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Manresa:  el rincón donde cabía la infancia entera

SANTO DOMINGO, R. D.-  “Si te portas bien, te llevamos a Manresa”. Cuántos de nuestros lectores revivirán esa frase, pronunciada por padres y madres tantas veces, hace tanto tiempo ya. Tanto, que una bola de helado costaba menos de cinco pesos, y en fechas especiales, como el Día del Niño en diciembre, había promociones, sorteos y rifas que adelantaban la pascua.

“¡Wao!, algunos domingos nos juntábamos hasta 10 amiguitos en bicicleta y arrancábamos para Manresa, ¡desde Villa Duarte! Eso sólo era una aventura, pero llegar allí y comprar una libra de helado por 50 centavos era la gloria”, recuerda Augusto Olivieri, DJ y animador que reside en Punta Cana, y dice que eso fue a mediados o finales de los años 70.

Como Olivieri, el Parque Manresa está en la memoria de una generación completa y sus padres, ya sea por vivencia personal o por referencias. Tenía una magia que perdura en la memoria colectiva de varios cientos de miles de personas en el país.

Porque en ese tiempo ir a comer helados a Manresa era la actividad más emocionante para niños y niñas, no importaba su clase social o la provincia donde vivieran. Esa promesa de los padres, tíos o madrinas, era más poderosa que el ofrecimiento de cualquier juguete o hasta de dinero, pues en ese parque, frente al mar Caribe, se vivían momentos que el tiempo no ha logrado borrar.
El Parque Heladería Manresa, en el kilómetro 11 de la autopista 30 de mayo, fue idea de la familia Subero, que adquirió la marca en los 80 y era un espacio para la familia, la amistad, para los primeros amores. Donde se mezclaban el olor a salitre y la brisa del sur, con el olor a vainilla, a coco  y la mezcla de sudores de niños y adolescentes que correteaban sin control al bajar de las güagüas que llegaban desde Santiago, San Cristóbal, Baní, Azua o La Vega.

En una ciudad como Santo Domingo, donde los espacios públicos para la familia escasean, perder Manresa es un lujo imperdonable. (Fidel Pérez/El Inmobiliario).

Allí había una especie de “capital emocional” para la niñez dominicana de los años 80 y 90. Un símbolo de esparcimiento sano, accesible y luminoso. Con sus columpios, fuin fuán y sube y baja en colores primarios. Donde se celebraban cumpleaños y concursos infantiles entre barquillas o cajitas de medio libro de chocolate y fresa, donde todos metían sus cucharitas de madera.

Este punto de la ciudad fue el lugar donde muchos niños y niñas hicieron su primera salida “a pasear”, los colegios hacían excursiones y los abuelos se sentaban, bajo los almendros, a ver correr la alegría.
Cuando llegabas, te recibía un pórtico metálico en forma de arco, a veces forrado de enredaderas, con columnas laterales que tenían una especie de celosías de hierro y unas columnas en forma de Y sostenían el toldo que formaba un pasillo hacia la sala, donde encontrabas bancadas para uso colectivo, y tenía al fondo un cartel redondo con el logotipo, que era una barquilla sonriente.

El interior de la heladería Manresa era amplio, luminoso y sencillo, en el que se colaba el eco suave de las risas infantiles. El suelo liso, a veces con un rastro de gotas dulces, parecía extenderse hasta el recuerdo mismo de la infancia. Las mesas con bancos unidos en forma de cuadrilátero, invitaban a compartir y a sentarse sin protocolo. Allí comenzaba la experiencia y también se terminaba, con las manos pegajosas y el corazón contento.
Hoy, en el silencio ruinoso, del arco solo quedan las fotos de los archivos y los ecos de la alegría colectiva vivida frente al mar, donde la inocencia tenía dirección y nombre: Manresa.

Donde el corazón latía

Además de las atracciones para niños, Manresa fue también un refugio para enamorados principiantes. Las bancas bajo la sombra, la brisa constante y el rumor del mar creaban el ambiente perfecto para las primeras citas, como recuerda el doctor José González: “uno se citaba a escondidas con las amiguitas, a veces las conocía allí y tomarle las manos era un sueño. Ya cuando crecimos, nos citábamos ahí y cruzábamos la avenida”, dice con risa socarrona.

Era común ver adolescentes compartir una barquilla de fresa, con los dedos rozándose y el corazón latiendo como si el parque entero le perteneciera al amor. Compartían no solo un dulce frío, sino también el calor de una emoción nueva y profunda. En ese rincón del mundo, el amor joven flotaba en el aire salino, mientras el sol se despedía en un horizonte rosa y lila, como un cuadro vivo que abrazaba sus corazones.


Más allá del helado y la vista del mar estaban los verdaderos templos de la infancia: los juegos. Allí, el columpio no era solo un asiento colgado de una cadena, era el primer vuelo libre de muchos niños dominicanos, que con las piernas se lanzaban al aire como alas y la brisa marina parecía empujar más alto a quienes se atrevían a soltar una mano o cerrar los ojos.

El sube y baja, según recuerda la periodista Nodalia Arias, “siempre con la pintura gastada, era mi favorito. Me hacían un moño recogido y me ponían un vestido rosado o color limoncillo y las medias eran de la que tenían bolitas.” 

