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Juan Pablo: el muchacho que soñó una república

Hace 213 años, en la Calle del Caño, luego llamada del Comercio y hoy Isabel la Católica, nació Juan Pablo Duarte, un joven que hizo de la patria su misión y vivió para ella.

SANTO DOMINGO. –  Juan Pablo Duarte nació un lunes como hoy, 26 de enero, en 1813. Y los lunes, como la patria que imaginó, no empiezan con descanso, sino con responsabilidad compartida.

Santo Domingo era entonces una ciudad pequeña, portuaria y todavía marcada por los vaivenes imperiales. Un lugar donde se comerciaba, se conversaba en las esquinas y se sobrevivía.

En su libro “Así era Duarte”, la periodista y escritora Ángela Peña insiste en recordarnos algo esencial desde las primeras páginas: Duarte no nació prócer, nació muchacho, hijo de un comerciante, en una casa con diez hijos más en la que se trabajaba, se contaban monedas, se estudiaba, se leía poesía y se hablaba de futuro.

Ninguna fuente seria desconoce el rol de la familia Duarte-Díez: su padre, Juan José Duarte, era un español dedicado al comercio; su madre, Manuela Díez, dominicana, fue el eje moral de la familia, punto coincidente en la obra de Peña y los “Apuntes” de Rosa Duarte, su hermana menor, quien fue su confidente, colaboradora y cronista. La madre lo protegió, ocultó y sostuvo, mientras el comercio familiar sirvió de apoyo material a la causa.

Ángela Peña, en “Así era Duarte”, asegura que sin esa red íntima, la causa habría sido inviable.

El historiador Roberto Cassá ha reiterado que Juan Pablo Duarte no fue un héroe surgido por generación espontánea, sino el producto de esa familia comercial, urbana, inserta en una burguesía en formación, abierta al mundo marítimo y a la circulación de ideas modernas.

No todos los hermanos sobrevivieron, pero los que crecieron juntos compartieron más que sangre, una noción temprana de deber y de dignidad. Juan Pablo ya había cumplido 9 años cuando Jean-Pierre Boyer ocupó Santo Domingo con tropas haitianas, iniciando la ocupación que duraría 22 años.

Recreación de Duarte niño (proporcionada por la IA).

La periodista lo describe como un niño disciplinado, lector, reservado, no un agitador precoz, que aprendió primero en escuelas privadas y luego, como muchos hijos de comerciantes acomodados, fue enviado a completar su formación fuera del país. No por patriotismo en ese momento, sino porque la burguesía criolla entendía que el mundo estaba más allá del Ozama y los barcos que traían gente también la llevaban. Más o menos como ahora, solo que por el mar.

El mundo se abre a Duarte (1828–1833)


Siendo un adolescente con 15 años, Juan Pablo, el hijo de Juan José y doña Manuela, salió de la isla. En “Duarte en la proa de la historia”, Santiago Castro Ventura explica que el viaje no fue turístico ni anecdótico, sino fundacional. El chico estuvo en Estados Unidos, Inglaterra, Francia y España, en un momento en que Europa aún respiraba los ecos de la Revolución Francesa y del liberalismo constitucional.

Para entender las ideas que trajo Duarte a su regreso, hay que entender el contexto geopolítico de esos años que estuvo fuera del país, a tan temprana edad. Castro Ventura se cuida de no romantizar al joven Duarte como un conspirador en cafés parisinos, pero sí documenta su contacto con ideas liberales, republicanas y románticas. Por allá Juan Pablo leyó a Rousseau, a Montesquieu, a los liberales españoles; asiste al teatro; observa sociedades donde la nación no es una colonia resignada, sino una construcción política. Y fue tomando nota sobre la noción de patria.


Ángela Peña revela en su texto que Duarte volvió distinto, aunque no arrogante. Dice la periodista e investigadora que el joven no regresó proclamando independencia, sino preguntándose por qué su país no podía aspirar a lo mismo que vio en tantos lugares que visitó. Cuando Duarte regresó tenía 19 años y la ocupación ya llevaba una década.

