Un padre muestra a su hijo la ciudad en capas de memoria, arquitectura y costumbres, en un recorrido íntimo, donde el tiempo se mide en almendras, chichiguas y la persistente vocación de los espacios públicos para convocar y quedarse.
SANTO DOMINGO. – Es domingo. Ringo y su papá bajaron desde Villa Juana a pie, con destino al Malecón. Caminaron sin prisa y sin pausa, antes de que la tarde nublada languideciera y la ciudad viviera el frescor de enero. El muchacho iba atento a todo, como si fuera la primera vez que veía esas calles, y el padre caminaba con la memoria despierta.
Bajando por la calle Doctor Delgado, pasaron por la Casa de Vapor, en proceso de una supuesta remodelación y sin que se sepa exactamente qué es lo que han hecho. El padre señaló la fachada, se asomaron tras la verja de la construcción y alcanzaron a ver lo que queda de la forma del barco que dio nombre al edificio. Le dijo a Ringo, mientras suspiraba: “Esta ciudad antes se recorría más despacio, uno miraba, se detenía…”. El muchacho asintió, sin entender del todo.
“Papí, pero… ¿cómo que esto era un barco, un barco de verdad?”

El parque fue diseñado por el arquitecto Guillermo González como un espacio moderno para su tiempo. (Foto/Archivo General de la Nación).
“Sigamos, que luego te enseño fotos. Déjame enseñarte dónde es que trabaja el presidente”, y continuaron caminando hasta detenerse frente al Palacio Nacional. “Míralo bien”, le dijo. “Eso también es parte de la ciudad y es de todos, aunque se vea lejos”.
Siguieron. Ringo quiso tomarse una foto en la Casa de las Raíces y no paraba de hacer preguntas. El ruido del tránsito fue quedando atrás hasta que el aire empezó a cambiar. La brisa del mar se coló entre los árboles y el parque Eugenio María de Hostos apareció como un claro antiguo, lleno de sombras largas.
A un lado, varias muchachas hacían ejercicios. Estiraban brazos, levantaban piernas, contaban en voz alta. El parque seguía siendo eso: gimnasio improvisado, sala pública, lugar para quedarse sin explicación.
Ringo recogió una almendra del suelo. Luego otra y más.
“Papi, vamos a buscar un callao”, dijo, y se lanzó entre los arbustos en busca de esa piedra pulida. La encontró y se sentaron debajo de aquel enorme árbol a majar almendras, despacio, con cuidado, escuchando el golpe seco de la piedra contra el fruto. Ambos al mismo tiempo, como si el gesto viniera de herencia.
“Cuando yo era muchacho”, empezó el padre, “esto no era como ahora, pero ya incluso había cambiado”.
Hizo una pausa y miró alrededor. “Cuando tu abuelo venía aquí, esto era otra cosa, y él me lo contó. Me trajo muchas veces y, sin saberlo, me salvó”.
“¡Pero cómo así! Esto se ve nuevecito”.
José le contó que el parque fue construido en 1937 y se llamó parque Ramfis. Que fue diseñado por el arquitecto Guillermo González como un espacio moderno para su tiempo. Que tuvo piscina, senderos amplios bordeados de farolas blancas, una escalinata que parecía interminable y una relación directa con el mar, que se veía desde cualquier costado.
“Mi papá hablaba de este parque como si fuera una pequeña ciudad dentro de la ciudad. Decía que aquí uno aprendía a pasar la tarde y a estar con otros, a compartir con otros”.
El viejo le había contado que allí había, además de los almendros, robles, muchos coralillos y hasta pinos, además de las elegantes palmas reales, de esas ya no quedan.
“Cuando él me traía, ya no había fuente, pero la gente venía de todos los barrios. Los enamorados venían a comer gallina y nosotros a hacer chichiguas para cruzar a volarlas al rompeolas. Cuando había dinero, la emoción más grande era asistir a los torneos de lucha libre: la cuadra técnica de Jack Veneno contra los rudos, que eran la cuadra de Relámpago Hernández”.

