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Villa La Isabela: el ensayo urbanístico que salió mal

Fue el primer intento de convertir el paisaje en ciudad, sin entenderlo y sin preguntarse ¿cómo se construye comunidad en tierra ajena?

SANTO DOMINGO. – El 6 de enero de 1494, Cristóbal Colón llegó a la costa norte de La Española con la urgencia de quien necesita empezar de nuevo. Venía del desastre del Fuerte de la Navidad, donde había dejado 39 hombres en diciembre de 1492 y al regresar solo encontró cenizas y silencio.

El cacique taíno Caonabo había dejado claro que los huéspedes que no pedían permiso no eran bienvenidos.

En este segundo viaje, Colón decidió fundar algo más estable: una ciudad. No un fuerte improvisado con restos de naves, sino una urbe de piedra con almacenes, casas y plaza. La llamó Villa La Isabela, en honor a la reina que lo financió y que probablemente esperaba algo más sólido que naufragios y chismes de conflictos.

También se construyó una iglesia, la primera en el continente, donde el padre Bernardo Boyl ofició misa el 6 de enero de 1494, sin que las fuentes coloniales le atribuyan un nombre formal al templo.

Hoy el sitio está marcado por el llamado Templo de las Américas, erigido sobre las ruinas del primero.

Según los Diarios del Almirante, citados por fray Bartolomé de las Casas en Historia de las Indias (1552), la elección del lugar respondió a criterios prácticos: era una bahía protegida, con agua dulce cercana y tierra fértil.

También influyó el deseo de alejarse del escenario del fracaso anterior y comenzar de nuevo, esta vez con piedra y no con madera reciclada.

Lo que Colón no encontró fue un territorio vacío. Los taínos habitaban esas tierras desde mucho antes de que Europa supiera de su existencia. Cultivaban yuca, ají y tabaco, dormían en hamacas y vivían sin jerarquías militares ni mapas de conquista. Colón lo registró todo, describiéndolos como “gente mansa”, aunque la historia demostraría que también sabían resistir.

¿Hostilidad o falta de diplomacia?

La vida en La Isabela fue, en el mejor de los casos, difícil. Los primeros pobladores, unos 1,200 hombres según Las Casas, llegaron con hambre, enfermedades y escasa comprensión del entorno tropical. El clima, la falta de adaptación y los conflictos con los taínos fueron vaciando la ciudad y en pocos años quedó abandonada.

Entre los nombres que figuran en los registros están fray Ramón Pané, primer cronista de las creencias taínas, y Diego de Arana, antiguo comandante del Fuerte de la Navidad. Otros dejaron apenas huellas y restos humanos que terminaron fundiéndose con la tierra, o arrastrados al mar por un tractor en la era innombrable.

El período entre el naufragio de la Santa María en 1492 y la fundación de La Isabela en 1494 fue un tiempo de incertidumbre durante el cual Europa flotó en el Caribe sin ancla. El fuerte improvisado de Navidad cayó, no solo por la ofensiva taína, sino por la incapacidad de convivencia y la arrogancia de quienes lo ocuparon.

Las Casas lo deja claro: el fracaso fue tanto moral como militar.

La Isabela duró poco

Las crónicas de fray Bartolomé de las Casas indican que, al inicio, existieron contactos y provisión de alimentos por parte de la población taína, pero la relación se deterioró rápidamente cuando los colonos comenzaron a imponer exigencias de tributo, oro y trabajo, en un contexto de hambre, enfermedades e indisciplina interna.

A diferencia del Fuerte de la Navidad, destruido de manera violenta y súbita, La Isabela experimentó un desgaste progresivo marcado por resistencias, huidas y enfrentamientos localizados.

Más que una guerra frontal, el asentamiento se vio atrapado en un conflicto estructural derivado de la imposibilidad de convivencia entre el modelo colonial europeo y las formas de vida taínas, un factor que contribuyó decisivamente al abandono temprano de la primera ciudad del Nuevo Mundo. En 1498 esta primera urbe fue abandonada.

Para 1496 Bartolomé Colón había fundado Santo Domingo, en la costa sur de la isla, una ciudad que sí prosperó y gracias a su ubicación, acceso al Caribe y condiciones climáticas, se convirtió en la primera capital del gobierno colonial español en América.

Hoy, de La Isabela quedan ruinas y silencio. Un parque arqueológico conserva los restos de la iglesia, el almacén, la vivienda del Almirante y el astillero. Excavaciones posteriores, como las del arqueólogo José María Cruxent, confirmaron lo que narraron Las Casas y Oviedo: allí se intentó implantar la Europa de piedra sobre la tierra húmeda caribeña, aunque en el lado Atlántico de la isla.

La Isabela fue el primer intento de convertir el paisaje en ciudad sin entender el territorio. Quiso ser eterna, pero terminó siendo efímera y sus cimientos recuerdan tanto la gloria del primer intento como la crudeza del fracaso.

Hoy permanece apacible, como mecida por los vientos del Atlántico, custodiada por flamboyanes y un guayacán que dicen es centenario, y con una pregunta atragantada: ¿cómo se construye comunidad en tierra ajena?

La Isabela quiso ser ciudad antes de ser convivencia y más de cinco siglos después, la historia no se repite, pero sigue preguntando lo mismo.

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Solangel Valdez
Solangel Valdez
Periodista, fotógrafa y relacionista. Aspirante a escritora, leedora, cocinadora y andariega.
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