El tobogán, ligeramente inclinado, quemaba un poco bajo el sol de las 3 pero nadie se detenía: era un deslizadero directo a la felicidad. No eran juegos espectaculares, pero tenían algo más valioso: el poder de reunir a familias, de provocar valor, de hacer reír sin prisa. Hoy, muchos lo recuerdan como su primera experiencia de adrenalina pura, ese momento en que el corazón latía más fuerte que el impulso del columpio.

El sabor en la memoria

En los días dorados del Parque Manresa, el ritual era ir al mostrador y pedir los sabores más codiciados: coco, con su textura cremosa y aroma tropical, era el favorito indiscutible de las tardes calurosas. La dulce y refrescante uva de playa era como el segundo lugar en preferencias (con su rastro morado en los labios tiernos) y luego el noble, sencillo y reconfortante sabor a vainilla, que era la apuesta segura de muchos padres, mientras los más atrevidos se aventuraban por el maní tostado, un sabor salado-dulzón que conquistaba poco a poco los paladares curiosos.

Entre todos, el que generó verdadera devoción fue el helado de bizcocho. Esponjoso, con pequeños trozos que daban textura y un dulzor que recordaba a cumpleaños felices, y durante mucho tiempo fue un sello de la experiencia Manresa. Estos cinco sabores no solo definían el menú, sino que se grabaron en la memoria colectiva del país como emblemas de una época más simple, en la que una barquilla bastaba para sentirse pleno. Cada cucharada era una celebración, cada combinación una historia.

Del sabor al sueño: historia de una época


La historia de Manresa comenzó en los años 70, cuando los padres jesuitas establecieron en el kilómetro 13 de la autopista Sánchez una pequeña heladería, con la idea de ofrecer un espacio de recreo familiar que integrara el mar, el juego y la comunidad, que pronto se convirtió en punto de referencia para la diversión. 

Luego la marca fue adquirida y relanzada por el empresario Julio Subero, quien tuvo la visión de convertir la experiencia del helado en una vivencia completa y trasladó el parque al kilómetro 11 de la 30 de mayo, a un amplio terreno arbolado que se convirtió en uno de los espacios más amados de Santo Domingo. Subero transformó aquel rincón en un espacio donde la infancia pudiera sentirse plena, segura y celebrada, el sueño quimérico de colores, olores y sabores de todo niño o niña,  incorporó juegos infantiles, columpios, sube y baja y un anfiteatro al aire libre donde cada fin de semana había funciones de títeres, payasos, danzas folklóricas o recitales escolares. Los premios, como no, casi siempre eran helados.

Litis, abandono y silencio lo devoran todo

Pero como ocurre con demasiada frecuencia, el encanto no fue eterno. A comienzos de los años 2000, el parque entró en declive y en 2012 inició un litigio por la propiedad del terreno entre la Fundación Activo 20-30, que asegura tener el título desde los años 60, y la familia Subero, quienes operaban el parque desde hacía décadas.

El Tribunal Superior de Tierras declaró el caso en litigio, y desde entonces, toda gestión sobre el espacio quedó congelada, y el lugar destruido, porque el tiempo, el salitre y el abandono no perdonan.
Mientras los papeles se apilan en oficinas judiciales, del parque no quedan juegos, ni heladerías, ni presentaciones infantiles. Las estructuras han sido invadidas por la vegetación, cubiertas por óxido y basura. El lugar es utilizado como refugio nocturno por personas en situación de calle, camioneros, vendedores ambulantes y, según reportes de medios locales, como escenario de prostitución y consumo de drogas.
Lo que fue un símbolo de vida hoy es un espacio peligroso. El anfiteatro está en ruinas, la entrada irreconocible y el entorno “arrabalizado”, como han denunciado los vecinos.
“Tantas veces que vine aquí con mis hijos… ahora paso y me dan ganas de llorar, no quiero ni ver tanto desastre y abandono”, dice Margarita Valdez, mientras Rosaura López rememora apacibles tardes junto a su hija, compartiendo sueños y juegos.

Que el olvido no sea el final


En una ciudad como Santo Domingo, donde los espacios públicos para la familia escasean, perder Manresa es un lujo imperdonable. Aunque el terreno sea de propiedad privada, el Estado puede disponer de herramientas legales para intervenir, negociar o expropiar si se considera de utilidad pública.

Más aún cuando se trata de un espacio que fue, durante décadas, parte del alma colectiva del país. Porque Manresa no es solo un lote en litigio: es un símbolo construido cuando se pensaba en el bienestar de la niñez y la familia. El parque aún vive en la memoria de quienes crecieron allí, en las fotos con barquillas derretidas, en las canciones de payasos, en los abrazos frente al mar.
Que el proceso legal llegue a su fin. Que las partes encuentren una salida. Que el Estado intervenga. Y que, algún día, donde hoy hay ruinas, vuelva a haber juegos, helados y florezca la esperanza.  Porque Manresa merece renacer.

Si tiene alguna, busque su foto en el Parque Manresa, compártala contando su anécdota favorita, y nos etiqueta.


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Solangel Valdez
Solangel Valdez
Periodista, fotógrafa y relacionista. Aspirante a escritora, leedora, cocinadora y andariega.
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