En los años 70 y 80 el parque Eugenio María de Hostos era el epicentro de la lucha libre dominicana. (Foto/Revista Ahora).
Los ojos de José se entrecerraban, como si así pudiera aclarar los recuerdos difusos de su infancia feliz junto a su viejo, en ese mismo parque que ahora le mostraba a su hijo.
Ringo lo miró sorprendido. El padre le describió el ring, la gente rodeándolo todo, las carteleras pegadas en postes y paredes: papel grueso, letras enormes, rojas y negras, nombres exagerados, “Técnicos vs. rudos”, “Máscara contra cabellera”. Combates anunciados como si fueran batallas definitivas, casi épicas.
“Uno gritaba sin vergüenza, y lo mejor era que creíamos. Mira, ahí está la estatua en honor a Jack Veneno. Deberían poner una de su mamá, Doña Tatica, a quien él tanto quiso”.
Ringo escuchaba en silencio, mirando la figura atlética de nueve pies de altura que parece gritar el pregón de “¡Hombres por los aires, patadas voladoras!”. Era como si no se hubiera ido del todo, solo había aprendido a quedarse quieto.
A sus doce años, Ringo estaba heredando un parque que ya no existía del todo, pero que seguía vivo en la voz del padre y, antes, en la del abuelo.
“Vamos allí, a la esquina, frente a la Clínica Abreu”, dijo José, y se fueron bordeando la acera despacio. Olía a maní tostado. “Aquí me comí el primer chimi de mi vida y aquí tu abuelo se jartaba de frikitaki. Déjame llevarte a ese colmado para que te comas un chin de chicharrón. Eso es lo que toca ahora”.

La estructura fue construida en 1937 y se llamó parque Ramfis. (Foto/Archivo General de la Nación).
Ambos rieron, mientras el chico asentía y se frotaba las manos, le encantaba el chicharrón.
“¿Y qué es un frikitaki?”, preguntó.
José le explicó que era una especie de sándwich sencillo, de pan de agua, salami y tomate. “Comida de calle de antes, de cuando la ciudad se caminaba. Eso era de la época de tu abuelo. Antes de los chimis”.
En los tiempos del abuelo, del padre y del hijo, las costumbres eran otras, y otra era la música, otras las comidas y las bebidas. Era otra ciudad, con otra bulla, aunque el parque Eugenio María de Hostos sigue ahí, cambiando de diseño, pero con la misma vocación de convocar gente.
Ringo pensó que la ciudad también se podía contar por lo que se comía. Salieron del colmado. El padre le señaló hacia el norte el edificio del Palacio de Justicia de Ciudad Nueva. “Ahí es que traen a los acusados de corrupción para juzgarlos”, dijo, y se dio vuelta para caminar hacia el Malecón.
Le habló de cómo el parque fue cambiando de nombre y de usos. De cómo perdió cosas, ganó otras, se fue apagando y encendiendo según los tiempos. De cómo, aun así, seguía siendo un lugar donde uno podía quedarse sin consumir nada, sin tener que irse rápido.
Cuando el sol empezó a bajar, cruzaron hacia la Plaza Juan Barón bordeando el obelisco. El viento del mar soplaba más fuerte allí. Varios pescadores mataban el tiempo esperando que picaran peces que ya se saben el truco, mientras algunas muchachas intentaban eternizar un atardecer mortecino con sus celulares.
“Aquí también veníamos”, dijo el padre, “a volar chichigua y capuchín hasta que se iba el sol. La mejor época, la cuaresma, con su brisa cálida que encampana rápido hasta los cajones. Vamos a venir en Semana Santa”.
Se sentaron frente al mar. El cielo se volvió rojizo, espeso, como solo ocurre en el invierno caribeño. El sol se fue despidiendo despacio y sin aspavientos.
Ringo miró el horizonte. Pensó en las almendras, en el callao, en el frikitaki del abuelo, en los chimis del padre, en esos combates, en el parque que había sido tantas cosas y seguía siendo un lugar para quedarse.
No dijo nada, pero supo que algún día volvería. Quería volver con su viejo, aunque fuera solo a majar almendras, como se hace con las cosas que uno no quiere que se pierdan.




