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lunes 30 – marzo 2026
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Siete iglesias y una noche: crónica de los efímeros monumentos de Semana Santa en la Ciudad Colonial

Una ruta que propone descubrir a pie los monumentos de Semana Santa como una experiencia en la que lo efímero cobra sentido y cada parada propone una pausa, una mirada y un silencio compartido

SANTO DOMINGO. –  La noche del Jueves Santo, los templos de la Ciudad Colonial se abren para mostrar a los visitantes, que llegan en una peregrinación silenciosa y dispersa, los “monumentos” que la feligresía prepara como parte del ciclo litúrgico de la Semana Santa.

Documentados en manuales y estudios sobre Semana Santa, especialmente en España e Italia, los monumentos son parte de la tradición católica universal y más allá del ornamento, las flores, las luces y la puesta en escena, simbolizan:

– La espera: Cristo en el Huerto de los Olivos

– La compañía: el llamado a no dejarlo solo

– La transición: del Jueves Santo al Viernes Santo
– La fe materializada: lo intangible hecho espacio, luz y forma

Y solo se exhiben en la noche del Jueves Santo. Son efímeros, sí, pero justamente ahí está su fuerza pues existen para desaparecer, y cada año el diseño cambia.

La ruta

El recorrido es parte de la tradición católica. (Foto/cortesía de Naivi Frias).

La Ciudad Colonial cambia de ritmo cuando cae la noche del Jueves Santo. El bullicio se diluye y quienes la recorren lo hacen a paso lento, dejándose llevar por calles que parecen abrirse solas, como si invitaran a un tránsito de fe.

Proponemos al lector que se anime a realizar el recorrido y sugerimos un orden que inicia en la parte occidental. Evidentemente, usted puede hacerlo como guste, el resultado será el mismo:


Primera parada: Iglesia del Carmen, en la calle Arzobispo Nouel


Está muy cerca de la calle Palo Hincado y allí siempre encontrará la puerta abierta. No habrá instrucciones, pero todo el mundo parece saber qué hacer: entrar, bajar la voz, mirar, hacer silencio. El altar efímero donde reposa el Santísimo, aparecerá iluminado con una luz tenue. No será ostentoso, pero sí suficiente para detener el paso.

Alguien se persignará. Otro se quedará de pie, mientras quizás usted se arrodille y, antes de salir, tomará una fotografía que eternizará aquella imagen que se presumía fugaz.

Este templo data del siglo XVII, formó parte del antiguo convento de los carmelitas y allí se consolidaron las órdenes religiosas en la ciudad tras el período inicial de la colonia. Es testimonio de la vida conventual y espiritual más silenciosa, menos documentada pero constante.



Segunda parada: Iglesia Regina Angelorum, calle Padre Billini



En la calle paralela y hacia el este, encontrará este templo de piedra, más recogido, y entre sus muros, el poco ruido de la calle desaparece por completo. Probablemente encuentre un monumento sencillo, casi austero. Pero en esa sencillez hay una intención clara: obligar a mirar sin distracciones. Menos elementos, más significado.
Y el visitante tendrá una idea que luego confirmará: no hay un modelo único. Cada comunidad interpreta este rito a su manera, y crea con lo que tiene.

Activo desde el siglo XVI, este templo es parte de un monasterio de monjas dominicas de clausura, y uno de los pocos espacios que mantiene esa tradición hasta hoy. Es símbolo de la continuidad ininterrumpida de una forma de vida religiosa durante siglos.



Tercera parada: Iglesia de las Mercedes, calle Las Mercedes


Usted sale de Regina Angelorum y tome la calle José Reyes hacia el norte, hacia arriba. En la calle Mercedes, toma la izquierda. Quizás aquí encuentre más gente, más movimiento, más flores y un monumento más elaborado, casi escenográfico, sin perder el respeto.

Las velas no faltarán, telares, niveles, profundidad. Una composición pensada para guiar la mirada hacia el centro: la custodia.

Alguien le dirá: “Aquí está Jesús”. Y no hará falta más explicación, porque aquí radica la otra dimensión de estos espacios: también son pedagogía, una forma de hacer visible lo que, de otro modo, sería abstracto.

Dedicada a la Virgen de las Mercedes, patrona de la República Dominicana, data del siglo XVI y es centro histórico de devoción, pues esa advocación fue invocada como protectora en los episodios independentistas. Aquí se cruzan la fe y la identidad nacional.


Cuarta parada: Iglesia de San Miguel, calle José Reyes


Al salir, regrese a la calle José Reyes y suba la cuesta hasta el parque. Aquí sentirá el barrio y la experiencia no será solo una visita, será un encuentro: gente que se saluda en voz baja, que reconoce caras, que vuelve cada año.

El monumento no es solo religioso: es comunitario, se arma entre varios y se cuida entre todos. Y en ese gesto compartido hay algo más profundo: la tradición no se hereda intacta, se reconstruye cada vez.
Antes de llegar a San Miguel, puede hacer parada breve y, si está abierto, comprar dulces donde María la Turca. La tradición también se come.

