Después de más de cuarenta años de ejercicio ininterrumpido en el sector inmobiliario dominicano, he confirmado que el verdadero liderazgo no se impone: se construye con el ejemplo, la coherencia y el tiempo.
Durante estas cuatro décadas he visto cambiar el mercado, la economía, la tecnología y los ciclos. Lo que no ha cambiado,ni debe cambiar, es la responsabilidad que asumimos quienes acompañamos decisiones patrimoniales que impactan familias, empresas y generaciones.
Es comprensible que muchos propietarios piensen que no necesitan un asesor inmobiliario o una inmobiliaria porque hoy cualquiera puede publicar un anuncio en las redes sociales. Sin embargo, el valor real del asesor inmobiliario no está en mostrar una propiedad, sino en evitar errores, ordenar decisiones y proteger intereses en un proceso complejo.
No siempre se ve el análisis profundo del mercado, la lectura correcta de precios reales ni la capacidad de decir verdades a tiempo. No se ve la negociación constante para que una operación no se fracture por expectativas mal colocadas, plazos imprecisos o una falta de preparación financiera.
Tampoco se ve la gestión legal, administrativa y bancaria que exige nuestro mercado, ni el acompañamiento silencioso durante meses, muchas veces sin garantía de cierre ni de retribución económica.
El liderazgo inmobiliario se ejerce cuando se asume esa carga con integridad, aun cuando nadie la aplaude. Ahí es donde se construye el legado: formando criterio, elevando estándares y dejando huellas que trascienden una operación.
No todos los profesionales trabajan igual. El legado se reconoce con el tiempo. Y el liderazgo verdadero se demuestra cuando se actúa correctamente, incluso cuando nadie está mirando.
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