SANTO DOMINGO.- Está en patios, balcones, colmados, iglesias, cumpleaños, terrazas y playas. Ha soportado aguaceros, mudanzas, reuniones familiares y hasta improvisados partidos de dominó.
Pocas personas conocen su nombre, pero casi todos se han sentado alguna vez sobre ella.
Se llama Monobloc y, aunque parece un objeto común y sin pretensiones, especialistas en diseño y cultura material la consideran una de las piezas de mobiliario más exitosas y reconocibles jamás creadas.
Porque sí, esa silla blanca de plástico que probablemente descansa ahora mismo en miles de hogares dominicanos tiene una historia que comenzó hace décadas y terminó convirtiéndola en un fenómeno global.
Una sola pieza cambió la historia
La clave está en su nombre.
Según explicó el blog digital de diseño y moda, ELLE Decor, «Monobloc» deriva del método con el que se fabrica: una sola pieza de material moldeada mediante inyección, sin tornillos ni ensamblajes.
Aunque existieron experimentos desde las décadas anteriores, fue en 1972 cuando el ingeniero francés Henry Massonnet desarrolló el modelo Fauteuil 300, considerado el antecesor directo de la silla que hoy conocemos. Al perfeccionar el proceso industrial, logró reducir el tiempo de producción a menos de dos minutos, facilitando su expansión mundial, de acuerdo a la investigación realizada por BBC.
Y el resto es historia.
La silla que está en todas partes
De acuerdo con el documental Monobloc, dirigido por Hauke Wendler, existen más de mil millones de ejemplares en circulación alrededor del mundo, lo que la convierte en el mueble más vendido de la historia.
Su presencia es prácticamente universal.
No importa si se trata de una casa en República Dominicana, una cafetería en India o una terraza en Italia.
La misma silueta se repite una y otra vez.
Por esa razón, el Vitra Design Museum le dedicó en 2017 una exposición completa titulada Monobloc: A Chair for the World, donde se exploró su historia y su impacto en la cultura contemporánea.
El objeto que divide a los críticos
Curiosamente, no todos la aman.
La curadora Heng Zhi, responsable de aquella exposición en el Vitra Design Museum, explicó en la revista Kulturaustausch que numerosos medios europeos reaccionaron con sorpresa e incluso desdén ante la idea de exhibir una silla plástica en un museo del diseño. Algunos titulares llegaron a describirla como «la silla más odiada del mundo» o calificaron la muestra como «una absurdidad».
Asimismo, el portal especializado Stylepark recogió opiniones de personas que cuestionaban su valor estético y ecológico, mientras que otros la consideraban indispensable por su practicidad y accesibilidad.
Sin embargo, la propia Heng Zhi sostiene que la Monobloc es «un objeto cotidiano controvertido que refleja la complejidad de la cultura material global».
Mucho más que una silla
La historia de la Monobloc ha sido objeto de libros, exposiciones y producciones audiovisuales. El documental Monobloc, de Hauke Wendler, siguió durante años el recorrido de esta silla por cinco continentes para mostrar cómo un objeto aparentemente simple puede revelar historias sobre consumo, desigualdad y globalización.
De hecho, el documental muestra cómo, mientras en algunos países desarrollados es vista como un símbolo del plástico desechable, en otros representa una solución asequible para millones de personas.
Puede estar junto a una piscina, en una boda, en una barbería, en una reunión política o frente a una casa durante una conversación al caer la tarde.
Pocas piezas de diseño pueden presumir de esa versatilidad. Y quizá por eso su historia resulta tan sorprendente.
Porque detrás de esa silla blanca de plastico aparentemente sencilla, que muchas veces pasa desapercibida, se esconde uno de los objetos más exitosos que ha creado el ser humano.
La prueba de que, a veces, las grandes historias no están en los museos. Sino esperando tranquilamente en el patio de la casa.
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