Este templo no nació para representar poder ni doctrina, sino cercanía, pues su construcción, entre finales del XVI e inicios del XVII, respondió más a la necesidad de atender a la creciente población local que al impulso institucional y, quizás por eso, siglos después, sigue siendo una iglesia que se siente habitada.


Quinta parada: Iglesia de Santa Bárbara



Siga la José Reyes hasta la avenida Mella y diríjase hacia el este, hacia el inicio de la vía, y mientras la recorre, intente adivinar los antiguos negocios. Al final del recorrido encontrará este histórico templo donde fue bautizado Juan Pablo Duarte, nuestro patricio.

Menos concurrido y con mucho más espacio para observar y disfrutar. Las telas, las velas, los arreglos parecerán sencillos, pero nada está puesto al azar. Todo responde a un lenguaje simbólico en una arquitectura de fe temporal:

– La luz, como presencia divina
– Las flores, como vida ofrecida
– El blanco y el dorado, como lo sagrado
– La custodia, en el centro, como foco absoluto

También del siglo XVI, ubicado casi en los confines de la muralla colonial, este templo está vinculado al nacimiento de la nación, aunque no fue un símbolo del poder, sino de la gente que construía la ciudad.
Quizá por eso, entre ruinas y restauraciones, sigue siendo uno de los lugares donde la historia se siente más cercana.


Sexta parada: Catedral Primada de América, calle Arzobispo Meriño


Cuando salga de Santa Bárbara, tome la Arzobispo Meriño hacia el sur y al llegar al Parque Colón tómese un descanso bajo uno de los laureles y observe la imponente arquitectura de la Catedral Primada de América. Aquí la escala cambia. El monumento no necesita exagerar pues la propia Catedral, en sí misma, contiene la escena. La sobriedad domina, y quizás por eso impacta más.
El murmullo es constante pero bajo. Algunos rezarán, muchos tomarán fotos en silencio y luego guardarán el celular, como apenados por el gesto. Como si entendieran que no todo debe capturarse, pero lo harán, y eternizarán aquello que estaba destinado a desvanecerse y permanecer solo en la memoria.

Este punto marca algo más que una parada: es el corazón simbólico del recorrido.
Esta catedral fue consagrada en 1541, tras casi tres décadas de construcción, en un momento en que Santo Domingo era el principal centro del poder español en el Nuevo Mundo. Centro del poder eclesiástico y corazón institucional de la colonia.

Séptima parada: Iglesia y Convento de Los Dominicos, calle Padre Billini


El cierre llega con peso histórico. Tome la Meriño más hacia el sur y en la calle Padre Billini gire a la derecha, en una cuadra encontrará las piedras, altura, penumbra. Y todo parecerá amplificar el sentido del rito. Descubrirá que el monumento eclesial no compite con el espacio: se integra, se deja absorber.
Aquí se vuelve evidente el núcleo del simbolismo: vigilar, acompañar, no dejar solo a Cristo en la noche previa a la crucifixión. No es un espectáculo, es una vigilia.
Y si la Catedral representaba el poder, en la era colonial Los Dominicos representaban la palabra y el pensamiento.  Construido al mismo tiempo que se organizaba la ciudad, en 1538 se estableció la Universidad Santo Tomás de Aquino, otra primacía dominicana en el Nuevo Mundo.

Fue uno de los espacios más influyentes de la América colonial. Allí no solo se rezaba sino que se organizaron los debates tempranos sobre derechos de los indígenas, a cargo de los frailes dominicos, dando origen al pensamiento crítico en América.


Casi anónimos

Esta caminata puede representar 3.2 o 3.5 kilómetros, durante la cual habrá recorrido no solo siete templos, sino siete formas de entender la fe, el tiempo y la memoria. En una sola noche.

A pesar del gran simbolismo y de que las visitas cada año se multiplican, es poco el material bibliográfico e incluso periodístico que documenten esta tradición y sobre los “Altares de reposición del Jueves Santo” o “Monumentos” como experiencia urbana, cultural y estética.

Aquí el tiempo pasa y pesa distinto. Imagine usted los siglos que han pasado por este mismo espacio. En cuántas veces se ha repetido este ritual en el que el silencio no es ausencia, es presencia y en el que cada comunidad interpreta según sus posibilidades, su sensibilidad y su historia.

Esa última parada tiene algo de cierre. Aunque la noche y la vida siguen, probablemente la Ciudad Colonial ya no le parecerá la misma. O tal vez la fe materializada, lo intangible hecho espacio, luz y forma, haya movido algo en usted, aunque no sepa exactamente qué.

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Solangel Valdez
Solangel Valdez
Periodista, fotógrafa y relacionista. Aspirante a escritora, leedora, cocinadora y andariega.
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