Comer bien cuando las temperaturas aprietan no es un lujo ni un capricho de bienestar: es una decisión de rendimiento
SANTO DOMINGO. – Hay una analogía que vale la pena hacer antes de hablar de frutas y proteínas. Una empresa que opera en condiciones adversas, un mercado contraído, un entorno regulatorio cambiante, una temporada de alta demanda, necesita ajustar sus procesos, optimizar sus recursos y eliminar cargas innecesarias.
El cuerpo humano ante el calor intenso opera exactamente con esa misma lógica: reduce apetito, redistribuye energía, prioriza la termorregulación sobre cualquier otra función y no hacer caso a esa señal, y seguir consumiendo el mismo menú de enero en pleno junio, es el equivalente corporativo de insistir con los mismos gastos fijos cuando los ingresos caen. El resultado, en ambos casos, es el colapso.
La Organización Mundial de la Salud ha advertido que el calor puede agravar enfermedades crónicas, especialmente en personas con sobrepeso u obesidad, porque el organismo tiende a retener más calor y dificulta su propio mecanismo de enfriamiento.
Por eso, consumir alimentos ligeros, ricos en agua y fáciles de digerir no es solo una recomendación nutricional: es una estrategia de prevención ante el calor extremo.

Importa lo que entra y lo que sale del plato
La Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición ha documentado un efecto que sorprende por su magnitud: una comida copiosa puede elevar la temperatura interna del cuerpo hasta 2°C, porque la digestión es un proceso que demanda energía, y esa energía se convierte en calor.
Digerir una carne de res o de cordero exige al sistema digestivo un esfuerzo considerablemente mayor que procesar un trozo de pescado, lo que en días de altas temperaturas se traduce directamente en mayor fatiga, somnolencia y sensación de sofoco. La recomendación de esta entidad apunta a incrementar las raciones de pescado frente a las de carne durante la temporada calurosa, priorizando el pescado azul al menos tres veces por semana.
Esto tiene una traducción perfectamente aplicable a la mesa dominicana. Bupa República Dominicana señala en su guía de nutrición local que, en el contexto del clima tropical del país, es recomendable sustituir las grasas saturadas por alimentos con omega-3, presentes en el aguacate, las semillas y el pescado fresco de nuestras costas.
La misma guía recuerda que una dieta rica en frutas y vegetales frescos asegura un aporte constante de minerales y vitamina C, esencial para que las defensas funcionen ante cualquier infección, especialmente en climas tropicales, donde los cambios de temperatura son frecuentes.
El poder de lo que ya tenemos
La buena noticia para el consumidor dominicano es que la naturaleza tropical puso a disposición, prácticamente en cualquier colmado, triciclo o planatenera del país, los alimentos que la ciencia recomienda para el calor.
Lizzy Davis, profesora adjunta y directora del programa de educación dietética del Departamento de Ciencias de la Nutrición de la Universidad de Alabama, sostiene que incorporar alimentos ricos en agua es clave para mantener la temperatura corporal estable, y advierte que las comidas pesadas deben evitarse porque el proceso digestivo genera calor adicional en el organismo.
Traducido al trópico: sandía, melón, piña, chinola, lechosa y mango son, simultáneamente, algunos de los productos más accesibles del mercado local y algunas de las mejores herramientas de termorregulación que existen.
No hace falta suplemento importado ni dieta sofisticada. La biodiversidad frutal de la isla, consumida fresca y de temporada, cumple una función que ningún ultraprocesado puede replicar.
Bupa RD recuerda, además, que para lograr el sabor dominicano en el plato saludable conviene aprovechar los víveres y tubérculos, yuca, plátano, guineíto verde, en sustitución de harinas refinadas, y planificar las proteínas con pollo, pescado, huevos o cortes de res sin grasa, evitando el exceso de embutidos industriales de baja calidad.

Lo que conviene dejar fuera
Si la nutrición de una empresa se mide también por lo que se elimina, costos improductivos, procesos redundantes, gastos que no generan valor, la nutrición humana ante el calor opera con idéntica lógica de sustracción.
Las bebidas azucaradas, el alcohol, las frituras y los ultraprocesados no solo aportan calorías vacías: activan procesos metabólicos que generan calor interno adicional y aceleran la deshidratación. El alcohol y la cafeína en exceso actúan como diuréticos, agravando la pérdida de líquidos en un momento en que el cuerpo ya los está perdiendo a través del sudor.
La guía de Bupa RD es directa al respecto: los refrescos y jugos con azúcar añadida deben reemplazarse por agua potable, y las frituras, si se consumen, deben moderarse y preferirse con aceite de calidad.
Comer ligero no es comer poco
Quizás el mayor malentendido en torno a la alimentación en calor extremo es confundir ligereza con carencia. Una ensalada completa con proteína magra, aguacate, vegetales frescos de color variado y una fruta de postre no es una comida de privación.
Es un plato con todos los macronutrientes necesarios, diseñado para que el cuerpo gaste la menor cantidad posible de energía en procesarlo y pueda destinar esos recursos a lo que más necesita en esas condiciones, para mantenerse fresco, hidratado y funcional.
Como toda buena estrategia empresarial, la alimentación en temporada de calor no requiere grandes inversiones ni fórmulas complicadas. Requiere ajuste, criterio y la voluntad de escuchar lo que el entorno está pidiendo.
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