La patria como idea persistente

Recreación del momento en que Juan Pablo Duarte, con 15 años, se despide de sus padres, antes de emprender su viaje de estudios hacia Europa. (Generada por IA).

Una década que al joven empezaba a inquietar, se integró al negocio familiar, daba clases a otros chicos, según la investigadora Peña, en el mismo almacén de su papá y en su libro “Así era Duarte” ella muestra a una persona que convencía más por coherencia que por vehemencia. No gritaba, no imponía: persuadía.

En este punto, Castro Ventura es tajante: Duarte no improvisa una patria, la piensa. Su idea es clara desde temprano: independencia absoluta, república, soberanía popular. Nada de protectorado, nada de anexión. Y esa claridad es la que luego lo aislaría en términos políticos.

Para el profesor Cassá, el núcleo del pensamiento de Duarte no se limitó a la independencia, sino que ideó la construcción de una república democrática, civil y representativa, y esa fue la idea que lo colocó en tensión permanente con los sectores más conservadores de su tiempo.

En “Antes y después del 27 de Febrero”, Roberto Cassá explica que Duarte fue quien dio contenido político a la independencia, pues pensó la nación, educó a sus contemporáneos en esa idea y creó la estructura organizativa que permitió su realización.

Por todo ello, Cassá sostiene que Duarte es el verdadero y primer padre de la Patria, sin negar los roles ejecutores de Matías Ramón Mella y Francisco del Rosario Sánchez.

La Trinitaria: organizar el ideal (1838)

El 16 de julio de 1838, con 25 años, Duarte da el paso decisivo y convocó a los amigos a la casa de Juan Isidro, con el permiso de doña Chepita Pérez, cercana a la iglesia del Carmen y allí fundaron la Sociedad Secreta La Trinitaria. Todos salieron de allí con el compromiso de conquistar a tres jóvenes y sumarlos a la causa.

Castro Ventura explica que el modelo de tres en tres no fue casual, sino que respondía a estructuras de sociedades secretas europeas y, al mismo tiempo, apelaba a un símbolo profundamente cristiano y culturalmente eficaz: la Divina Trinidad. Los nombres de los pioneros, que aparecen una y otra vez en todas las fuentes, son Juan Isidro Pérez, Pedro Alejandro Pina, Jacinto de la Concha, Félix María Ruiz, José María Serra, Benito González, Felipe Alfau, Juan Nepomuceno Ravelo. Luego se sumarían Sánchez y Mella.
Rosa Duarte, en sus “Apuntes”, recuerda el clima de discreción, los juramentos, el sigilo y el cuidado extremos. La patria aún no tenía nombre oficial, pero ya tenía método. El que trajo consigo y cultivó Juan Pablo Duarte.

El teatro como arma

Ángela Peña, cuyo texto humaniza, aporta cercanía, pedagogía y sensibilidad juvenil, se detiene con especial cariño en esta parte de su relato, dirigido a jóvenes. Escribió que, para Duarte, la política no debía limitarse a círculos cerrados y eso lo motivó a crear La Filantrópica y luego La Dramática.

Estos no eran simples grupos culturales: eran escenarios de educación cívica, donde se enseñaba teatro y los jóvenes representaban obras como “Roma libre” o “La viuda de Padilla”, ante un público que aplaudía tragedias ajenas quizás sin saber, o sabiendo muy bien, que esas historias hablaban de ellos mismos.

Castro Ventura subraya en este punto que Duarte entendió el poder del discurso simbólico antes que el de las armas.

La mujer ausente

Sobre la vida sentimental de Juan Pablo Duarte, las fuentes son prudentes. En ciertos relatos aparece el nombre de Josefa Pérez, citada como un afecto juvenil, pero no hay cartas ni promesas conservadas ni testimonios directos. Tal vez porque, en la vida de Duarte, la patria ocupó el espacio que otros reservaron para el amor.

