístico”
Cada territorio tiene un momento en el que las decisiones tomadas pueden determinar su desarrollo durante décadas. El Sur dominicano parece encontrarse precisamente frente a uno de esos momentos. Pedernales y Cabo Rojo han colocado nuevamente la región dentro de la conversación sobre inversión y turismo.
El verdadero potencial está en la transformación territorial que puede producirse alrededor de ellos. El Sur posee algo cada vez más difícil de encontrar en destinos consolidados: capacidad para planificar antes de que llegue una presión inmobiliaria significativa.
Esa ventaja tiene enorme valor. Cuando una región comienza a despertar interés, aumenta progresivamente la demanda de terrenos. Después aparecen proyectos turísticos, viviendas, comercios, servicios y nuevos desarrollos.
Si la planificación llega después de ese proceso, generalmente comienza a perseguir problemas ya creados. El Sur tiene la oportunidad de invertir ese orden.
Puede definir previamente dónde desarrollar, qué áreas preservar, cuáles densidades son apropiadas, cómo garantizar agua y saneamiento, qué infraestructura vial será necesaria y qué modelo urbano queremos construir. Esto es particularmente importante porque su potencial trasciende Pedernales.
Barahona, Bahoruco, Azua y otros territorios del Sur poseen atractivos naturales, agrícolas, culturales y paisajísticos capaces de integrarse progresivamente dentro de corredores económicos y turísticos.
La infraestructura que se va construyendo para conectar esos destinos también va transformando su mercado inmobiliario. Las nuevas carreteras van reduciendo distancias. El aeropuerto mejora accesibilidad. Nuevos servicios aumentan habitabilidad. La llegada de empresas genera empleo. Y el empleo crea demanda de vivienda.
Así comienza muchas veces la valorización territorial. La plusvalía sostenible necesita infraestructura, actividad económica, servicios, seguridad jurídica y demanda real.
Por eso el Sur representa una oportunidad excepcional para desarrollar un modelo diferente: permitir que la inversión inmobiliaria acompañe la planificación territorial y no que la obligue posteriormente a reaccionar.
También debemos procurar que las comunidades existentes participen de esa transformación. Capacitación, empleo, emprendimiento local y acceso a nuevas oportunidades económicas deben formar parte del proceso.
Desarrollar un territorio no consiste únicamente en aumentar el precio de sus terrenos. Consiste, ante todo, en aumentar su capacidad de generar bienestar y actividad económica.
El Este nos enseñó que es posible transformar una región mediante turismo, infraestructura e inversión. El Norte puede demostrar que un destino maduro puede reinventarse integrándose a una poderosa economía regional. Y el Sur tiene la oportunidad de enseñarnos algo distinto: que también podemos planificar antes de crecer.
El futuro inmobiliario dominicano no debería depender exclusivamente de encontrar el próximo gran destino. Debería consistir en consolidar un país con múltiples territorios capaces de atraer inversión, generar oportunidades y sostener valor.
Un gran reto que tenemos por delante es dar el paso de una República Dominicana de polos turísticos hacia una República Dominicana multipolar y territorialmente integrada.
Lecturas recomendadas:


