Por Joan Feliz Valoys
Especial para El Inmobiliario
Caminar por Santo Domingo se ha convertido en un ejercicio de obstáculos y riesgos. En muchas zonas, las aceras han desaparecido bajo la expansión indiscriminada de construcciones, parqueos privados y hasta mobiliario de negocios que se apropian del espacio público. Esta realidad no solo deteriora la calidad de vida de los ciudadanos, sino que también contribuye al desorden generalizado de la ciudad, afectando incluso a quienes creen beneficiarse de esta apropiación indebida.
Sin embargo, el problema no se limita solo a las aceras. El irrespeto a los linderos, es decir, los límites establecidos entre propiedades privadas y espacios públicos o colindantes, ha convertido el desarrollo urbano en una batalla campal donde cada metro cuadrado es disputado sin consideración por el orden ni por la seguridad de la comunidad.
El caos urbanístico que vive la República Dominicana, particularmente en Santo Domingo, no es casualidad. Es el resultado de décadas de permisividad, de falta de planificación y de la tendencia de algunos desarrolladores y comerciantes a apropiarse de espacios que no les corresponden. Lo que parece una ganancia a corto plazo –más espacio para su negocio o mayor área construida en un proyecto inmobiliario– termina, en el mediano y largo plazo, contribuyendo al colapso de la ciudad y a la pérdida de valor de las propias inversiones inmobiliarias.

Aceras y orden: más que una cuestión estética
Las aceras no son un lujo ni un simple adorno de las calles; son una necesidad básica que garantiza la movilidad segura de los peatones. En una ciudad bien planificada, las aceras permiten que personas de todas las edades y condiciones –especialmente aquellas con discapacidad, adultos mayores y niños– puedan desplazarse sin el peligro de ser atropellados por un vehículo.
Sin embargo, en Santo Domingo, las aceras han sido reducidas a espacios residuales o, en muchos casos, eliminadas por completo. La apropiación indebida de estos espacios por parte de negocios y construcciones ha generado una situación en la que los peatones se ven obligados a caminar en las calles, poniendo en riesgo su vida y contribuyendo al caos vehicular.
El problema es más grave en sectores de alto desarrollo como Piantini, Naco y el Ensanche Paraíso, donde la sobreconstrucción y la ausencia de planificación han convertido las calles en espacios hostiles. Aunque paradójicamente son zonas que atraen inversiones y desarrollo comercial, el desorden ha reducido su atractivo y calidad de vida, lo que eventualmente afecta la plusvalía de los inmuebles.
Linderos: el otro problema olvidado
Además de las aceras, el respeto por los linderos es un aspecto clave del desarrollo urbano que muchas veces se pasa por alto. En términos simples, los linderos son los límites legales que delimitan una propiedad y establecen la distancia que debe haber entre una construcción y su entorno. Estos límites no solo garantizan el orden, sino que también juegan un papel fundamental en la seguridad estructural y en la convivencia armónica dentro de la ciudad.
En la República Dominicana, las normativas urbanísticas establecen linderos mínimos que deben respetarse para la construcción de edificios, casas y negocios. Sin embargo, es común encontrar casos donde estas normas son ignoradas o donde se buscan excepciones mediante trámites irregulares en la permisología. Esto da lugar a edificaciones que están construidas demasiado cerca unas de otras, sin espacios adecuados para ventilación, iluminación y acceso de emergencia.
El irrespeto a los linderos no solo genera hacinamiento visual y urbano, sino que también puede comprometer la estabilidad de las estructuras. En una ciudad con alta actividad sísmica como Santo Domingo, es fundamental respetar estas distancias para evitar colapsos y daños estructurales en caso de un movimiento telúrico.
Por otro lado, desde el punto de vista legal, las construcciones que no cumplen con los linderos adecuados pueden enfrentar problemas de permisología en el futuro, lo que limita su valorización y puede generar conflictos legales entre propietarios. Lo que algunos ven como un “ahorro de espacio” o una forma de maximizar sus construcciones puede convertirse en un dolor de cabeza cuando las autoridades deciden actuar o cuando los vecinos inician procesos legales para reclamar el respeto de sus derechos.
Cuando el desorden juega en contra
El crecimiento descontrolado de Santo Domingo, con construcciones que ignoran las normativas de aceras y linderos, no solo afecta a los peatones, sino que también juega en contra de los propios propietarios y desarrolladores.
Un negocio que ocupa la acera puede ganar espacio adicional para exhibir productos o colocar mesas, pero al mismo tiempo contribuye al deterioro de la zona, haciéndola menos atractiva para clientes y reduciendo el flujo peatonal. Un edificio que no respeta los linderos puede generar molestias a los vecinos, enfrentarse a problemas legales y, a largo plazo, perder valor de mercado debido al impacto negativo en su entorno.