Fragmento, corregido por la IA, de la foto tomada en Venezuela en 1873. Duarte, que tenía 60 años al momento de la captura, posó para el fotógrafo Próspero Rey con un bastón y con la mano derecha en el bolsillo del pantalón. La original se puede apreciar en el Archivo General de la Nación.

El consenso académico apunta a que la vida personal de Juan Pablo Duarte fue extraordinariamente reservada. Ángela Peña, que escribe para jóvenes, alude a la posibilidad de afectos, pero subraya que Duarte no formó familia ni dejó constancia de una vida amorosa conocida.
El profesor Roberto Cassá es deliberadamente cauto y no da por probada ninguna relación sentimental estable, mientras Santiago Castro Ventura menciona la referencia a una posible novia como parte del imaginario posterior, pero aclara que no hay evidencia documental y advierte contra la tentación de romantizar: Duarte subordinó su vida personal al proyecto nacional.

El exilio y lo que no abandonó

En julio de 1843, bajo el gobierno de Charles Rivière-Hérard, las autoridades haitianas, ya enteradas de los movimientos rebeldes, intensificaron la persecución a los trinitarios y pusieron precio a la cabeza de Duarte, quien a sus 30 años optó por salir clandestinamente de Santo Domingo y dirigirse al extranjero para preservar su vida y seguir apoyando la independencia desde fuera.

Ángela Peña, Castro Ventura y Rosa Duarte coinciden en que el exilio no fue huida cobarde, sino una necesidad estratégica.


Aunque esta crónica se detiene aquí, conviene recordar, como hace Castro Ventura, que desde Venezuela, Curazao y otros puntos del Caribe, Duarte siguió escribiendo, enviando recursos, opinando, siempre fiel a su idea original de república, sin negociar jamás su principio fundamental.

Ángela Peña lo resume con una frase que bien podría cerrar cualquier lectura sobre él: Duarte perdió el poder, perdió la patria física, pero no perdió la idea de patria.

Un lunes cualquiera

Juan Pablo Duarte nació un lunes 26 de enero hace 213 años y no hay constancia de repique de campanas ni de anuncios solemnes. Fue un lunes cualquiera, de comercio abierto y rutina, en una ciudad que aún no sabía que algún día se vería a sí misma como nación.
Más de dos siglos después, el calendario vuelve a hacer su discreto guiño: el aniversario de su nacimiento cae otra vez en lunes, lo cual no es un detalle menor.

Duarte, como recuerda Ángela Peña en “Así era Duarte”, nunca fue hombre de gestos espectaculares, sino de constancia, de trabajo silencioso, de ideas sostenidas día tras día.
Santiago Castro Ventura, en “Duarte en la proa de la historia”, insiste en que su grandeza no está en la épica final, sino en la coherencia previa: pensar una patria cuando no existía, organizarla cuando parecía imposible y sostenerla incluso cuando fue expulsado de ella. Duarte no vivió para el aplauso; vivió para la continuidad.

Mientras, en “Antes y después del 27 de Febrero”, Roberto Cassá asegura que Duarte fue un hombre adelantado a su tiempo porque pensó una república democrática cuando aún predominaban los liderazgos militares y las soluciones autoritarias.

Dice Cassá que su grandeza no radica en haber vencido, sino en haber sostenido un proyecto político coherente, incluso cuando lo condujo al aislamiento y al exilio.

Tal vez por eso este lunes no pide ceremonias grandilocuentes, sino lectura y memoria activa. Pide que, como aquel jovencito burgués que volvió de Europa con más preguntas que respuestas, volvamos a preguntarnos qué significa hoy la palabra patria, cuando se pronuncia sin consignas y con responsabilidad.

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Solangel Valdez
Solangel Valdez
Periodista, fotógrafa y relacionista. Aspirante a escritora, leedora, cocinadora y andariega.
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